Opinión | Tribuna

Pestilencia selectiva

La ubicación de las baterías de contenedores de basura de las Empresas municipales de recogida (BCBEM), es una decisión de calado.

Desde siempre, me he preguntado si los criterios técnicos utilizados para la elección de los puntos contemplan la variable de los perjuicios personales.

Una vez instalados los contenedores no suele modificarse su lugar de asentamiento. Huelga decir que si son soterrados, inevitablemente se convierte en perenne.

Este significativo peaje cívico queda difuminado a nivel individual, apareciendo como un problema colectivo. La basura vende poco y en todo caso, la lupa ciudadana y mediática está puesta en la mejorable limpieza de la Ciudad en general.

Los perjuicios que producen las BCBEM, como tantos otros, se tienen asumidos por la Ciudadanía como un mal necesario, minimizando los conceptos; focos de contaminación acústica, insalubridad e incluso peligro de incendio.

El alejamiento de las baterías de contenedores es otro aspecto a tener en cuenta, ya que la cercanía perjudica a unos, la lejanía a otros, sin embargo, la distancia intermedia favorece a determinados ciudadanos. Las molestias tendrán mayor o menor incidencia en función de si se ve afectado algún establecimiento alimentario.

En la trazabilidad de los inconvenientes, aparecen, plazas de estacionamiento eliminadas, olores, ruidos especialmente al depositar cada botella de vidrio y sus campos sembrados de cristales, suelos pegajosos, humos y estruendo en el momento de vaciado de los camiones, zona de atracción de todo tipo de residuos voluminosos, escombros, electrodomésticos, sanitarios. En definitiva, auténticos puntos verdes urbanos descontrolados. Sin olvidar la servidumbre visual que reviste la imagen para las viviendas colindantes y el peligro latente que supone la atracción de los BCBEM, para más de un pirómano.

El número de contenedores probablemente se establezca en función de la densidad de población, aunque, por la saturación que presentan algunos de ellos, deberían revisarse los parámetros numéricos.

Especial relevancia tiene la descarga de los contenedores soterrados al ser izados por los brazos articulados de los camiones. Primero, al verlos aparecer de improviso ante las ventanas del salón de los primeros y segundos pisos colindantes y posteriormente, al escuchar el estruendo de la descarga, especialmente de los contenedores de vidrio.

Estos necesarios perjuicios no tendrían que ser dispares. Se deberían compartir. Bastaría establecer plazos de permanencia de las líneas de recogida, compartiendo de este modo la incomodidad entre todos.

En el caso de las instalaciones soterradas, se podría instaurar la gratuidad de la tasa de basuras para los domicilios más afectados. Resultaría una mínima compensación, ante la más que probable depreciación del valor de la vivienda y el nivel de molestias soportadas.

El incivismo, agrava los puntos anteriores al depositar las basuras y otra tipología de desechos fuera de horario. Extremo que debería ser perseguido por la Policía Local. Sin embargo, cumplir esas franjas temporales resulta complicado para algunos sectores. A partir de las 19:00 horas en invierno, muchos ancianos, además de dificultades de accesibilidad a los contenedores, se ven condicionados por la hora, y en el caso de familias monoparentales, no son momentos propicios para bajar con el bebé a tirar la basura, ¿nimiedades?, no. Verdaderos problemas personales invisibilizados. Si la administración nos viera más como personas y no tanto como usuarios, tras analizar los casos concretos, podría otorgar salvoconductos horarios al efecto.

Tampoco es necesario preocuparse mucho, porque estas infracciones y situaciones que favorecen la violencia ambiental, da la impresión que no importa demasiado. Las personas encargadas de diseñar los programas políticos electorales, tampoco entrarán en el fondo del asunto, les podría ensuciar los folletos.