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Diario de Mallorca

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Antonio Papell

España en la OTAN

En el congreso del SPD de Bad Godesberg, en noviembre de 1959, los socialdemócratas alemanes rompieron con el marxismo. Fue la época en que se hizo carne en el hemisferio de babor la máxima de la izquierda socialdemócrata, «tanto mercado hasta que sea posible, tanto Estado como sea necesario», que el visionario Willy Brandt lanzó con gran anticipación y que compatibilizó el estado de bienestar con la economía de mercado.

En España, veinte años más tarde, el PSOE, que se había recompuesto precipitadamente tras tomar el poder en Suresnes los socialistas del interior desplazando a los históricos del exilio que habían mantenido la llama mortecina del partido durante la dictadura, sufrió una transformación semejante, que requirió un golpe de mano del líder socialista Felipe González, quien dimitió de la secretaría general cuando en el XXVIII Congreso socialista, en mayo de 1979, no se le aceptó la propuesta de abandonar el marxismo; tomó el mando entonces una comisión gestora, que en septiembre convocaba un Congreso Extraordinario en el que Felipe González consiguió su objetivo y González recuperó la secretaría general.

Pese a aquella decisiva mudanza, que consolidaba sobre bases moderadas e impecablemente demoliberales el bloque occidental en el modelo bipolar establecido en el planeta, se mantenía una dialéctica viva entre las dos opciones, la liberal y la colectivista, que no cesó realmente hasta la caída del muro de Berlín en 1989, y el derrumbe de la URSS, de sus pretensiones hegemónicas, de su inocultable ineficiencia y de la política de bloques. Y por eso, cuando Calvo-Sotelo tomó la decisión de incorporar a España a la OTAN, el PSOE, cargado de dudas, se opuso, y aseguró que cuando alcanzara el poder sometería la cuestión a referéndum. El resto de la historia es conocida: tras ganar los socialistas las elecciones de 1982, González cumplió su palabra y celebró el referéndum el 31 de enero de 1986, pero para consolidar el statu quo y no para cambiarlo.

Tras la desaparición de los bloques y la disolución del Pacto de Varsovia, la OTAN pasó a vivir una vida lánguida ya que, al extinguirse «el enemigo», parecía innecesaria la pervivencia del bloque político militar occidental. Para España, el ingreso en la OTAN fue muy positivo porque nuestro viejo Ejército, cargado con la mochila histórica del franquismo, se modernizó y actualizó en el ambiente europeo en que tuvo que desenvolverse. La milicia profesionalizada se democratizó y se consumó de este modo la normalización de un aspecto vital de nuestro sistema constitucional.

Pese al final de la política de bloques, la OTAN aprovechó la desaparición de la URSS para extenderse hacia el este, de forma que se pasó de los 12 miembros fundadores a los 30 actuales, a pesar de que, al producirse la unificación de Alemania en 1990, occidente se comprometió con Moscú a que la OTAN no se extendería más hacia oriente. Aquella palabra no se cumplió. Putin llegó a pedir el ingreso en la OTAN al principio del milenio, y se le dijo que volveríamos a hablar cuando Rusia fuese una democracia. Pero Europa vivió en un plácido oasis hasta marzo de 2014, cuando Rusia se anexionó unilateralmente Crimea. Nadie podía presagiar entonces que en menos de una década Rusia invadiría Ucrania con extraordinaria brutalidad.

España encontró su lugar en el mundo al incorporarse en 1982 a la OTAN, que era el sistema de defensa de los valores democráticos occidentales creado en 1949, cuando España era una dictadura alineada con los perdedores de la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, la instalación geoestratégica de nuestro país se perfeccionó con el ingreso en la Unión Europea, que nos homologó plenamente con Occidente. Y todo indica que este alineamiento es de los pocos consensos de Estado que unen a una gran mayoría de españoles. Y la actitud de Podemos de cuestionar estos anclajes es tan pueril como minoritaria, máxime cuando nadie ha sido aun capaz de definir una opción alternativa. Personajes progresistas y racionales como Yolanda Díaz no deberían dejarse amedrentar por figuras como la de Pablo Iglesias, que edifican sobre el vacío más absoluto su incorregible afán de notoriedad.

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