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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

El mar de los sargazos

De niño me fascinaba aquel mar, oculto en medio de un océano, que guardaba un eco de Argelia

Cuando yo era niño, el tiempo del verano era como atravesar el mar de los Sargazos. Me fascinaba aquel mar oculto en medio del océano, que guardaba un eco de Argelia. André Gide recordaba los veranos de su infancia, definidos por la cansina gravedad de las moscas bajo el soplo del calor; mientras que, para mí, los Sargazos representaban el tedio de los piratas, el descanso nihilista –¿aunque sabía yo entonces lo que era el nihilismo?– entre dos aventuras. Dicen que fue Cristóbal Colón quien lo descubrió, como quien se encuentra con el infierno, ese lugar sin futuro ni movimiento. En cambio, yo asociaba los Sargazos con Julio Verne y sus Veinte mil leguas de viaje submarino, al igual que unos años después me harían pensar en Lévi-Strauss y sus Tristes trópicos.

El verano, durante la adolescencia, es la estación de la libertad ganada con la rebeldía de las hormonas; pero no era así en la infancia, ni tampoco lo será –al menos no del todo– en la vida adulta. De niño, el verano era el tiempo de las vacaciones, las medusas, los alemanes y el olor a Nivea, que me encantó durante años. Por ello, constituye también un tiempo de nostalgia, que es el señuelo del Paraíso una vez que has sido desterrado de él. En verano me gustaba dormir bajo las estrellas, a pesar de los mosquitos, y contar su número al igual que el dibujante Pere Joan trazaba en la buhardilla de su casa el atlas de las nubes. Las nubes en el estío son el mar de los Sargazos del firmamento. En las estrellas, en cambio, se percibe la arqueología de la creación. Cuando llega su luz a nosotros, esos mundos no existen ya.

No creo que los veranos hayan cambiado mucho, a pesar de que en Mallorca sean tan distintos a como fueron los de nuestra infancia. Hay más turismo –aún más–, más atascos, más agobios, menos espacio... Los expertos nos dicen que el calor aprieta más y, aunque no lo pongo en duda, siempre recuerdo el bochorno de la humedad y las altas temperaturas. Como siempre ha habido famoseo en las islas: ya sea el estrambótico y mangacortista, ya el refinado y culto (quizás por ello, mucho menos notorio). Huele menos a Nivea que antes, porque ahora hay de todo y ese «todo» es masivo. No pasa nada. Abundan las medusas por el sobrecalentamiento de los mares y, de vez en cuando, reaparece –somnoliento como el mar de los Sargazos– el vídeo casero de un avistamiento ovni o de la aleta de un tiburón, no se sabe si blanco –ese gran mito– o azul.

No, los veranos no han cambiado. Ahí siguen, año tras año, como el tiempo de la lentitud. Frente a los meses de trabajo –al menos para aquellos que contamos con la fortuna de poder disfrutar de unas vacaciones–, julio y agosto representan un dolce far niente definido por las siestas, los baños de mar, las cenas al fresco, la lectura pausada y el abrazo somnoliento –envuelto en las brumas de la épica– de las etapas del Tour de Francia. Y, cuando al anochecer sales a pasear, vuelves a contar el número de constelaciones, allá arriba en el cielo, buscando entre los astros a aquel niño que fuimos y que, de algún modo, sigue viviendo en cada uno de nosotros.

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