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Diario de Mallorca

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Juan José Company Orell

Tráfico exótico

Quienes hayan tenido el privilegio o la fortuna de viajar a algunas ciudades del Asia más Oriental quizá mantengan en su memoria el caos circulatorio de motos, motorinos y ciclos de todas clases, en urbes como Manila, Delhi, Bangkok o el antiguo Saigón, algo extraño e imposible en Tokio donde la más nipona disciplina tiene aposentada sus reales, allí la ciudadanía ni tan siquiera circula por un paso de peatones, exista o no tráfico rodado, a menos que el semáforo o el guindilla de turno se lo permita expresamente; vehículos «birruedas» que parecen circular al modo de las hormigas en los hormigueros, con altos constantes, alocadas maniobras y cambios de dirección inesperados, en un microclima en el que la preferencia de paso no pasa de ser una entelequia y que aparentan la inexistencia de norma de conducta alguna que se les supone también aplicables a los vehículos de solo dos ruedas.

Aquello que en el Oriente nos parecía curioso, folclórico y hasta digno de gracioso comentario se está adueñando de nuestro entorno urbano de forma firmemente creciente, y todo ello con la aparente aquiescencia de las autoridades que debieran cuidar por la seguridad de todos los ciudadanos, repito de todos los ciudadanos; bastan diez minutos de parada observante en cualquier lugar de Ciutat para contabilizar por decenas ese tipo de maniobras «motistas», lleven a su espalda o no una mochila con comida rápida, de cambios de carriles, circulaciones entre vehículos al estilo Lorenzo realizadas ciertamente con escrupuloso cuidado en no utilizar ese olvidado artilugio denominado luces indicadoras, por no citar estacionamientos sobre las aceras que no facilitan precisamente el andar de los que usan sus pies como medio de transportes o los que colocan sus dos ruedas con motor en zonas que simulan estar reservadas para automóviles que además están sujetos a fiera tasa de estacionamiento, con lo cual no suele ser extraña que en tales zonas un incauto automovilista puede estacionar su vehículo a prudente distancia del que le precede y el posterior para encontrarse a su regreso con que dos velocípedos le han reducido aquella anchura, por delante y por detrás, a la mínima expresión haciendo el desalojo vehicular prácticamente imposible; y qué decir de este nuevo OVNI (objeto veloz no identificado) de abundante presencia callejera llamado patinete eléctrico que obliga al transeúnte palmesano a tener más ojos y a andar con más tiento que un marine en la selva vietnamita pues el riesgo puede estar en cualquier lugar y venir desde cualquier dirección, y mantengo lo de no identificado porque es así, pues carecen de placa, número o medio identificador alguno; artilugios que circulan sin solución de continuidad por calzadas, aceras y pasos de peatones, con tripulante y pasajero, con o sin casco, con o sin distintivos amarillos, siendo sus conductores ajenos a la coloratura roja de los semáforos y agraciados con un absoluto desprecio por esa tan pregonada Palma a 30. Aprovecho para mostrar todo mi respeto y admiración a todos aquellos que montados en iguales elementos circulatorios mantienen un muy distinto, por respetuoso, comportamiento, que toda generalización implica siempre injusticia, al tiempo que es justo y necesario admitir que no es escaso el número de iguales e irrespetuosos «utlizantes» de la vía pública que van sobre dos ruedas más que los anteriores. A cada uno lo suyo.

Curiosamente la zona de actuación de estos nuevos riesgos rodantes está trufada de agentes de la autoridad municipal que no parecen tener capacidad ninguna en observar todos esos desaguisados, en su defensa quizá deba decirse que están muy mucho ocupados en la vigilancia de si los de cuatro ruedas tienen o no colocado el papelito de la ORA o si han entrado o no por una zona Acire; es igualmente curioso que, tal parece, que esas toreras maniobras de unos y otros escapen a la escudriñadora mirada, tan minuciosa en otros casos, de esos observadores electrónicos que se supone que nos vigilan a todos como el ojo de halcón tenístico.

Es obvio que el Consistorio palmesano tiene una especial tolerancia o laxitud con todo ese tipo de vehículos y quizá por ello espera que todo quisque pase a abandonar sus cuatro ruedas para adoptar la nueva modalidad de transporte urbano, olvidando con ello que parte de la ciudadanía por edad, por forma física o por simple preferencia no puede ni desea convertirse en motorista a lo «salvaje» de Marlon Brando o en esos nuevos homines patinensis que como siga así la cosa causarán más bajas que el hacha de sílex.

Y es que circular por la capital de la Isla de la Calma se está convirtiendo en una actividad de riesgo, estresante, de constante temor para el viandante, sea este autóctono o foráneo y por ello algo más despistado, pues como decía el tres veces campeón mundial Nelson Piquet «el miedo es parte del juego, pero el tráfico en Brasil es mucho más peligroso que un circuito de Fórmula 1». Y luego hay algunos que se extrañan de que el pequeño comercio palmesano vaya paulatinamente languideciendo.

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