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Diario de Mallorca

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Albert Soler

Limón & vinagre

Albert Soler

Una piedra en el camino

Gustavo Petro celebra en la ciudad de Bogotá su victoria en las elecciones colombianas este pasado domingo DANIEL MUNOZ

Se conoce que el Altísimo, a pesar de sus muchas ocupaciones, es aficionado a los juegos de palabras, y el de Petro-Pedro-piedra le debió de parecer ingenioso, de ahí que hasta la Biblia lo recoja y de vez en cuando lo repita, adecuado a los tiempos. El mandato popular y no Dios, aunque en el Cono Sur a menudo son la misma cosa, declaró el domingo pasado: «Tú eres Petro y sobre esta piedra edificaré Colombia». Petro es Gustavo Petro, el antiguo guerrillero que derrotó a Rodolfo Hernández en las elecciones presidenciales, la roca sobre la cual debe construirse la nueva Colombia.

Llamarse Gustavo y tener unas facciones ligeramente batracias es una broma del destino, lo sabe todo aquel que de niño siguiera por televisión el show de los teleñecos, con la rana Gustavo en su papel del reportero más dicharachero. Por fortuna para Petro, la rana Gustavo se llamó así solo en España, mientras que fue René en toda Hispanoamérica, con lo que se ha ahorrado un montón de chistes durante su carrera política. Otra cosa será cuando realice alguna visita de estado a la madre patria, en tal ocasión uno le aconsejaría que no usara gabardina, para no aumentar el parecido.

Gustavo Petro fue guerrillero, y lo fue en un tiempo y lugar en el que era esa una profesión de alto riesgo. Tomó las armas, como quien toma los hábitos de novicio, a los 17 años, y pasó a llamarse Aureliano. No es que se cambiara el nombre para atajar de raíz cualquier referencia a los teleñecos, que no quedaría seria en alguien que busca la revolución, lo hizo porque los guerrilleros, como los monjes, tienen esa costumbre de tomar un nom de plumme. Y como los toreros, por cierto, así que si Miguel Báez se llamó el Litri, bien podía Gustavo Petro llamarse Aureliano. Según contó más tarde, eligió dicho apelativo como homenaje a Aureliano Buendía, el coronel que, surgido de la imaginación de Gabriel García Márquez, protagonizó Cien años de soledad. Fue una suerte que ese fuese el libro favorito de Gustavo y no, por ejemplo, Madame Bovary. A los hombres del M-19 curtidos en la selva, se les escaparía la risa cada vez que tuvieran que saludar al camarada Emma.

Petro ha ganado las elecciones a pesar de contar entre sus asesores con Xavier Vendrell, uno de los cerebros -por usar un término coloquialmente aceptado aunque totalmente falaz en este caso- del procés, lo cual supone un enorme mérito. Arriesgarse a tener en su equipo a uno de los responsables del mayor fracaso político y revolucionario que recuerdan los tiempos, solo se explica porque Gustavo Petro está acostumbrado a vivir siempre al borde del peligro, porque es alguien que convive con el riesgo, alguien para quien la vida no vale nada. Xavier Vendrell fue integrante de Terra Lliure, una banda presuntamente terrorista a la que la Guardia Civil le hizo el favor de desarticularla antes de que sus miembros que todavía quedaban activos terminaran muertos o mutilados por sus propios explosivos, como les solía suceder. Ignoro cómo llegaron a conocerse dos personajes tan dispares como Petro y Vendrell, imagino que no sería por su pasado, puesto que comparar el M-19 u otros grupos guerrilleros de la época en Sudamérica, con los niñatos de Terra Lliure, equivale a comparar a Ulrike Meinhof con Barbie.

Quizás la relación nació porque Petro vivió desde temprana edad en el departamento colombiano de Cundinamarca, y ya se sabe que lo que suene a Dinamarca tiene mucha prédica entre el lacismo catalán. De hecho, fue por un error de transcripción que en un principio el movimiento lacista aseguraba querer convertir a Cataluña en la Dinamarca del sur. En realidad, la intención era convertirla en la Cundinamarca de Europa, objetivo mucho más realista y acorde a las capacidades de los dirigentes del procés, Vendrell entre ellos. Eso explicaría que Gustavo Petro se convirtiera en aliado lacista, para lo cual no hace falta nada más que reivindicar el derecho de Cataluña a decidir -a decidir qué, no importa- y gritar de vez en cuando que España es un estado fascista, todo eso que aprendió rápidamente Ramón Cotarelo y así se gana la vida. Con más motivo lo defendió Petro, que veía como en un rincón de Europa querían convertirse en su amada Cundinamarca y soñaba sin duda con un puente aéreo entre las dos Cundinamarcas que le permitiría pasar las vacaciones en la Costa Brava, lejos quedaban ya los veranos pasados en la selva, sin un solo biquini en miles de quilómetros a la redonda.

A Petro lo engañaron Vendrell y el resto de líderes lacistas, y acabó creyendo de buena fe que los catalanes vivían oprimidos, parece mentira, él que vivió de cerca la verdadera opresión. Le queda el consuelo de que, como a él, engañaron también a miles de catalanes.

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