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Antonio Tarabini

Entrebancs

Antonio Tarabini

Crónicas estivales (3) | Memorias de un pequeño burgués

Hace escasos días estaba practicando mi particular dolce far niente, tomándome una birra y ojeando los periódicos en un bar con vistas al mar. Se me acercó un amigo cuya fisonomía reconocí, pero cuyo nombre no recordaba (¡déficit propio de la edad!). «¿Qué tal Toni?, qué bien vives como pequeño burgués, haces lo que te gusta y no dependes de nadie». Sonreí, pero me quedé preocupado por tales epítetos.

Acudí al diccionario. La pequeña burguesía no es una clase social clásica. Es una confluencia de intereses, de posicionamientos, de actitudes, no una «clase» integral, verificable como tal. Uno de los problemas que confronta esta coagulación de clases es la ausencia de intereses compactos que sucede en la alta burguesía que tiene claro cómo, cuándo y dónde defender sus intereses de clase al precio que sea. Los pequeños burgueses son múltiples y diversos. Y tienden a ser unos «Bons Vivants»; a relacionarse, pero no a confundirse entre la multitud.

Aunque el pequeño burgués puede comprar la fuerza de trabajo de otros, típicamente trabaja junto con sus compañeros y/o empleados. En contraste con la alta burguesía; y aunque generalmente es propietario de sus propios negocios, no posee una parte significativa de los medios de producción. Más importante aún es que los medios de producción que se hallan en manos de la pequeña burguesía no generan suficiente excedente como para ser reinvertido en la producción, porque esta no puede ser reproducida en escala amplificada y acumulada. No constituye «Capital» propiamente dicho.

Dicho lo cual, ¿soy un pequeño burgués? Un «alto» burgués no he sido, ni soy. Hijo de mi madre, perfectamente descrita por Àlex Volney (Mussolini tenía oro? DM 16/07/22), «una mujer bajita, con cierta altanería y desparpajo, perfectamente vestida»; perteneciente a una familia de clase media, comerciantes de relativo éxito. E hijo de mi padre, italiano de familia noble de raíces vaticanas (no de alta burguesía económica), de oficio piloto voluntario (o ¿no?) de la aviación fascista con sede en Mallorca. La mezcla no fue muy exitosa. He convivido familiarmente en Italia escaso tiempo; pero estudié teología y sociología en Roma; quedándome residuos nostálgicos de relaciones y amistades de distintas ideologías y profesiones, que me dejaron «marcado» en mis modos y pensamientos.

No se inquieten, no voy a contarles mi vida. He tenido posibilidades de dedicarme profesionalmente a desarrollar mis conocimientos y habilidades procedentes de la sociología y de mis compromisos políticos con mayor o menor éxito. Nunca he trabajado sólo, ni en manada. El instrumento fue desde 1973, Gadeso (Gabinete de Estudios Sociales) reconvertido en el 2001 en la Fundació Gadeso. Aprendí a trabajar en equipo, a ser leal pero no «si bwana». Es posible que un día les cuente quiénes fuimos los fundadores de Gadeso y quiénes nos financiaron. Si no yerro en 1974 ganamos un Premio de la Fundació Bofill (por aquellos entonces no sabía que existía), cuyo delegado era Miquel Alenyar, a una investigación sociológica de la barriada de Son Gotleu.

Mi compromiso político, que a los principios fue variado en siglas, sigue vivo y coleando. Soy leal al PSOE, desde una cierta heterodoxia. Ejercí cargos públicos, fruto en la mayoría de los casos de la casualidad, en el ayuntamiento de Calvià donde conseguimos reconvertir los usos y abusos del territorio, lo que me costó el cargo; y en Palma donde mi mayor éxito compartido fue «salvar» los 400 empleos en la creación de la EMT (antes SALMA). En 1983, durante unos meses, colaboré con Enrique Barón, recién nombrado Ministro de Turismo. Me mandó a Hannover a visitar al Director General de la TUI, Sr. Fischer (¡si no yerro!); acompañado por el Conde Pilati su delegado en Baleares. Con mi enorme barba desordenada tenía que mostrar que los socialistas éramos «sensatos». Lo escuché atentamente, tenía un profundo conocimiento del turismo; lo que no podría afirmar de otro TTOO que visité posteriormente cuyo planteamiento era el propio de un inversionista pro y duro.

Mi ocasional amigo definía «mi pequeña burguesía» porque hago lo que me gusta y no dependo de nadie. Es verdad a medias. Evito hacer lo que no me gusta. Como mínimo no me veo obligado a defender lo que no creo, aunque no siempre diga todo lo que pienso. ¿Cobardía? Chi lo sá! Todos, incluida la alta burguesía, dependemos de algo o de alguien. Si trabajamos en equipo dependemos de él, de sus opiniones. No es fácil escuchar. Buscando en el diccionario encontré un hermoso calificativo de pequeño burgués: «Bon Vivant!». Para concluir, pongo un ejemplo.

Me hacía ilusión tener una barca. Un llaut era imposible por precio y por mi falta de habilidades marineras. Hace largos años un amigo, Cosme, me ofreció una lancha de menos de 5 metros de eslora con motor exterior de 47 caballos. El diseño italiano era precioso de nombre Cinque. Dicho y hecho. Con un amarre prestado, me saqué el «titulín». Por las mañanas a pescar con amigo y/o amiga. El Raó, el deseado, con éxitos y fracasos. Al regresar a puerto y desembarcada la pesca, cambiábamos de personal (familia y amigos), hacia Cap Salines o Cap Blanc. Baño en sa Rápita. Nieta y nieto felices. Los años han transcurrido, y «su capitán» (este pequeño burgués) ha perdido su bravura para subir el ancha y/o recoger el «mort» para el amarre. He vendido la barca al hijo de Cosme, el que me la vendió.

Y a modo de cierre. A partir de hoy, para actuar como un excelente Pequeño Burgués, cambiaré mi bebida habitual de una Birra por una copa de Martini.

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