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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

La izquierda emocional de Yolanda Díaz

La izquierda se llena de partidos al mismo tiempo que se vacía de votos, Sánchez ha de ocultar su nombre y la vicepresidenta es solo una identidad

Richard Nixon era tan odiado personalmente ante su reelección en 1972, que la oficina creada para auparlo a su segundo mandato se llamaba Comité para Reelegir al Presidente. En efecto, sin precisar de qué presidente se trataba. De hecho, el eslogan de campaña «Ahora más que nunca» también anulaba la identidad del candidato Republicano, pese a tratarse de un enfrentamiento cara a cara con George McGovern. Y la argucia funcionó, porque Nixon obtuvo el mayor margen victorioso de la historia de Estados Unidos.

También Sánchez padece un problema de química personal con su electorado. Ha de convencer a los votantes de que le necesitan, ya que no van a quererle. En cambio, Yolanda Díaz pretende ser amada por sobre todas las cosas. De ahí que aventaje en valoración al presidente del Gobierno, al igual que Núñez Feijóo o Íñigo Errejón, el niño al que le robaron su caballo de cartón. Nunca ha habido tantos políticos que superen, con Moreno Bonilla al frente del pelotón, a un jefe del Ejecutivo que además ha colocado en más de una ocasión su atractivo físico sobre el tapete. De seductor a gerente.

Se redondea así la ironía de que el presidente del Gobierno no pueda recurrir ni a su nombre para aliviar las cotas de animadversión, en tanto que la ambiciosa vicepresidenta solo dispone de su nombre, no va más allá de su identidad y carisma. Por ejemplo, Sánchez naufraga hoy con contumacia, mientras Yolanda Díaz acierta a cada pronunciamiento. Al lamentar por ejemplo «este Gobierno sin alma», y aunque el riesgo de una izquierda con alma radica en que el alma acabe devorando a la izquierda. Hasta desembocar en el «comprenderlo todo es perdonarlo todo» de Tolstoi.

La titular de Trabajo ha enarbolado la bandera de la izquierda emocional. Instrumentaliza la ideología de los abrazos, un ensamblaje corporal proscrito por pornográfico en la era de la distancia social impuesta por la covid. La inhibición sobre los contenidos de sus propuestas llega al punto de que Yolanda Díaz puede saltar a Sumar porque no es de Podemos, ni mucho menos comunista, ni siquiera socialista. La Medicina de la evidencia, que juzga por los resultados y no por los mecanismos que llevan a la curación, se traslada a la política de la evidencia. Si te complace, te conviene.

Por donde pisa la vicepresidenta, florecen los partidos que absorben a formaciones anteriores debilitadas. Cabe arrinconar la imagen bucólica de una candidata hippy, porque su porfía para liquidar a Xosé Manuel Beiras en Galicia apunta mejor a una planta carnívora. También consume a las socias que va devorando, ya se trate de Mònica Oltra, de Ada Colau o de su velada apuesta ceutí. Sumar es Su Mar, un océano con derecho de propiedad donde la izquierda se llena de partidos al mismo tiempo que se vacía de votos. Sánchez ha de disimular su nombre y la vicepresidenta es solo una identidad no alineada. Ya no mandan los sondeos, sino las disparatadas redes sociales. El tuit más aguerrido decide la política fiscal.

Con el porcentaje creciente de abstención en todos los ámbitos electorales, sobran votantes a cosechar. Los corrimientos de votos que llevan al PP a apropiarse de la ficción de ETA para noquear a Vox resultan superfluos, con tanto inhibido por reclutar. Mientras Sánchez se postula para una enésima oportunidad amenazando a la audiencia con monstruos indefinidos que son los amigos de Nadia Calviño, su vicepresidencia a la izquierda cubre demasiado territorio. Yolanda Díaz se ha contagiado de la bulimia de internet, busca el aplauso indefinido en lugar de concentrarse en una audiencia con visos de apoyarle. Aflora la resaca habitual de los izquierdistas, convencidos de que el acuerdo con la patronal implica el sufragio de los empresarios, nunca estuvieron tan equivocados. Un clic no es un lector, ni tampoco un voto.

Sin olvidar los zarpazos del mayor depredador de la izquierda no socialdemócrata, que ha pasado de la defensa numantina de Yolanda Díaz a exigir su cabeza, o a ignorar a la vicepresidenta en un ejercicio de agresividad pasiva. Pablo Iglesias le roba el protagonismo a su sucesora al autoproclamarse mártir de la libertad de expresión, por unos ataques insignificantes en comparación con la magnitud de la gobernación del Estado. El vicepresidente abandonista recibe el aval de media docenas de jefes de Estado latinoamericanos, a falta de un pronunciamiento del Papa sobre las mentiras del consorcio de Villarejo y Ferreras.

Alcanzar más éxito como periodista que como vicepresidente del Gobierno no marca una trayectoria ascendente, pero Iglesias ha disparado las audiencias de su programa La base a cifras con filo millonario. El triunfo no exime de preguntarle en qué momento se despreocupó de los males que acechan a España, para concentrarse obsesivamente en las amenazas a sí mismo y a su familia como buen prócer conservador. Ya solo le falta consagrar la libertad de portar armas, para defender a los suyos. Le escuchan más desde que no tienen que votarle, tampoco Yolanda Díaz tiene hoy otra cosa que espectadores. Es mucho, no es suficiente.

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