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Diario de Mallorca

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Cristina Manzano

Cristina Manzano

Directora de Esglobal

Catastróficas desdichas

Prácticamente nadie cuestiona la emergencia planetaria, pero nadie parece tener la fórmula, y mucho menos la voluntad política, para cambiar radicalmente la forma en la que vivimos

En estas últimas Navidades pasadas por covid, uno de los acontecimientos cinematográficos del momento fue el estreno de No mires arriba, una sátira sobre la estupidez del sistema y nuestra incapacidad de reaccionar cuando nos asomamos al abismo. Aunque gira en torno a un meteorito de gran tamaño que va a impactar contra la Tierra, el símil con nuestra inacción frente a la imparable destrucción del planeta es lineal.

¿Por qué no reaccionamos ante las catástrofes anunciadas? El último informe del Digital News Report, de Reuters Institute y la Universidad de Oxford, revela que el 54% de la gente que respondió a su encuesta evita las noticias a menudo o a veces, un 27% más que en 2017. En España ha caído un 30% la cifra de quienes se declaran muy interesados por las noticias. Estamos saturados. El interés sube en momentos específicos -el arranque de una pandemia, la erupción de un volcán, el estallido de una guerra-, pero dura poco en esta sociedad de atención menguante. Es un mecanismo de autodefensa, cuando la inseguridad y la incertidumbre acechan en todos los órdenes de la vida.

Tampoco es un fenómeno nuevo. Hace 50 años, Los límites del crecimiento, un informe encargado por el Club de Roma, ya puso sobre la mesa los riesgos de la sobreexplotación de los recursos naturales, del aumento de la contaminación y de la explosión demográfica. La obra se basaba en una técnica sumamente novedosa por entonces: escenarios creados a partir de modelos calculados por ordenador. Y el mensaje era, en apariencia, bien sencillo: si seguimos consumiendo recursos al ritmo actual -era 1972-, el planeta colapsará en la década de los años 20 del siglo XXI.

En eso estamos. El libro abrió la puerta a posteriores reflexiones sobre nuestra relación con la Tierra y fue pionero en lo que poco más tarde evolucionaría como ecologismo y desarrollo sostenible. Tras un impresionante éxito inicial -traducido a más de 30 idiomas-, sus detractores, acusándolo de catastrofista, lograron arrinconarlo. En algunos casos se trataba de puro escepticismo ante técnicas no desarrolladas anteriormente; en otros, fe ciega en que el progreso tecnológico sería capaz de corregir las tendencias negativas. Hoy, 50 años más tarde, y sin que hayamos hecho lo suficiente por revertir la situación, sus postulados resultan más vigentes que nunca. Como muestra, la experiencia de una pandemia que se ha visto sin duda favorecida por la pérdida de biodiversidad y el debilitamiento de los ecosistemas.

Ahora al menos somos conscientes no ya del cambio climático, sino de que vivimos una emergencia planetaria. Prácticamente nadie cuestiona su principal premisa: el desacople entre el tipo de crecimiento y la disponibilidad finita de los recursos. Pero nadie parece tener la fórmula -y mucho menos la voluntad política- para cambiar radicalmente la forma en la que vivimos.

Para aportar ideas y reflexiones sobre cómo abordar ese futuro que nos espera, y en homenaje a aquella iniciativa pionera, el Club de Roma acaba de publicar Limits and Beyond (Los límites y más allá), una obra colectiva coeditada por Ugo Bardi y Carlos Álvarez Pereira que aspira a ser «el libro que moldee la conversación sobre nuestro lugar en la Tierra para los próximos 50 años y más allá». Entre las cuestiones que plantea, está la necesidad de analizar las transformaciones que estamos viviendo, y las que tenemos que llevar a cabo, con una visión a largo plazo y teniendo en cuenta la complejidad de los sistemas; no existen disciplinas monolíticas, sino una gran red de interrelaciones.

Frente a ello, el cortoplacismo dominante en todos los campos, desde el político-electoral hasta el de los resultados empresariales, pasando por el de la dispersión de la atención. También plantea el debate sobre las formas de medir el crecimiento y el bienestar más allá del todopoderoso PIB; la reconexión con la naturaleza recuperando las experiencias de quienes han mantenido sus vínculos con ella a través de las generaciones; la fe en la ciencia y en la tecnología al servicio del ser humano… Se trata de revisar los sistemas de aprendizaje, el papel de la educación, para abordar los cambios sistémicos que requiere el futuro de la humanidad.

Se trata de lanzar una conversación realmente global que permita, en la medida de lo posible, reconducir el rumbo.

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