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Diario de Mallorca

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Norberto Alcover

EN AQUEL TIEMPO

Norberto Alcover

Iluminación

Nuestro hombre llevaba meses con su vida a cuestas, sin saber a qué carta quedarse más allá de sus deseos un tanto precipitados de parecerse a otros hombres pretéritos que habían sido capaces de abandonarlo todo por un misterioso ideal. Desde Montserrat había descendido hasta Manresa, y un día que paseaba meditando junto al río Cardoner, le sucedió algo extraño que más tarde dejaría escrito y que le cambió por completo la vida: «Y estando allí sentado, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento, y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas… y esto con una ilustración tan grande que le parecían todas las cosas nuevas… y recibió una grande claridad en el entendimiento, y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía que fuese otro hombre y tuviese otro intelecto que tenía antes».

Probablemente, toda la vida de Ignacio de Loyola es una consecuencia de esta ilustración junto al Cardoner, de manera que comenzó a discernir en profundidad el sentido de las cosas y de la vida con una claridad que pergeñó nada menos que el conjunto de la Compañía de Jesús, porque fue clave en la elaboración de sus Ejercicios espirituales, redactados en gran parte en esa Manresa tan lejana de Loyola. Una iluminación que le afectó no solamente a su relación con el misterio de Dios porque también modificó su entendimiento, su voluntad y no menos su ponderación de la realidad. Fue una iluminación de claridad, sin más. Y a esta claridad radical que le afectó a «todo, el hombre» debe Ignacio nada menos que convertir el discernimiento en punto de lanza de toda su espiritualidad. El maestro de claridad era el maestro de discernimiento.

Pienso que lo sucedido hace nada menos que 500 años exactos a este hombre que convulsionó todo el pensamiento occidental, debiera sucedernos a nosotros en este crucial momento histórico, marcado por un ambiente tenebroso en el que nos vemos envueltos sin que aparezca alguien que nos proporcione claridad para discernir cómo salir del embrollo. ¿No es tenebrosa la devastación de Ucrania, que comienza a pesarnos como un fardo y muy pronto encontraremos soluciones agrietadas que nos humillaran y destruirán nuestros valores tan repetitivos? ¿No es tenebrosa la facilidad con que unos hombres y mujeres que llamamos políticos y políticas llevan adelante interrumpir sin dificultades la vida embarazada o acabar con esa misma vida pero hecha ancianidad mediante prácticas eutanásicas? ¿No es tenebroso asistir a este monumento contra la eticidad que es mirar hacia otro lado cuando del abuso de menores se trata precisamente en nombre de la misma eticidad?. También es tenebroso que un país se convierta en ‘excepción’ de su conjunto, como si ser apartado a un lugar de segundo orden fuera un éxito histórico. Y no menos tenebroso es el hecho de que los administradores del dinero aumenten sus ganancias mientras los más vulnerables disminuyen sus ingresos. Pero lo más tenebroso, sin lugar a dudas, es esa ramplonería que se impone en los medios de comunicación, sobre todo televisivos, que nos ensucian como ciudadanía y humillan los esfuerzos por elevar la educación y el respeto mútuo. Es un mundo tenebroso, si bien podemos citar fuentes de bonhomía y de esperanza. Pero sería una injusticia moral callar ante tanta tenebrosidad y vivir como si viviéramos en el mejor de los mundos.

Urge un cambio de entendimiento de la realidad. Urge esa necesaria claridad que nos lleve a una vida destinada al discernimiento, lejos de ideologías totalitarias que se esconden bajo el relieve de eticidades de medio pelo. Necesitamos decir basta y no soportar silenciosamente lo que nos parece bastardo y engañoso. Porque si determinados colectivos tienen el campo abierto para afirmar cuanto les viene en gana, entre aplausos incomprensibles, los demás, por el mero hecho de compartir ciudadanía, también tenemos derecho a definir nuestros puntos de vista y nuestros derechos humanos y constitucionales. Algunos pensamos que esa claridad de la que hablábamos al comienzo y que transforma nuestra vida, tiene que abrirse camino con el mismo derecho que otros puntos de vista que nos parecen desoladores y tenebrosos.

Hace 500 años, un hombre indeciso encontró la rectitud de su camino al serle regalada la claridad intelectual y espiritual para orientar su vida. Meditó esa misma vida en la oscuridad de una cueva manresana, y optó por la excelencia en lugar de por la mediocridad. Ahora mismo, aquí y en este lar que se llama España, deseamos que la claridad se imponga como hito de la libertad, y que esa claridad nos conduzca hasta un discernimiento de la realidad que nos acecha. Otros pensarán lo contrario, pero muchos pensamos así: necesitamos una iluminación que nos enderece.

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