Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

Limón & vinagre | José Castro (Magistrado que procesó a Urdangarin y a la infanta Cristina)

Matías Vallés

Limón & vinagre | José Castro: El juez que rindió a La Zarzuela

El juez José Castro, ya jubilado, posa en el salón de su casa de Palma. Sebastián Terrassa

«Los que me conocen, me llaman Pepe Castro». Sería el juez campechano, si el adjetivo no estuviera comprometido por Juan Carlos I, que cometió el error monumental de menospreciar a un instructor de provincias. El Rey inviolable diseñó sucesivos cortafuegos, siempre superados con pericia de saltador de vallas por el magistrado que sentó en el banquillo a Iñaki Urdangarin y a la infanta Cristina. Imponer su escritura en el orden equivocado fue el único éxito de comunicación de La Zarzuela en el caso Nóos. Por motivos obvios de cobertura frente a terceros, firmaba primero la Infanta y después el balonmanista. En cambio, su socio Diego Torres se anteponía a su esposa. Por qué será.

Castro emerge de funcionario de prisiones, y recomienda a sus compañeros de carrera que se familiaricen con el impenetrable ambiente carcelario, sin mucho éxito. Permitió que Urdangarin siguiera viviendo en Washington o Ginebra, en ningún momento le puso las esposas encima a Jaume Matas, pero fue desgranando un racimo de causas que cambiaron el curso del Estado.

Cuando Castro cita a declarar a la Infanta como imputada en el primer intento, se le afea públicamente su locura. Quién se ha creído. Acude raudo en su auxilio Joaquim Bosch, que le recuerda al Gran Wyoming una frase emblemática del instructor del caso Nóos. «Si el juez quiere, el juez puede». En contra de este lema, otros compañeros le han reprochado públicamente que la Justicia no debería ser una actividad para superhéroes. Un magistrado cualquiera ha de investigar a un miembro cualquiera de la Familia Real, sin exigirle prestaciones sobrehumanas.

Se puede confiar en exceso en uno mismo, véase de nuevo a Juan Carlos I. En lugar de enredarse en conciliábulos con Rajoy, o de confiarle a Miquel Roca i Junyent una feliz solución del embrollo, debió estudiar concienzudo a un juez que resumió un interrogatorio a Jaume Matas con un sentencioso «ha venido a burlarse de los simples mortales». Este ejemplo de depurada prosa cervantina podría costarle el cargo a un colega de Castro. Su prodigioso éxito consiste en haber sobrevivido donde mordieron el polvo diestros de la envergadura de un Baltasar Garzón. Es un desperdicio que el magistrado del caso Nóos, que nunca ha confundido arrojo con temeridad, no esté enseñando gestión de crisis en los másteres de management de los que presumían Urdangarin y sus secuaces.

Intentaron derribarle, pervivirán por siempre en las hemerotecas unas fotos de ABC donde Castro se sienta en una terraza junto a la abogada de Manos Limpias, en que se basó exclusivamente el procesamiento de la infanta. Salvó el contratiempo sin un rasguño; a menudo se olvida que su efectividad instructora es comparable a un Lewandowski. Las piezas que llevó a juicio desgajadas del tronco del caso Palma Arena, genérico de los escándalos asociados a Jaume Matas, se saldaron con condenas. En los últimos procesos, el ministro de Aznar y presidente de Baleares se confesó culpable a cambio de una rebaja de las penas. En el debe se sitúa precisamente la parcela económica; más allá de la contratación de la esposa, no se descubrió un trasfondo económico en la desastrosa gestión del político del PP.

Castro es hoy noticia por la publicación de su libro Barrotes retorcidos. Memorias de un juez. Sigue a la biografía autorizada de Pilar Urbano, y no será el último esfuerzo literario para desvelar el misterio del funcionario que doblegó a La Zarzuela. No lo logró de inicio; Juan Carlos I se revolvió con furia contra la primera citación de la infanta.

Otro juez hubiera abandonado, tras sufrir además un revolcón de la Audiencia Provincial de Palma. En cambio, el magistrado perseveró en el más puro estilo Nadal, a falta de saber cuál de los dos preferiría que se evitara esta comparación. Y aquí se rindió el Palacio, para aceptar con resignación el triste espectáculo léxico de Cristina de Borbón. Figuraba por todo, sabía menos que nada. Se sentó en el banquillo y salió absuelta.

La Zarzuela aprendió a protegerse de Castro como si fuera plaga de langosta. El juez afirma hoy que Urdangarin es impensable sin Juan Carlos I y escribe el mejor artículo sobre la investigación deficiente al antiguo rey. El magistrado supo aprovechar resquicios insospechados.

Una mañana me encontraba con Jordi Évole rodando un Salvados, consagrado a la infanta y señor. Matas vio a la estrella televisiva y porfió por una llamada. En aquella conversación, de la que fui testigo, se concertó la entrevista en que el político basó la contratación delictiva en que «era el duque de Palma». Y labró su perdición por la boca.

El juez José Castro, ya jubilado, posa en el salón de su casa de Palma.

Compartir el artículo

stats