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Diario de Mallorca

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Eduardo Jordà

Chicos en la playa

Hay una foto de Sorolla pintando al natural en la playa del Cabanyal de Valencia. Sorolla se había hecho construir un parapeto de madera para protegerse del sol y unas escaleritas que le permitían llegar a las partes más altas del lienzo. Y en mangas de camisa, con la paleta de colores en la mano y un purito en la boca y el pincel en la otra mano, Sorolla pintaba sus niños desnudos que se revolcaban en la orilla y el niño que metía un caballo blanco en el agua y le daba un buen remojón. Todo eso ocurrió en el lejano verano de 1909.

Ahora que aprieta el calor, miro algunos de los cuadros que Sorolla pintó tras aquel parapeto en la playa del Cabañal: tres niños desnudos que se revuelcan en la arena mojada; dos mujeres -la esposa y la hija del pintor- que pasean por la orilla con sus vaporosos vestidos de muselina blanca, como si acabaran de salir de una página de Proust y estuvieran en Balbec y no en la Malvarrosa; otros niños desnudos que juegan a sumergirse bajo las olas en un día en que el mar está revuelto… Lo que más llama la atención es la cantidad de niños desnudos que aparecen en estos cuadros. Hay uno en concreto, que está en el Prado y se llama Chicos en la playa, que hoy en día tendría problemas serios si lo pintara un artista actual. Estoy seguro de que no tardaría en aparecer un perturbado (o perturbada) que lo denunciaría por ser una apología de la pederastia o una exhibición repugnante -y pornográfica- de desnudos preadolescentes.

Sorolla pintó esos cuadros -ya lo hemos dicho- en 1909, en una época cien veces más puritana y dogmática que la nuestra, pero nadie vio nada raro en esos niños desnudos que chapoteaban felices en la playa. Lo que hace tan interesantes a esos cuadros, aparte de su enorme calidad -Sorolla era tan bueno o más que John Singer Sargent, que ya es decir-, es que han sabido capturar un estado de ánimo que apenas ha aparecido en el arte hispánico: la felicidad, la dicha, el gozo instantáneo, el puro estallido de vida animal que no se somete a ninguna norma ni a ninguna idea preestablecida. En ese cuadro -al igual que en otros muchos de Sorolla- lo único que se ve son niños felices que se revuelcan desnudos en la arena. Ese es el milagro de esos cuadros, aparte de la luz y el sol y el aire salino, que han quedado atrapados en el lienzo como jamás había ocurrido antes ni ha ocurrido después en la historia de la pintura española (aunque Miquel Barceló también tendría algo que decir aquí). Eso es lo que más nos sorprende, eso es lo que nos deslumbra.

En esos cuadros no hay dolor ni sufrimiento humano, no hay explotación ni miseria, no hay España negra ni atraso ni crisis social alguna. La Historia, de hecho, no existe. Tampoco existe el tiempo. Ni la enfermedad ni el temor. Lo único que existe es la felicidad, y el sol, y el agua; y con ella, la dicha animal de revolcarse en la orilla y dejar que el sol lo cure todo. No sé si Albert Camus llegó a ver esos cuadros de Sorolla, pero si los llegó a ver, seguro que le hicieron recordar su infancia en Argelia, cuando era un chiquillo pobre muy parecido a esos niños que se remojaban en la orilla de una playa del Mediterráneo.

Unos diez años antes de pintar esos cuadros, Sorolla pintó otro cuadro que muestra a unos niños desnudos en una playa, seguramente valenciana, aunque no sepamos exactamente cuál. En ese cuadro –Triste herencia- se percibe también la alegría de la cercanía del mar, y la sorpresa de los niños, y la luz salina que lo inunda todo, pero es un cuadro muy distinto porque presenta a niños poliomielíticos a los que un hermano de San Juan de Dios ha llevado a darse un baño en la playa. Dos de los niños, desnudos, tienen que caminar con una muleta para llegar a la orilla. A su lado, un cura vestido totalmente de negro les indica lo que tienen que hacer. Bendito sea este cura, cuyo nombre no sabremos, que llevó a esos niños enfermos a que se dieran un baño en el mar hace ahora más de un siglo, y los dejó que se bañaran desnudos sin ver nada malo ni obsceno ni prohibido en un acto que para él era tan natural como el agua y el sol y la brisa. Lo malo es que hoy en día, más de un siglo más tarde, los herederos de los curas y las beatas de hace un siglo, camuflados bajo su nuevo disfraz de fraile o de monja progresista, nos darían la turra contra estas escenas por considerarlas perturbadoras o denigrantes o «cosificadoras» o anomalías aún peores. Así que vamos a dejar a esos niños felices revolcándose en la orilla, dueños por unos segundos de una felicidad que nadie podrá arrebatarles. Y después, en medio del calor que no cesa, nos compadeceremos en silencio de todos esos enemigos de la felicidad humana que ahora han decidido amargarle la vida a la gente.

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