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Diario de Mallorca

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Alex Volney

De Yasnaia Poliana a Palafrugell

La misma percepción. Sí, volviendo a Pla siempre hasta el cansancio. Aparentemente fácil de entender y a pesar de todo con una manera de pensar bien complicada, a veces retorcida. Una mente única, una voz irrepetible y uno de los grandes en Europa. Sigue en la cresta de la ola y divierte mucho leer a aquellos pedantes que lo citan sin las lecturas suficientes en su personal mochila. Algunos que militamos o éramos jóvenes en los ochenta, flipamos de tanta imbecilidad junta. Hoy también parece ser que se va descubriendo el pan con aceite a cada minuto. Una parte de los autoproclamados llamados intelectuales fingen odiar el término y lo van vistiendo de mil colores para seguir cultivando el onanismo literario en su forma más obscena de exhibicionismo patriótico. A Pla lo intentan manipular tanto por una parte, como por la otra . Los más modernetes que militan en la venta de humo a plazos, han constituido algo parecido al trap literario, prácticamente cualquiera podría identificarlos: atrapados en su submundo y subyugados a la incomprensión de los «talentos aún no descubiertos». Esto, los que siguen perdonando la vida al prójimo y repartiendo patentes de patriotismo a uno y otro lado de nuestro telón más próximo. Pla odiaba a Rousseau y lo que representaba mientras que Tolstoi se consideraba seguidor del francés y a pesar de ello acabarán llegando a un punto de intersección.

Josep Pla recelaba de los «intelectuales» y su mundo, claro, la malfianza también le rebotaba muchas veces. (En el 2004, en el Fraternal de Palafrugell, y en plena libación con paisanos suyos, algunos se atrevían a defender que «tenía un negro» y que «no había escrito un libro entero en su vida»). Todo muy normal en la tierra propia de un artista, aquí y en Alaska. A Pla, a M. Barceló o a cualquier talento en expansión, el patrón se repite y se van repitiendo muchos patrones. Tantos como las falsas dicotomías que van frustrando el más fértil eclecticismo.

Aparentemente Lev Tolstoi para Pla hubiese sido un barbudo desbaratado. Un enemigo del progreso, un rousseauniano más a machacar. Piensen que para Pla, que coincidía con él en el Ateneu de Barcelona, LLorenç Riber destacaba, más que nada, por ser «l’home més ben afaitat del món». En nuestro autor la estética literaria iba por un lado y el día a día , la práctica, por otro. En su artículo «sobre les barbes i els cabells llargs» deja muy claro y con sarcástica ironía el aparente alejamiento de ciertos mitos. Los barbudos como buenas personas, por norma, en otros siglos, eran venerables ancianos a los que era casi obligado escuchar. «En aquest país tants caps tants barrets», sostenía a la vez que en el vestir se había estigmatizado a Andreu Nin por llevar el cinturón por encima de la blusa pues por eso «se había vendido al comunismo soviético» y eso, a uno de los intelectuales que pagaría más cara su aproximación. Eran los tiempos que en la barbería de Palafrugell se había anunciado: «Se sacan muelas y se aplican sanguijuelas», tiempos en que las ideas se difundirán a una velocidad hoy todavía envidiable. Se fluía de lo ultralocal a lo universal, pero aunque el de Llofriu no tenía la mirada puesta en Y. Poliana, todo el mundo sabe que era un liberal conservador auténtico y era tan coherente en su línea que la imaginación la tenía limitadísima y no llegaba muy lejos ficcionando. Como saben, hay tres novelas en una obra de casi cuarenta mil páginas, son una muestra de ello y la ficción en las mismas brilla por su ausencia. La falta de imaginación no lo paró a la hora de consagrar su obra en lo más sólido del SXX en lengua catalana. Las líneas más separadas, avanzando en la misma dirección, acabarán encontrándose en algún punto.

Siempre se termina protestando ante articulillos como este, antes, en vida del autor o después de muerto. Es comprensible. Como decía su querido amigo el pintor Martinell: «la envidia es multinacional» y el talento es y coincide con lo más universal de la literatura. Hoy, cierto pensamiento único impone constantemente la polarización y las etiquetas. El arte siempre fue por caminos opuestos a esta deriva. La trayectoria del pensamiento de Pla es bien definida aunque en apariencia no se aprecie de primeras. Su concepción del mundo no era la de Tolstoi, pero el ambiente en el que se formó como persona, en su pueblo natal, era mucho más ácrata y más de sustrato anarquista y federal que el del mismo autor de Guerra y paz. Tenían concepciones bien diferentes del mundo y de la política todavía más, pero el concepto del arte en general contaba con una misma apreciación, estaban muy cerca el uno del otro. Para el ampurdanés era más útil un campesino analfabeto que supiese arreglar una viña que cualquier intelectual autoproclamado. La importancia de las gentes arraigadas a la tierra para Tolstoi es universalmente conocida, la preocupación por las mismas se encuentra reflejada en sus obras o en las cartas escritas a Gandhi. Pla no era para nada un patriota que es lo más retorcido, y sofisticado, del pensamiento político a la hora de alejarse de la realidad. En cualquier patriotismo. En todos. Pero su pasión era el país como lo era de otro modo para Tolstoi, el país… y sus gentes. Ambos personajes concebían el arte de la misma manera. Pla se quejaba de «els de sempre» y también de «lo exótico» y el patrioterismo lo es. Aquí, en Madrid y en Moscú. Los de la patente, los de la exclusividad patriótica, se han ido rifando en las estepas orientales al viejo y barbudo autor. Náufrago de su propia vida, genio inmortal de la literatura.

Pla flipaba con un paisaje cultivado que a parte de sus vaivenes políticos sabía perfectamente que combinaba la mano de Dios con la mano de los hombres y mujeres generación tras generación. Tolstoi igual. Pensamientos políticos bien diferentes, pero las ideas de la concepción del arte llegan a ser muy encontradas. Absolutamente cercanas. Francia y sus pensadores (y escritores) habían nutrido generosamente el cercano oeste catalán y el lejano oriente de los zares.

Ante el desconcierto artístico que ya se iba viviendo, ante la no muy lejana aparición de los totalitarismos, ante ese caldo donde se empezaba a cocer cualquier cosa y con cualquier ingrediente aparecía la venta de humo. El resultado no importaba, totalmente cíclica y puntual, casi de manual y despejando la incógnita. El autor ruso precedía a nuestro autor universal en el tiempo, pero sin ir más lejos Joan Fuster calificaría a su amigo, sin pudor alguno, de auténtico «kúlak», obviamente generalizando al extremo y basándose en una frase que este había escrito para definirse a si mismo: «la pluja m’encanta; m’agrada l’ambient de pluja, i a més m’agrada perquè sóc un petit propietari rural…» visión aparentemente alejada de Tolstoi en el tramo más idealista y utópico de la percepción del mundo que se estaba empezando a configurar, pero , por otro lado, una línea muy clara de pensamiento ante el hecho de la creación artística que se iba a imponer con claridad.

La coincidencia es absoluta pues el autor ruso dictaría sentencia: «si el arte no es comprendido por el hombre más sencillo, estamos asistiendo a la corrupción del arte».

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