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Diario de Mallorca

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Luis Sánchez Merlo

El susto del percebe

Reflexión tras el debate del estado de la nación

El susto del percebe Pablo García

Vivir en Chamberí, barrio castizo de la capital, tiene el aliciente de contar con una joyería de medidas reducidas, 2x2 -como una cama de matrimonio de las de antes-, donde venden auténticas delicias del mar, fuera del alcance del bolsillo.

Cuando la presidenta de la Cámara baja, en el debate del estado de la nación, se quedó sentada -emulando a Zapatero cuando no se levantó al paso de la bandera americana- y, ofuscada por la iniciativa no compartida de la portavoz popular, no participó en el minuto de silencio por Miguel Ángel Blanco, me vinieron al recuerdo escenas imborrables de la pandemia interminable.

Entonces, abandonando momentáneamente el confinamiento, me permití el lujo de comprar un puñado de percebes -manjar que sabe a riesgo- por el que pagué su precio en oro, mientras la dependienta -empoderada- disculpaba la carestía, con el argumento de la peligrosidad del oficio para los percebeiros, que se juegan la vida como los toreros en plazas de primera.

No le faltaba razón, pues estas exquisiteces cuanto más batida está la roca y fría el agua, más cantidad de oxígeno y mejores son los percebes.

Hasta hace no tanto era uno de los modos con que los ricos burlaban el ayuno durante la cuaresma, dado que -según el cristianismo- durante ese período, las únicas carnes que se podían comer eran las de pescados y mariscos.

Con amabilidad -esa virtud en retirada- se ofreció a cocerlos, a lo que accedí gustoso para evitar un descuido casero que pudiese dar con la docena y media de percebes en la lona. La forma más habitual de consumirlos es cociéndolos en agua con sal, a ser posible agua de mar, durante apenas dos minutos, enriqueciendo la cocción con una hoja de laurel.

Una vez listos, y dado que ya no hay aquellas fresqueras de la posguerra -despensas para mantener la temperatura ambiente- planteé una cuestión sobre el procedimiento y me dio una respuesta sencilla e infalible: «Meta los percebes en un cazo, eche un poco de agua y se les da un susto».

Me gustó lo de dar el susto ya que recordaba el que nos dieron Pedro y Pablo, cuando se abrazaron al presentar (sin testigos incómodos, los periodistas) el programa de un «gobierno de coalición progresista», fruto del pacto con la izquierda populista y el independentismo.

El «gobierno del insomnio», como lo definió Pedro antes de cambiar de opinión sobre la peligrosidad de Pablo -al imaginarle sentado en el despacho de al lado- fue el momento germinal de una pesadilla duradera y disimulada.

En el primer debate, desde 2015, sobre el estado de la nación, el presidente del Gobierno propinó -desde la tribuna del Congreso- un susto a sus socios «por colisión» (Bustos, el columnista à la page, dixit), al hacer suyo, sin previo aviso, el programa de máximos de los morados.

Con el manual del sanchismo en la mano, adelantando por la izquierda a los que no rechistaron, centró el escarmiento en nuevos impuestos a las bestias negras del populismo -entidades financieras y grandes compañías energéticas- para terminar adornándose con un pase de pecho.

Lo hizo, volviendo a tirar de la reciente y reiterada quincalla dialéctica -Alsina dixit- con renovado repertorio: cenáculos con puros, curanderos, poderes oscuros, traficantes del miedo, profetas del desastre...

Los más crédulos pensaban que con mochila tan pesada (10,2% de inflación; tres millones de parados; 1,4 billones de euros de deuda, 117% del PIB) aprovecharía para pactar remedios con el otro partido dinástico, con el mando renovado, tras superar su asombrosa crisis de familia.

Pero optó por insistir en la retórica izquierdista, con un discurso muy del gusto de los socios, contra los poderes fácticos. «A este Gobierno de coalición progresista se le golpea mucho porque somos un Gobierno incómodo, puesto que no olvidamos para quién gobernamos. Gobernamos para la clase media trabajadora y para los más vulnerables. Nos golpea una derecha económica con sus terminales políticas y mediáticas».

De paso, escarmenó ensanchar el muro social, con otro paquete de medidas más intencionales, dirigidas a contentar a socios y votantes, salvar la legislatura y mejorar los escuálidos y prematuros avances de las encuestas.

Esta vez, el susto se lo llevaron los inversores de los sectores afectados y cuentapropistas varios, cuyos valores se resintieron con un desplome cifrado en casi 9.000 millones de euros.

En Ermua, 25 años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el presidente del Gobierno, ante el pasmo del jefe del Estado, calentó la agenda de la semana: «Hoy Euskadi y España son países libres y en paz».

Si fue una improvisación, el calificativo sería más benévolo -ligereza impropia de quien ocupa tan alta prefectura- que si se tratase de una declaración con intención política, dirigida a quienes aseguran, con votos, su permanencia, tras haber pactado la luz verde a la ley de memoria democrática, deslegitimadora del modelo del 78.

El líder de la oposición fue raudo en la respuesta: «Hemos de hablarlo con claridad. Hay unos que asesinaban y otros que morían. La equidistancia nunca es buena cuando se habla del derecho a la vida. Hay que dar las gracias a los que apostaron por la unidad frente al terror y el odio, al valioso trabajo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a la sociedad vasca y española».

Con la ventaja de tenerle en la banda sin poder apearse del chándal, el presidente -inmarcesible sonrisa, tras el pánico andaluz- aparcó la gravedad del momento y animó a sus bancadas, como acostumbra uno de esos entrenadores enardecidos: «Estoy dispuesto a dejarme la piel para defender a la clase media trabajadora (otra vez). Sin esconderme ni echar balones fuera. Al servicio de la mayoría social».

La portavoz interina le increpó: «Lo que falla es usted. La inflación ya estaba disparada antes de que empezara la guerra. Y ahora les pide a los españoles que reduzcan el uso del aire acondicionado en plena ola de calor, mientras mantiene el Gobierno más caro de la historia ¿No se le cae la cara de vergüenza?».

La oposición dinástica, que con tanta frecuencia yerra, acierta al abstenerse en la votación del decreto de medidas anticrisis del Gobierno, si bien no acaba de asimilar que resulta insuficiente esperar a que el descontento tumbe al Gobierno.

Las elecciones tardarán lo que los fondos -propietarios finales de energéticas y bancos, el BCE y Alemania, compradores, o no, de deuda pública- decidan. Los analistas ya han dado a conocer sus primeras impresiones que destilan desconfianza y no escatiman otro susto a los ahorradores: «Será un impuesto sobre los depósitos, más que un recargo en el impuesto de Sociedades».

La señal es clara y negativa: «Los bancos representan un claro objetivo para el gobierno de izquierdas y el nuevo impuesto a la banca refleja la presión interna del Gobierno para recuperar votos».

El susto del percebe, metáfora de la pandemia, se multiplica por esporas en una sociedad sobresaltada por tantas emociones que se suceden unas a otras, con un sencillo remedio: «Meta los problemas en un cazo, eche un poco de agua y se les da un susto».

Es de suponer que no surtiría efectos en la hipótesis, no descartable, de una falta de renovación del Consejo General del Poder Judicial hasta las próximas elecciones, lo que configuraría, como escenario, un auténtico laberinto.

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