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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

El postre de gelatina

Una amiga se ha echado un nuevo novio. Le pregunto qué espera de él y me responde: «Que me cuide». Tiene razón. Si quieres a alguien, cuídale. Lo contrario es innecesario, como el postre de gelatina

El postre de gelatina

Tengo la suerte de haber escuchado al paleontólogo Ignacio Martínez Mendizábal hablar del amor, las ideas y la belleza. Lo hizo durante unas jornadas de mi trabajo en la era precovid. Y es que ahora, en vez de dividir el tiempo en antes de Cristo y después de Cristo, hay que hacerlo en función de la pandemia. Pues eso. En épocas prepandémicas, Martínez Mendizábal compartió algunas historias que se desprenden de los yacimientos de Atapuerca, de donde es uno de sus investigadores. En todas subyacían el amor y la solidaridad. Tengo la suerte de trabajar en un lugar cuya razón de ser se basa en el cuidado y el respeto por las personas, en concreto, las más vulnerables. Amar, cuidar y pensar en los demás. Vaya conceptos preciosos.

El paleontólogo habló de la existencia del esqueleto de una madre protegiendo a su hijo. Le abraza por la espalda y se unen en un abrazo de cuidado infinito que ha perdurado por los siglos de los siglos. Comprendo ese amor incondicional y que siempre va a más. Pienso en ello mientras voy en el autobús, que es un lugar muy inspirador si mantienes los ojos y oídos bien abiertos. Un chico adolescente le da las gracias a su madre por haberle cuidado tan bien durante la covid. Me aprieto bien la mascarilla, por si las moscas, y le escucho decir que le encantaba la sopita de la noche. Ella se muere por sus huesos y yo, también. Cocinar para alguien, manipular alimentos y transformarlos en algo nutritivo y sabroso, es uno de los actos de cuidado más grandes que existen. Por eso, no aguanto los comedores colectivos en donde cumplir los procesos es más importante que cuidar los detalles que marcan la diferencia. Sucede en la mayoría de colegios, hospitales o residencias de mayores. La directora científica de la Fundación Alicia, Elena Roura, le cuenta a la periodista Cristina Jolonch en su podcast que, durante un ingreso, su abuela deseó disfrutar de un flan, pero los protocolos solo le permitieron tomar gelatina. Un ejemplo de cuando las necesidades del otro te importan un bledo.

Una señora mayor de mi barrio espera todas las tardes a su marido volver del centro de día. Cuando llega le coge las manos y le sonríe, a pesar de que la mirada de él tiene ese vacío que solo reconocemos los que hemos pasado por la experiencia de tener un familiar con demencia. Se quieren. Se quisieron. Leo sobre el movimiento de las ciudades compasivas, que buscan que las personas que están en el final de su vida estén cuidadas y acompañadas. Las ciudades compasivas son admirables, pero se empieza por las personas compasivas. Las que integran el respeto y mimo por los demás siempre y no solo cuando van a morir. Hablo con una amiga que se acaba de echar un novio. «¿Qué valoras?», le pregunto. «Que me cuide. No en plan ñoño. En plan amor, que piense en mí». Si me quieres, cuídame. Esencial, ¿no? Me gustan los amigos que cuidan de sus amigos. Las parejas que cuidan de sus parejas. Se hacen la vida fácil, se protegen, se alegran por los logros conseguidos y se anticipan a las ilusiones del otro. El resto es innecesario y poco esencial. Como el postre de gelatina.

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