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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

El Rey no tiene vacaciones

La relación de la Familia Real con Mallorca atraviesa su momento de mayor debilidad en décadas, la isla ha sido tan importante como Madrid en la difusión de la imagen regia

La institución más vetusta de Europa es la Casa del Rey, anclada en alguno de los siglos pretéritos. Durante las tres largas décadas en que Juan Carlos de Borbón, hoy Juan Carlos I, dominó absolutamente todos los resortes del país, el Jefe de Estado no disfrutó de vacaciones. Sus anticuados escribas comunicaban en vísperas de julio que «el Rey trasladará su despacho de La Zarzuela a Marivent», con la pretensión baldía de que España imaginara a un avión del ejército transportando desde Madrid a Palma una aparatosa mesa de despacho que ya utilizó Carlos III, con el mismo boato que despliega Estados Unidos al pasaportar el vehículo llamado «la Bestia» a los países agraciados con una visita de su presidente.

Por encima de la terminología, las vacaciones clásicas de los monarcas se prolongaban durante casi dos meses, aunque a menudo Mallorca servía de coartada para las escapadas amorosas de Juan Carlos I, mientras Sofía de Grecia ensayaba una nueva dieta espiritual y vegetariana. Con el truco del doble despacho, Madrid imaginaba al Rey en Marivent, cuando en realidad ingresaba en Suiza. En cuanto al veraneo estrictamente mallorquín, contemplaba las audiencias a las autoridades locales heredadas por su hijo y que demuestran que el trono es una pesada carga. Ahora bien, otros episodios del regio estío permitían concluir que finalmente se había descubierto la ubicación de Gomorra.

Después llegó Letizia Ortiz, que ancló a la monarquía marinera en tierra firme y reseca. Los dos meses de relajo veraniego se comprimieron en diez días, desaparecieron los pantalones cortos y la relación de la Familia Real con Mallorca atraviesa su momento de mayor debilidad en décadas. A la hora de calibrar el efecto de esta dilución, se debe consignar que la isla ha sido tan importante como Madrid en la difusión de la imagen regia.

Este año se ha registrado un revuelo artificial, por el supuesto anticipo de la llegada a Marivent de la esposa oficial de Juan Carlos I. Es obligado llamarla Reina Sofía, según ha estatuido ella misma al mismo tiempo que renegaba de los títulos de Reina Madre y, todavía con mayor énfasis, de Reina Emérita. Pues bien, en cualquiera de sus denominaciones es la señora del castillo o del palacete. Lo habita en prácticamente todas las estaciones, sin dar cuenta de sus frecuentes visitas. Se permite asimismo cobijar a aquellos nietos que no son del agrado de la rama de la dinastía en el ejercicio del poder.

Es obligado hablar de la tercera generación, que se apresta a reinar en medio de la atonía generalizada sobre el papel futuro de la monarquía. En el treinta aniversario de Barcelona’92, no debería ser necesario aclarar que la ruptura de las hijas de los Reyes con las regatas adquiere una dimensión extradeportiva. Aunque las denominaciones náuticas de Bribón y Fortuna han agotado las bromas populares al conocerse los manejos del cabeza de Familia, la desvinculación absoluta de Leonor y Sofía de Borbón con el Mediterráneo enmarca una ruptura de calado estatal. De nuevo, un repaso al álbum regio confirma hasta qué punto el mar se ha infiltrado en la biografía de la Familia Real.

El Rey se escapa a Mallorca en cuanto puede, Letizia evita la isla con la misma intensidad. Esta dualidad repercute en lo inmobiliario y en lo presupuestario. Las episódicas vacaciones en Marivent vuelven a servir de coartada, en esta ocasión para que Sofía de Grecia se garantice el disfrute ilimitado del complejo. En los tiempos en que el verano duraba casi todo el año, y en que la fidelidad de la Familia Real parecía garantizada, el Govern balear adecentó hasta cuatro villas o palacetes en el entorno, para los padres y para cada uno de los hijos, los Urdangarin devolvieron el favor saqueando las arcas públicas. Ahora mismo, las cuentas regionales incluyen una factura millonaria para el mantenimiento del entorno.

El lujo de Marivent no reside en el edificio con vocación de pastiche, ni en el mobiliario en precario, sino en las vistas a pico sobre el mar. Con motivo de un berrinche de Juan Carlos I por las críticas a sus dilatados veraneos, rematado con un categórico «no sé para qué vengo a Mallorca», su paciente interlocutor Félix Pons se limitó a señalarle con la mano a sus espaldas, donde ondeaban las aguas que hasta ahora definían a la Familia Real. El entonces Rey se disculpó ante su presidente de las Cortes, pero el incierto destino de Marivent en caso de desafección no se resolvería con una restitución a la ciudadanía. Los sectores que claman por su devolución se sorprenderían de la escasa ambientación palaciega del conjunto, otro ejemplo de que no se debe perseguir lo que se puede conseguir.

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