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Diario de Mallorca

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Isabel Olmos

Llama cuando llegues

En cada época, con sus nuevos usos y costumbres sociales y tecnológicas, están apareciendo, generando y puliendo nuevas conductas violentas para acosar y atemorizar a las mujeres, formas de tortura más sutiles que las anteriores pero igual de dañinas

Es casi medianoche. La jornada se ha alargado en el periódico más de la cuenta. No importa a causa de qué: fútbol, medidas del gobierno, crisis internacionales o el fallecimiento de una figura histórica. Las noticias no entienden de vacaciones. Suceden en una ecuación tiempo-espacio al margen del caprichoso calendario de los humanos que, soberbios, pensamos que lo controlamos todo.

Es agosto cuando abro el garaje con el mando a distancia. En el apabullante silencio de una plaza de pueblo, el ruido irritante de la persiana irrumpe como un invitado maleducado que se presenta en casa a la hora de la cena sin haber sido llamado. Y que, además, quiere postre. Diez segundos persiana hacia arriba, mete el coche y diez segundos hacia abajo. Veinte segundos de indiscreta intromisión metálica. Y lo que viene a continuación es mecánico, algo tan añejo que una diría siempre que es algo que se lleva adherido al cordón umbilical al nacer, absorviéndolo en cada trago de la leche materna o escuchada en cada nana cantada en la oscuridad del dormitorio. Lo que quien escribe hizo, como hacen tantas mujeres, tantas veces, en tantos lugares y de tantas maneras, fue autoprotegerse, ponerse en alerta y activar todos los sistemas de defensa biológicos.

Miré hacia a un lado y a otro, atisbé si había alguna sombra oculta tras los juegos infantiles o los nuevos bancos que el ayuntamiento ha instalado, agudicé mi oído para identificar cualquier ruido atribuible a pisadas y, con rapidez y la llave necesaria ya en la mano desde antes, me metí apresurada en el portal. Sin dar tiempo a que nadie más se colara. Y en el ascensor respiré: he vuelto a vencer. Un día más.

Eso es así y sucede así. Mirando de reojo. Desde bien jovencita, incluso niñas, la familia y el sistema te preparan para lidiar con un entorno en el que vas a tener que autocuidarte. Siempre. De ti y de tus amigas, en una relación impagable, maravillosa, repleta de complicidades pero sin olvidar el porqué de este cuidado mútuo. «Llama cuando llegues a casa», le dices a tu amiga cuando se sube al taxi; «envíame un mensaje de que todo va bien» si alguna de las dos debe transitar sola unas pocas calles hasta su casa una noche; «vamos a cruzar», cuando os encontráis con un desconocido o varios desconocidos a ciertas horas en espacios poco transitados; «espérate un poco», dices mientras tocas con tu mano el brazo de tu acompañante para que alguien se aleje; «acelera» cuando escuchas pasos detrás de vosotras; «vigílame la copa», para que no te echen burundanga; «acompáñame al baño», para prevenir agresiones sexuales. Y, ahora, «no me dejes sola», cuando siento que alguien me ha pinchado en el cuerpo, en mi cuerpo, con algo que no sé que es pero que se ha hecho con la intención de hacerme daño, físico y emocional. Una agresión. Una más.

En cada época, con sus nuevos usos y costumbres sociales y tecnológicas, están apareciendo, generando y puliendo nuevas conductas violentas para acosar y atemorizar a las mujeres, formas de tortura más sutiles que las anteriores pero igual de dañinas. Lo que no saben sus ideólogos es que no van a vencer nunca. No vencerán jamás. Y no lo harán porque este proceso es ya imparable. Veo a esas chicas, en esos entornos festivos multitudinarios que son su principal espacio de riesgo, y las veo brillar repletas de fuerza, de presencia, de alegría y de coraje. Porque la vida es suya y nadie les va a impedir disfrutarla en plenitud. Llegastéis tarde. Nosotras también somos manada... y de mucho antes.

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