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Diario de Mallorca

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Isabel Olmos

Juan Carlos, el padre de Elena

El padre de Elena hizo cosas feas. Muchas. Pero yo comprendo a Elena, ya ves, tan contenta de ver a su padre, renqueante, bajando por el avión

Juan Carlos de Borbón acompañado por Pedro Campos, su mujer y la infanta Elena. Gustavo Santos

El paso de la infancia a la madurez es una travesía prolongada, pausada, excepto en la gran mayoría de este planeta en el que se produce, como quien dice, ya casi en el momento del nacimiento, por supervivencia. Como en la mayoría de la sociedad occidental acomodada este proceso se experimenta, además, entre algodones, podemos perfectamente situar el punto medio de la madurez mental casi ya en la treintena.

Sea como fuere, en este viaje nos acompañan siempre, además de las vivencias necesarias para hacer prender la llama de la adultez, conversaciones, momentos y personas pero también el arte: libros, películas.... Rondaba el año 1989 cuando vi uno de esos filmes que me hicieron ‘mayor’ o, al menos, me hicieron plantearme mis primeros interrogantes sobre la identidad, el pasado, los secretos, las lealtades, quien sabe, sobre la verdad de las cosas y de las personas. Tenía 13 años cuando vi La caja de música, de Costa-Gavras, una historia de amor casi inquebrantable entre una hija, Jéssica Lange, y su padre, un anciano que cuida amorosamente a su nieto mientras arrastra, incógnitamente, un horroroso secreto.

Como es del 89 y doy por supuesto que muchos de ustedes han tenido tiempo de sobra para la verla, me voy a ahorrar los reconcomes en este tipo de cuestiones para ahondar en la materia: qué difícil es saber si somos capaces de perdonar a alguien a quien amamos que haya cometido un delito. ¿Y si mi padre hubiese matado a alguien en el pasado? ¿Si lo hubiese hecho por motivos políticos o simplemente por odio, cambiaría algo? ¿Y si mi madre hubiese robado a su hermana? ¿Qué pensaría si le hubiese quitado todo y condenado a la pobreza?¿O qué tal si mi hermano hubiera delatado a un vecino ante las autoridades represivas y este hubiese acabado fusilado? Estas cosas suceden y han sucedido siempre porque la totalidad de su vida solo la entiende plenamente el dueño de la misma, quien la vive.

Sea como sea, todo esto me planteaba yo el otro día viendo a la infanta Elena abrazando y haciendo una genuflexión a su padre, Juan Carlos, en su regreso a España tras dos años de huida por haber sustraído mucho dinero de las arcas públicas de la gente a la que debía dar ejemplo. Dar ejemplo porque, básicamente, si te están dando de comer al menos, como decía mi abuela, sé agradecido y no vayas a la alacena por tu cuenta y arrambles con todo. El anciano padre de Elena cometió fraude fiscal aprovechándose de un cargo que le había caído en la manos fruto de un legado de siglos, con el beneplácito de muchos españoles, y sobre la memoria enterrada en la cuneta de otros miles. El padre de Elena hizo cosas feas. Muchas. Trató a sus conciudadanos como vasallos, le pudo la avaricia, aprovechó su situación para enriquecerse ilícitamente y solo el hecho de que su figura es ‘inviolable’ -que no él- le ha salvado de rendir cuentas ante la ley.

Pero yo comprendo a Elena, ya ves, tan contenta de ver a su padre, renqueante, bajando por el avión. La entiendo porque el dolor que provoca el despertar es tan intenso que si asumes que has despertado, toda tu vida da un vuelvo radical. Adiós a la infancia, a los privilegios, al todo pagado, a vivir a costa de los demás, al no hacer nada, a que te admiren, a que camines siempre sobre una alfombra, a que tus hijos se mezclen con la ‘élite’ aunque carezcan de educación, a las visas infinitas... Adiós a todo eso y bienvenida a la vida real. Que no Real. Y eso, cuesta. Yo, a Elena, la entiendo. Mejor, mucho mejor, seguir durmiendo.

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