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Diario de Mallorca

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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Autoritarismo y corrupción en el PSOE

Hubo un momento, hace casi cincuenta años, en que el PSOE adoptó un eslogan muy prometedor: «socialismo es libertad». No puedo entrar en el proceso de su génesis, pero posiblemente obedecía, no a una, sino a varias razones que la explicaban. Una, era la propia existencia de la dictadura de Franco, sin más partidos que el fascista Movimiento Nacional, votar al PSOE suponía acceder a unas libertades confiscadas durante cuarenta años. Otra, era la necesidad de diferenciar al PSOE del socialismo real de la Unión Soviética, el otro totalitarismo al que se había entregado gran parte de la inteligencia europea, como la italiana y la francesa. Finalmente, intuyo otra razón, la de separarse de una historia en la que el PSOE había priorizado la revolución social frente al imperfecto sistema de libertades de la segunda república; bajo el liderazgo de Largo Caballero e intelectuales como Álvarez del Vayo; la idea era entroncar con Indalecio Prieto, liberal a fuera de socialista: «El socialismo es la eficacia misma del liberalismo en su grado máximo y el sostén más eficaz que la libertad puede tener».

Mucho barro ha caído desde entonces sobre nuestras cabezas. El origen siempre ha sido el mismo: la contraposición entre el ideal utópico perseguido por los reformadores sociales, basado en el instrumento coercitivo de la educación, y la naturaleza humana. Marx, directamente, la negó, renegando de sus escritos de juventud e inauguró una nueva y larga etapa en la que siempre ha estado presente el autoritarismo en todas sus formas, sea la dictadura del proletariado u otras formas de compulsión social dirigidas a la creación de un hombre nuevo en un nuevo orden social. La hoja de ruta de la identidad marcada en las universidades americanas, la llamada ideología woke, es la llamada a sustituir en los países de occidente los objetivos de igualdad compatibles con los sistemas liberales por los de la identidad. La sobrevenida pasión por prohibir es la nueva frontera con la que esa izquierda desnortada pretende revivir épocas de esplendor periclitado. La razón siempre es la misma: el miedo a la libertad. Se intenta aprovechar en beneficio propio, el poder, la vieja dicotomía entre libertad y seguridad. La seguridad absoluta significa ausencia absoluta de libertad o, lo que es lo mismo, acceder a la libertad supone aceptar los riesgos intrínsecos en la misma. Ahí reside el dilema que divide a la humanidad: los autoritarismos y totalitarismos a derecha e izquierda que prometen seguridad mediante la limitación a las libertades individuales y los sistemas liberales que aseguran las libertades asumiendo los riesgos y consecuencias no deseadas que conllevan. Un ejemplo exagerado es quizá el de EE.UU. con las armas de asalto, merced a su propia constitución. No conciben vivir en una sociedad como la nuestra en la que el Estado no les garantice la seguridad y en la que los delincuentes sí están armados.

El PSOE, tras el fracaso de su intento abolicionista de la prostitución en la discusión con Unidas Podemos de la ley del sólo sí es sí, presentó su proposición abolicionista el pasado martes en el Congreso modificando dos artículos del Código Penal con la que pretende que se multe a los clientes y aumente las penas a los proxenetas, aunque no se demuestre la explotación sexual. Nacionalistas, comunes y ERC se han desmarcado de la iniciativa del PSOE por su hipocresía, su venganza, pataleta, moralina, censura, intereses partidistas, feminismo punitivista. Acusan al PSOE de incrementar la vulnerabilidad de las mujeres prostituidas y criminalizar a quienes ejercen la prostitución de forma voluntaria; de vincular la explotación sexual con el ejercicio de la libre prostitución. Acusan al PSOE de mantener una posición conservadora y paternalista sobre las mujeres, dueñas de su cuerpo para abortar, pero no para obtener dinero a cambio de sexo. Ana Bernal Triviño lo ha estampillado: «El abolicionismo está en la raíz del feminismo»; lo cual equivale a reconocer que, al menos, alguna de las versiones del feminismo está intrínsecamente ligada a la limitación de las libertades y al advenimiento de sociedades autoritarias. Abandonado el PSOE por sus socios, ERC, Junts, CUP, que se opusieron; PNV, EH Bildu, PdeCat, que se abstuvieron, sólo contó con los votos del PP mientras Ciudadanos se opuso y Vox se abstuvo. Las libertades en España tienen sus némesis, la izquierda iliberal del PSOE y la derecha reaccionaria del PP.

Mientras se han llegado a conocer en Mallorca las maniobras impulsadas por Gual de Torrella, anterior presidente de la Autoridad Portuaria (por voluntad expresa de Francina Armengol), para torcer las leyes y mantener las concesiones portuarias en el puerto de Eivissa para el Club Náutico de Ibiza (CNI), con la colaboración de Dolores Ripoll, abogada del Estado, se desconocía la intervención misma de la presidenta en todo este escabroso asunto. Los detalles conocidos incluyen momentos especialmente deliciosos cuando los protagonistas (que van desde lo más rancio de nuestra sociedad al progresismo más cutre y prescriptivo) se quejan amargamente de la «legislación ultraliberal vigente» (sic), que regula las concesiones administrativas e impide que sociedades centenarias sigan manteniendo sus privilegios económicos y estamentales. Pero mientras el papel de la presidenta, conocido por los whatsapps intercambiados con Gual y detectados por la policía era materia de interés periodístico en Madrid, donde se le demandaban explicaciones, conseguía pasar desapercibido totalmente en Mallorca. Armengol había dicho que sus contactos con Gual eran simplemente institucionales. Pues bien, al primer whatsapp comunicando la concesión al CNI respondía Armengol: «Buena noticia! Mil gracias querido». A la información de Gual comunicando que las actuaciones del Tribunal Superior impedían la continuidad de la concesión portuaria al CNI, cuyo vicepresidente es Josep Costa, hermano de Pilar Costa, portavoz del PSIB en el Parlament, respondía Armengol: «¡Joder, mala noticia!» Pues nada, presidenta, qué jodidos los whatsapps con su querido Gual de Torrella. A ver si como le piden explicaciones a Juan Carlos I de sus corrupciones nos brinda alguna usted de las suyas.

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