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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

Los anhelos del yo

Gegorio Luri contempla el siglo XVI español desde la mirada del yo, y no de un yo cualquiera. «No hay menos conquistadores de las geografías de almas que de las tierras de América», nos cuenta en el prólogo a su reciente libro, El eje del mundo (Ed. Rosamerón). Y así es en efecto. Nuestro yo interior –que refleja un determinado amor, un determinado anhelo– se proyecta hacia fuera, de igual modo que el mundo exterior –sus sueños, su grandeza, también su miseria– encuentra un eco en nuestra conciencia. La misma España que se lanza a descubrir América, y que llegará hasta el Pacífico, recorre en su yermo interior la senda secreta del misticismo, la experiencia del yo –y de su transformación– en contacto con la más alta trascendencia. «Decía el soberano francés Francisco I –comenta Luri– que podía considerarse feliz porque sus hijos nacían armados. Nacían desnudos, como todos, pero crecían entre sueños de grandeza». Lo cual, trasladado al caso español, favoreció un despertar, como ha sucedido siempre que el hombre se guía por una cultura de la exploración, del juego, del ir más allá, que es todo lo contrario a la cultura del pesimismo existencial, de la crisis irresoluble. Aunque algunos lo confundan, el pesimismo nada tiene que ver ni con la prudencia ni con el escepticismo conservador, sino con un estado general de desánimo –en cierto modo, ese derrotismo fue el mal del 98– del que ningún buen fruto puede esperarse. No es el caso del yo que se describe en El eje del mundo, dispuesto a dejarse seducir por el anhelo de uno o de varios ideales y que, por eso mismo, miraba con confianza a la vida y al mundo.

«Si Calixto melibea, Don Quijote dulcinea –sostiene Luri en las páginas finales del libro–. Así tiene que ser, porque el que no se mimetice y metamorfosee en lo que ama, es que mucho no ama. Pero el dulcinear de don Quijote no es solo una inercia de su corazón, es, sobre todo, un impulso moral que le obliga constantemente a mantenerse a la alturas de las encumbradas expectativas que se ha creado sobre sí mismo. [...] Da igual si Dulcinea existe o no. Lo que importa es que don Quijote la afirma como la posibilidad moral de su misma existencia como caballero andante». Aquí tenemos una clave de aquella o de cualquier otra época: nuestras ideas no son inocuas, nuestras proyecciones importan, nuestros modelos de vida se convierten en escultores del alma. El objeto de nuestro amor no es indiferente, porque la grandeza o la miseria de nuestro ser se miden de acuerdo con la solidez insobornable de nuestro amor. Seremos –o nos acercaremos mucho a ser– aquello que anhelamos.

El libro de Gregorio Luri, culto, sereno, impecable, recorre los distintos yoes de aquel siglo largo que fue el de la Hispanidad: el yo político, el yo desencantado y escéptico, el yo místico. En su despliegue, nos muestra las raíces de nuestra cultura, algunos de sus límites mentales y también su enorme potencialidad. Esa potencialidad la ejemplifican, al final, la figura del hidalgo manchego y la de su creador, Miguel de Cervantes, pues «Cervantes nos ha mostrado en su novela inmortal cómo se construye un mito, el mito necesario para ver reflejado en él aquello que nos obliga a estar a la altura de lo mejor que podemos llegar a ser». Ese ideal, que revela las capacidades más nobles de nuestra alma, es la cultura a la que deberíamos aspirar y de la que nos deberíamos nutrir. No hay otro secreto.

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