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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

Un club con vocación europea

¿Por qué no soñar con un Real Mallorca jugando en Europa?

Los jugadores del Mallorca celebran la permanencia en Pamplona. LOF

Recuerdo bien el primer partido al que me llevó mi padre en el vetusto estadio Lluís Sitjar. Fue un amistoso entre el Real Mallorca y un equipo eslovaco, el Š. K. Slovan Bratislava. No sé si fuimos porque a mi padre le apetecía ver a un conjunto europeo o porque era el estreno del francés Lucien Müller como entrenador mallorquinista. A mí me sorprendía que alguien apellidado Müller pudiera ser francés, pero luego llegó Marcel Domingo, que tampoco era español, y ¿qué iba a decir yo si mis apellidos tampoco son del todo nativos? Hablo de principios de los ochenta, cuando el Mallorca aún no era un equipo consolidado de primera, como lo sería luego en las décadas doradas de Héctor Cúper y Luis Aragonés. Me acuerdo bien de algunos jugadores gloriosos de aquellos años que se confunden con los recuerdos de infancia: delanteros de remate como Miodrag Kustudić –al que llamábamos Kustodic, no sé por qué– y Gerry Armstrong; el guardameta Tirapu y el gaditano «Chano»; Enrique «Tronco» Magdaleno, Orejuela, Luis García, Rolando Barrera y tantos otros. Más tarde llegaron décadas gloriosas y jugadores de un nivel asombroso: de Juan Carlos Valerón a Samuel Eto’o, de Goran Bogdanović a Jovan Stanković, del «Mono» Burgos a Carlos «Lechuga» Roa.

El fútbol ha cambiado mucho desde entonces. La globalización lo ha convertido en un deporte de galácticos, y ya se me entiende la expresión. Siempre hubo diferencias competitivas muy notables entre los grandes y los modestos, pero estas diferencias se han magnificado a medida que unos pocos clubes se permiten contar con un fondo de armario espectacular, con hasta tres y cuatro jugadores de calidad por demarcación. El dinero manda y ahora se concentra de forma exagerada en unas pocas manos. Dicho de otro modo, existe el mundo de la Champions y después el resto. Los jugadores, por lo demás, llegan muy jóvenes al estrellato y enseguida empiezan a competir en los clubes punteros. Para los modestos en cambio, sin el flujo de caja necesario, resulta muy difícil construir plantillas capaces de plantar cara a los más encumbrados y ofrecer tensión competitiva a las ligas. Algo similar sucede en el ciclismo, donde apenas tres o cuatro equipos concentran las grandes plantillas, de modo que encontramos a gregarios de lujo que, a finales del siglo pasado, hubieran sido ciclistas estrella de otros equipos. En efecto, poderoso caballero es don dinero.

El Real Mallorca logró salvarse in extremis tras una temporada aciaga. Al menos, parece decir adiós a esa trayectoria zigzagueante, de sube y baja, que lo ha caracterizado en estos últimos años. De hecho, reúne todas las condiciones para convertirse en un club de talla europea y es una pena que no aproveche esta oportunidad. Mallorca es una marca global y Palma una ciudad de éxito, a pesar de su tamaño mediano. Y tal conjunción merecería ser explotada en muchos ámbitos, de la oferta deportiva a la cultural de primer nivel. Málaga –con una poderosa oferta museística y literaria– sería el perfecto ejemplo antagónico en nuestro país. Hay otros a nivel europeo. Y soñar con que el Real Mallorca vuelva a ser el equipo competitivo que fue antaño no debería constituir un imposible. Hace falta dinero e inteligencia. Y hace falta, sobre todo, una apuesta de todos.

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