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José Carlos Llop

Cuando Vangelis aún no lo era

A finales de los 60 mis primos regresaron con sus padres a Mallorca, dejando Barcelona atrás. Mi prima Merce –que murió hace un año– llegó con una guitarra bajo el brazo y un repertorio donde figuraban dos o tres canciones de Françoise Hardy: Tous les garçons et les filles de mon age puso el ritmo de aquellas tardes. Mi primo Eduardo, su hermano, llegó con una capacidad organizativa que hizo que nuestros juegos –los de todos los primos por vía materna, en esa frontera entre la infancia y la adolescencia– adquirieran una categoría superior y una gran eficacia en el entretenimiento. No había pasado mucho tiempo desde su venida a Mallorca cuando empezamos a escuchar la voz aterciopelada del piloto Ángel Álvarez en RNE, que se traía los elepés del extranjero gracias a su trabajo en Iberia y dirigía unos programas monográficos de una calidad muy superior a lo habitual. De esas escuchas de Álvarez surgieron dos aficiones: la de Eduardo primo por Neil Diamond y por los Aphrodite’s Child, y la mía por los Credence Clearwater Revival, o los Cridens, que era como los llamábamos. No recuerdo si le contagié mi afición por los Credence –creo que no– pero él a mí la suya por el conjunto griego, sí, y escuchábamos Rain & Tears, o I want to live, o Spring, summer, winter and before –que eran sus canciones más populares– con devoción. Cuando estas canciones de los Aphrodite’s Child sonaban en las parties, fiestas o guateques, una mano invisible iba apagando todas las luces. En fin: batallitas del abuelo.

Los cantantes de los conjuntos musicales –entonces se les llamaba conjuntos, aún no grupos– eran los líderes y el objeto de deseo de las fans. Pero solía haber un cerebro que ocupaba un lugar en segunda línea, con tanta o más importancia que el líder. Pensemos en Keith Richard de los Rolling o en Jim Capaldi de Traffic o en Vangelis de los Aphrodite’s Child, cuando Vangelis se llamaba Evángelos Pathannasiou. Demis Roussos era el cantante y la figura más visible –en todos los sentidos porque llegó a adquirir una corpulencia desmedida– pero Vangelis componía que era un contento oírlo. Ambos eran primos hermanos también. Cuando el grupo se separó, los dos cogieron volada y si We shall dance y Velvet morning fueron los himnos en sinfonola de Roussos, Vangelis se dedicó a una música más intelectual, que derivaría luego en música para el cine con cierta filiación new age y por tanto, en otra forma de la música popular. Y allí llegó la fama y con ella el olvido de los Aphrodite’s Child. Pero si Vangelis triunfó con la banda sonora de Carros de fuego –con la que obtuvo un óscar– fue en Blade Runner donde abrió espacios con sus sintetizadores que no habían sido transitados por nadie, y su música adquirió un color más metafísico.

Es cierto que Blade Runner fue –es– una película afortunada y a eso contribuyó mucho Vangelis, al que siempre asociaremos con el eco de las palabras del replicante en el momento de morir. Vangelis supo decir con música el dolor y el desconcierto de Roy Batty en su agonía: «he visto cosas que nunca podréis imaginar. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en la oscuridad, como lágrimas en la lluvia…» La alianza entre Ridley Scott, la novela de Philip K. Dick, Harrison Ford, el guionista y los demás fue impecable y entre todos retrataron un mundo donde los sentimientos ya no existen y en cambio toman vida en las palabras de un mercenario del campo de la inteligencia artificial. Vangelis, que murió hace tres días, puso la melancolía futurista.

Es cierto que las bandas sonoras del cine encierran una trampa tan amable como doble: por un lado juegan constantemente con las emociones del espectador; por otro se nutren –a menudo con gran desfachatez– de la llamada clásica del XIX y principios del XX. Pero nada nace de la nada; ni siquiera la primera ameba lo hizo. Vangelis tampoco. Pero sí que supo darle a su música una atmósfera metafísica –lo he mencionado antes– cuyo homo antecessor podría ser el Ummagumma de Pink Floyd. Con Carros de fuego –algo marcial, olímpica y con vocación de sublime– se ganó al mundo, pero con Blade Runner se ganó a sus artistas. Algunos ya estábamos encantados con él cuando nadie sabía todavía quién era Vangelis y sí en cambio los Aphrodite’s Child: nuestros cuerpos aún adolescentes empezaron a hacer honor a la diosa de su nombre envueltos en sus canciones. Y eso no se olvida.

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