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Diario de Mallorca

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Juan José Company Orell

Palabrería tuneada

Las palabras son siempre inocentes, pero el uso que se les da en ocasiones voluntariamente pretendido, en otras descuidadamente admitido y en algunas simplemente negligente, se queda a gran distancia de esa pureza literaria, que se aleja más y más de esa inocencia cuando se acerca a un vórtice de poder, de cualquier poder; de eso algo sabía un tal Goebbels, que decía que había que considerar a la prensa como un gran teclado sobre el que el gobierno podía interpretar su versión; los propios alemanes en tiempos de aquel conflicto bélico no se privaban de hacer chanzas con aquello de la rectificación de líneas que aparecía en los noticieros de Don Joseph, para hurtar a la realidad la más ominosa palabra de ‘retirada’, cada vez que a la Wehrmacht germana no le iban demasiado bien las cosas en el frente del Este. Vacuo palabreo que ha llegado hasta nuestros días; ahora la invasión de un país por su vecino se denomina acción especial; es preceptivo denominar a los ciudadanos de color de piel oscura en Estados Unidos como afroamericanos, cualidad que se le niega al ciudadano yanqui cuyos ancestros hayan nacidos en África pero en Tetuán, Ceuta, Bengazi o Alejandría, como Omar Sharif, porque sus padres les legaron una piel más clara; los procesos judiciales en algunos lugares cercanos se convierten en represión política, algo así como si los últimos detenidos en Son Banya, por eso de comercio de los felices aditivos se dijeran represaliado no por su labor negocial sino por su etnia, represaliados aquellos otros ciertamente peculiares cuando se les permite anunciarlo a bombo y platillo en espacios públicos de la zona, también presuntamente «represaliada», en medios de comunicación y hasta en el parlamento de la Nación y, como siempre, ahí la cosa no cambia, en las noticias del Medio Oriente las personas resultan muertas o son asesinadas según cuál sea la mano que mata y la identidad del matado.

Aquí en nuestro propio terruño y en este tiempo que nos toca vivir, no son escasos los ejemplos de ese uso conveniente y apropiado de la palabra a los intereses del pronunciador de definiciones, pues cuando uno atiende a lo que dicen unos y otros y luego cuando baja a la trinchera de la vida diaria se da de morros con otra muy distinta realidad; permítanme una muestra, como si dijéramos, de rabiosa actualidad; desde hace unas fechas hemos terminado, según se lee, se escucha y se comenta, con el problema de la temporalidad laboral, ya no hay contratos temporales ahora son contratos fijos discontinuos y uno se pregunta, en su candidez, si los firmantes de ese tipo de contrato enganchan un contrato tras otro sin solución de continuidad, de manera que están siempre en el ámbito de la ocupación laboral, o si por el contrario entre contrato fijo discontinuo y contrato fijo discontinuo pasan días, semanas o meses en modo cesante de empleo; si es lo segundo cabrá entonces preguntarse qué es lo que ha cambiado, si la condición y cualidad del contrato o solo su nomenclatura, porque si es lo segundo convendrán Ustedes conmigo que tan solo le hemos puesto otro disfraz al muñeco que sigue siendo el mismo, como si la realidad de una Barbie se tratara. Es como si a alguien se le ocurriera manifestar que ya no existe el problema de la prostitución, del proxenetismo y de la trata porque ya no existen las prostitutas sino que se trata de especialistas en terapia reparadora para situaciones estresantes devenidas por una inadecuada actividad sexual privada, pasando sus clientes de ser simples puteros a ser respetables y necesitados consumidores de tal especialidad terapéutica a los que se les deberán otorgar los derechos inherentes a todo consumidor; ¿absurdo, verdad? Pues eso.

Este tipo de palabrería rebuscada, reciclada para definir de forma conveniente una realidad sin tener que acudir al término definitorio que le corresponde, ese distanciar entre lo que se debe describir y lo que se pretende decir o dejar de decir, es especialmente apreciado por los políticos y sus voceros pues de tal manera se trata de volver a convencer a los convencidos y liar a los tibios y hacer dudar a los negativos, pero si uno rasca un poquito en cada frase pronunciada o en cada idea pregonada por aquellos se dará cuenta de que la distancia entre palabrería que nos llega y realidad es más que sideral, pues como decía Mark Twain, la diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga.

Juegos malabares de palabras para solaz y sorpresa de maleables espectadores del circo de la cosa pública cuyos ejemplos no cabrían en estas líneas pero que todos Ustedes pueden sufrir o disfrutar, según sean sus apetencias optimistas o desgracias anunciadas, cada día desde las múltiples atalayas que pretenden vendernos el coche usado o la mula ciega con la esperanza de que algún incauto compre el producto, compradores que no escasean y eso es lo malo del asunto; la credulidad galopante del ciudadano medio. Contra esa especial patología tan solo opera la posología de dosis cotidianas de sana crítica y algunas tabletas de conveniente capacidad de duda.

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