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Diario de Mallorca

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Eduardo Jordà

Torre de las Ánimas

Torre de las Ánimas Dani Cardona / Reuters

Durante un tiempo, ya no recuerdo muy bien por qué, nos dio por ir a visitar la Torre de Ses Ànimes, cerca de Banyalbufar. Íbamos preferentemente en invierno, y en noches de mucho viento, y nos poníamos a gritar al vacío como si quisiéramos desafiar a la noche y al viento y al mar invisible que teníamos allá abajo (y que nos engulliría sin piedad si nos despeñábamos por el acantilado, cosa que estuvo a punto de suceder más de una vez cuando nos daba por hacer el tonto). Éramos jóvenes y en aquella época -eran los años de la Movida- nos dio por imitar a los poetas románticos que jugaban a desafiar a las fuerzas de la naturaleza cantando y bailando y chillando en medio de la oscuridad.

La Torre de ses Ànimes era un lugar predestinado para esta clase de performances -llamémoslas así- porque tenía fama de estar embrujada a causa de una leyenda maldita. Unos decían que un antiguo propietario -esa era la versión que contaba el Archiduque Luis Salvador- se había caído al vacío cuando estaba podando unos pinos al pie de la torre. Otros hablaban de una chica que se había arrojado al mar desde allí por una historia de amor desgraciado. Otros hablaban de turbias venganzas a causa del contrabando de tabaco. Y allí estábamos nosotros (Pere Joan, Emi Manzano y otros amigos) intentando demostrarle a la oscuridad y al viento que no teníamos miedo y que nada podría destruirnos. La vida, por supuesto, no tardó en demostrarnos lo contrario. Y muy pronto.

Pero si me he acordado de la Torre de ses Ànimes (una de las muchas talàies que vigilaban la costa de Mallorca desde el siglo XVI) ha sido porque esta semana han llegado desde Argelia seis pateras con inmigrantes clandestinos. Supongo que ya nadie se acuerda de esto -la memoria ya no existe en nuestra época, a no ser que esté manipulada y dirigida por el poder-, pero las torres de vigilancia se construyeron para avisar de la posible llegada de los piratas berberiscos que operaban desde Argelia. Y si hay algo que está inscrito en la memoria genética de los isleños, es el miedo a esa amenaza de invasión que podía llegar en cualquier momento desde el mar (durante la guerra civil, los franquistas explotaron ese temor atávico acusando a los republicanos del capitán Bayo de ser «piratas» que habían venido a saquear Mallorca).

Está claro que las circunstancias son muy distintas -los inmigrantes argelinos llegan hambrientos y extenuados y sin ninguna intención belicosa-, pero con la llegada de las pateras algo muy profundo se está removiendo en el inconsciente de los isleños. Y más aún en un contexto de europeos pudientes que compran a precios desorbitados las viviendas que ninguno de nosotros podría comprarse con un sueldo normal. Y si a esto le añadimos la sensación de que nuestro Estado del Bienestar no es tan sólido ni tan seguro como nos quieren hacer creer, ya que en realidad se asienta sobre un lecho de arenas movedizas que en cualquier momento puede venirse abajo, ese temor invisible que se tradujo hace cinco siglos en las torres vigía se ha vuelto a hacer muy presente. De momento no sabemos muy bien qué puede surgir de esa sensación de amenaza continuada que viene de fuera, pero desde luego no podrá ser nada bueno. Los peores movimientos totalitarios han surgido de ese miedo irracional a algo que no sabemos muy bien qué es.

Y desde luego no ayuda nada que la clase política -en España y en la UE- se empeñe en mirar hacia otro lado y en aparentar una normalidad que no existe desde hace mucho tiempo. Se nos dice que hacen falta inmigrantes para que paguen las pensiones, pero uno se pregunta cuántos inmigrantes pueden caber en Europa y qué precio habrá que pagar en cuanto a bienestar y servicios sociales. El buenismo adanista de la izquierda no ve ningún problema en la llegada indiscriminada de inmigrantes ilegales -o al menos finge no verlo en sus comparecencias públicas-, pero me temo que la gente de a pie tiene unas ideas muy distintas. Da risa ver a todos esos politólogos tan sabios y tan eruditos debatiendo sin parar sobre las razones que llevan a mucha gente que debería votar a la izquierda -por origen social y por identificación ideológica- a votar a otras opciones que son totalmente opuestas a la izquierda. La respuesta es más que evidente -basta fijarse en las torres vigía-, pero nadie quiere verla. O no se atreve a verla para no desobedecer a un dogma sagrado que se han instalado entre nosotros y que nadie se atreve a desmontar. Y mientras tanto, las torres vigía siguen ahí, orgullosas y solitarias frente al mar y la oscuridad y el viento.

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