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Diario de Mallorca

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ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

Los curas que aman a las mujeres

Un párroco balear acaba de renunciar al sacerdocio por amor. Otro. Van dos en menos de un año. Joan Femenia, cura de las poblaciones mallorquinas de Campanet, Moscari y Búger, es el segundo que deja de amar en exclusiva a Dios y al prójimo para cumplir con el Séptimo Sacramento, el del matrimonio, el más común entre el común de los mortales. A partir de ahora vivirá la experiencia del otro lado, ese en el que a diario se desenvuelve el ala civil de su parroquia, con todos los tópicos buenos y malos del mandamiento conyugal, la salud, la enfermedad, la pobreza, la riqueza y, cómo no, la coyunda.

Decía que es el segundo cura de España en menos de un año que hace pública su decisión de abandonar el oficio y compartir a Dios con su esposa, después de aquél anuncio formidable de un superior suyo en la jerarquía eclesiástica, el obispo de Solsona, Xavier Novell, que renunció a la prelatura para unirse a una psicóloga y escritora de literatura satánica, casada y con dos hijos, hecho que causó un sensacional escándalo en todas las diócesis, como ahora lo ha provocado el gesto de Femenia entre el obispado balear, que no ha ocultado su «estupefacción» por el anuncio de esa oveja descarriada.

Hay que ver el escándalo con que la cúpula eclesial recibe algunas noticias y lo rápido que actúa en consecuencia, y la opacidad y laxitud con que reacciona en cuestiones menos edificantes y sórdidas. Ya me entienden.

Deduzco que este tipo de casos saltan con cuentagotas a la palestra pública en la misma medida que el afectado lo comunica o si el enamorado es persona de relevancia, por lo que es lógico pensar que son muchos más los que no salen a la superficie. En 2019, el mayor experto en sectas de España, habitual de la televisión, sacerdote y responsable de comunicación de la Diócesis de Zamora, Luis Santamaría, dejó también los sermones del domingo para pasar por la vicaría, aunque por otra que no era la suya. «Me he enamorado», adujo. El más mediático de todos, quizá por su proximidad a la Casa de Pedro, ocurrió en 2021, cuando un cura italiano anunció en medio de una misa que colgaba los hábitos por amor. Riccardo Ceccobelli, enamorado de una de las catequistas de la parroquia, confesó desde el púlpito que quería vivir su historia «con honestidad».

Eligió bien la palabra. Honestidad. Se estima que hay aproximadamente 100.000 sacerdotes en todo el mundo que han dejado la Iglesia desde la década de 1970 para casarse o formar pareja. Solo en España, de los más de 27.000 miembros que componen la curia, alrededor de 8.000 se han casado, según datos no actualizados del Movimiento Pro Celibato Opcional (Moceop).

Honestidad, pero sobre todo, transparencia. Párrocos como el de Baleares o el de Solsona han hecho lo habitual entre muchos seglares: renunciar a la doble vida. En un mundo tan críptico como el de la Iglesia, es de agradecer que los eclesiásticos activen los mismos mecanismos que la vida laica.

El celibato quedó instituido hace casi un milenio en los dos concilios de Letrán, el de 1123 y el de 1139. A partir de ellos, quedó decretado que los clérigos no podrían casarse o relacionarse en concubinato. Hecha la ley, o se abrazaba a Dios en exclusiva o se pasaba a la clandestinidad.

Hasta una tortuga recorre más distancia a lo largo de toda su vida que la Iglesia Católica en el mismo tiempo. En 2014, un año después de ser elegido Francisco como Papa de Roma, 26 mujeres enamoradas de sacerdotes le escribieron para derogar el celibato. «Las rivales de Dios», las bautizó la prensa. El pasado febrero, Francisco defendió el celibato, no sin añadir que «es un don» que «requiere relaciones sanas», pues «sin amigos y sin oración» puede «convertirse en un peso insoportable».

Más allá de la sorpresa, hay que recibir con admiración el arrojo y la valentía de quienes renuncian a la misa por causa de amor. Hace ahora cinco años, cuando con 36 se estrenaba como cura, Joan Femenia, el último sacerdote en dejarlo por amor, concedía una entrevista a Diario de Mallorca que, leída hoy, parece una premonición. «¿Ha casado a alguien?», le preguntaba el periodista. Respuesta: «Una vez. Estuvo muy bien. Fue muy divertido. Piensa que es gente joven como nosotros y cuando llegan a la iglesia están desconcertados. El objetivo es que acaben saliendo contentos. Que sepan lo que es una boda». Eso, que sepan.

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