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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

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Ese neopuritanismo del PSOE, es el puritanismo de siempre, que nos quiere salvar de posibles inclinaciones perversas

No deja de ser extraordinario que sobre el comportamiento humano pretendan ilustrarnos esas activistas fanáticas y liberticidas, como nuestra Sonia Vivas, o esas otras, que, sin más título que sus profundas convicciones, desde la política o el periodismo, quieren prohibir la prostitución; no sociólogos/as ni neurocientíficos/as especializados en el estudio del cerebro, esa máquina proyectiva innata que interacciona con el entorno y crea una visión propia del mundo en cada ser, en cada humano. Ese neopuritanismo del PSOE, es el puritanismo de siempre, que nos quiere salvar de posibles inclinaciones perversas. Niegan la libertad de elección porque pontifican sobre la libertad, la niegan, y se amparan en los proxenetas, esos delincuentes a los que nadie defiende, para justificar la prohibición. Negar la libertad en base al determinismo de la precariedad económica no explica el por qué unas mujeres toman la decisión de prostituirse y otras, en la misma situación, no; concedérsela a los puteros que viven en la precariedad sexual, un contrasentido. La libertad consiste en la capacidad de tomar decisiones sobre cualquier cosa en un sentido o en otro. Negarla en base a abstrusas disquisiciones sobre lo que pueda ocurrir en la mente humana no es otra cosa que el ejercicio de contorsiones perifrásticas para justificar una preexistente convicción fanática de reformadora social. La verdad no necesita de circunloquios, simplemente se muestra; el error precisa de esas contorsiones. La existencia de proxenetas como argumento para la prohibición tiene la misma solvencia intelectual que la existencia de otros delincuentes para prohibir la economía de mercado, el IRPF, el IVA o internet. Delincuentes los habrá siempre porque siempre existirán excéntricos a las normas que posibilitan la sociedad.

Las liberticidas, como los totalitarismos, niegan la naturaleza humana, creen que el cerebro, al nacer, es una tabla rasa en la que, por medio de la educación, se puede inscribir el humano con el que fantasean. Y si algunos/as se salen de sus convicciones, hay que castigarlos, como a los puteros. No sólo niegan la naturaleza humana, niegan la naturaleza. Fiona Hunter, investigadora del departamento de Zoología de Cambridge, observó cómo hembras de pingüino dejaban de lado a sus compañeros de toda la vida para tener sexo con otro; ese otro poseía las piedras necesarias para su nido; las obtenía como pago. El Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva comprobó cómo las hembras de chimpancé intercambiaban sexo con machos para conseguir alimentos. No consta en las comunicaciones científicas que se hubieran detectado entre esas criaturas la presencia de proxenetas; lo cual debería impugnar la idea de que prostitución y proxenetas van siempre de la mano. En fin, el puterío se extiende desde las hetairas griegas, cuyas actividades legalizó Solón en las Leyes de Digesto, las meretrices romanas, consideradas por la república como un mal necesario, hasta el mundo animal, donde piedras o alimentos pueden ser sinónimos de dinero. «Nunca vi damas ingratas/ a su gusto y afición;/ que a las caras de un doblón/ hacen sus caras baratas;/ poderoso caballero es don Dinero». Así dice una estrofa de la letrilla satírica de don Francisco de Quevedo y Villegas quien, según las fanáticas liberticidas, debería ser calificado como protofacha; de vivir hoy, sería perseguido y sádicamente castigado por putero redomado.

Los puteros pueden ser hombres con ansias de sofisticaciones sicalípticas. Aunque en mucha menor proporción, también figuran entre los ansiosos alguna que otra mujer, como hemos visto en First Dates (aunque esta posibilidad ni se les puede pasar por la cabeza a la brigada puritana). Pero pueden ser simplemente hombres traumatizados por su incapacidad para la seducción de mujeres y viceversa. Pueden ser discapacitados psíquicos o físicos sin otro recurso para acceder a los placeres del sexo; ¿Acaso sólo tendrían derecho a su disfrute los capacitados para la seducción? La prostituta y el prostituto podrían ser considerados como un servicio social más para rebajar la tensión sexual entre los menos favorecidos por la naturaleza. Las Savonarolas del feminismo prohibicionista ajusticiaron al amanecer a una señora del PP de Alicante por decir algo parecido, haciendo ver que la prostitución era de derechas. Por consiguiente, el disfrute del sexo no sería un derecho humano, sólo sería un derecho de los capacitados para la seducción. En general, salvando a los mencionados en primer lugar, los puteros son más dignos de conmiseración que de castigo. Tener que recurrir al dinero para acostarse con una mujer, o viceversa, no deja de ser una humillación para ambos. Las prohibicionistas condenan a los hombres incapacitados para las artes de la seducción, como si sólo los seductores pudieran tener acceso a hembras atractivas. Es como creer que a los feos les gustan las feas y a éstas los primeros. A ambos les van las guapas y los guapos. La belleza es extravío.

La coherencia de un discurso no prueba su verdad, sólo su coherencia. El de las fanáticas feministas es un error, además, incoherente. ¿Por qué pretenden prohibir sólo las transacciones rápidas de sexo por dinero? ¿Por qué no las transacciones lentas, que pueden durar toda una vida? Ellas, que abominan del amor romántico, ese trastorno tóxico que nubla las entendederas de hombres y mujeres, parece que apuestan por el amor de conveniencia, no el perseguido legalmente, sino el que asegura bienestar por mucho tiempo, como el que protagonizan parejas formadas por hombres mayores y ricos con mujeres jóvenes y espectacularmente guapas. ¿Acaso no han visto cómo matrimonian con hombres mayores y feúchos forrados de dinero? Y también al revés, pero mucho menos. Esto no es prostitución. ¿Robert Murdoch? ¿Donald Trump? ¿Edith Piaf? ¿Es que no hemos visto a bellezas instaladas en el «candelabro» emparejadas con empresarios madurillos y sobrados de carnes, de sectores económicamente poderosos? ¿Y en el mundo de la política? ¡Cuánto ascenso inexplicable al poder! Hoy, esas feministas radicales son intocables. Las críticas a Irene Montero y demás comadres por los innecesarios viajes en Falcon a Nueva York son despachadas, cínicamente, como antifeministas. La corrección política es la nueva dictadura. No van a por todas, como Sánchez, porque estallaría el invento.

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