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Diario de Mallorca

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ARENAS MOVEDIZAS

Jorge Fauró

La brecha infinita

Los expertos dibujan ya un futuro en 6G similar a ‘Blade Runner’, mientras en algunas zonas de España apenas llega internet

Una antena de telecomunicaciones en una aldea. Communications tower in remote village among old poor houses. Internet reaches remote places.

Expertos y directivos de varias multinacionales se reúnen estos días en Sevilla para hablar del futuro de las comunicaciones. El evento lleva por nombre Forum5G, aunque lo que más se está destacando en los medios pasa por las posibilidades del escalón siguiente, el del 6G, que nos anticipa un escenario cercano a Matrix en el que será difícil diferenciar dónde comienza la virtualidad y cuándo nos encontramos realmente pisando el mundo real. La meta es intercambiar en un plazo de 10 años la cifra de un terabyte por segundo, que debe de ser el equivalente al envío y recepción entre usuarios de aproximadamente el catálogo de Netflix que cada cual haya visto este año. Tremendo. Y a tiro de WhatsApp, imaginamos.

Para quienes comenzamos con la máquina de escribir y nos sumergimos apasionadamente en aquellos IBM provistos de MS-Dos, el Windows 3.0 nos pareció una visita guiada por la Estrella de la Muerte. Lo del 6G ya no es un paseo a la velocidad de la luz por una galaxia muy lejana, sino multiplicar infinitamente los registros del Halcón Milenario.

Sumado al empleo doméstico de la inteligencia artificial y con máquinas capaces de transformar datos en razonamientos coherentes, el 6G abre la puerta a que nos comuniquemos mediante hologramas y nos holotransportemos rápidamente de un punto a otro de la Tierra, además de disponer de un acceso a un internet de los sentidos más allá de la vista y el oído. Sí, será posible tocar, oler y saborear (llegados a este punto, fabulen con lo que estimen más conveniente). Si me permiten el sacrilegio, la verdadera ciencia ficción la anticipó George Lucas y no Stanley Kubrick.

Una antena de telecomunicaciones en una aldea. 123RF

En los últimos años, el planeta en general y España en particular se han venido articulando a lo largo de una o varias brechas, a cuyos lados unos cuantos se van a beneficiar de los formidables avances de la ciencia y la tecnología y otros tantos estarán en serio riesgo de quedarse atrás. La brecha es la nueva división sociológica de la humanidad. La brecha social, la brecha salarial, la brecha de género, la brecha digital. Cualquiera de ellas es cada vez mayor, aunque estoy convencido de que la tecnológica condiciona la distancia que separa las tres anteriores.

Aquí van algunos datos. Según Red2030, un 13,4% de las zonas rurales en España todavía no cuentan con acceso a internet de al menos 30 megabytes por segundo de velocidad, mientras que la mitad carece de cobertura de redes ultrarrápidas -más de 100 megas-. «De hecho -apunta esta fuente-, todavía encontramos más de 720.000 hogares a los que el rango de cobertura de una conexión mayor a 2 Mbps no alcanza en más de un 10% de su potencia».

Para los habitantes de muchas áreas de la España vaciada, ya no es que el futuro de Blade Runner que pinta el 6G se vislumbre a años luz, sino que la vida es aquello que transcurre desde que comienza el tiempo de conexión hasta que dos usuarios logran comunicarse sin recurrir a la llamada telefónica tradicional. Teniendo en cuenta que quedan poquísimas gestiones cotidianas que no se deban realizar a través de internet, en muchos puntos del planeta un trámite menor se convierte en un suplicio. O, al menos, en un enorme retraso.

A gobiernos e instituciones les encanta participar en foros donde se fantasea con un futuro de automóviles aéreos, robots esclavos y amantes 3.0. Sin embargo, es mucho menor el atractivo que generan los encuentros de expertos que hablan justamente de lo contrario, a saber, de la brecha digital, dado que las miserias actuales son verificables, contrastables y apoyadas en cifras, mientras que hablar del futuro sale gratis y no compromete a los ponentes. En los planes de todos los gobiernos, también del español, figura la implantación de redes ultrarrápidas en áreas rurales. La dura realidad demuestra que es mucho más costoso y menos rentable digitalizar una comarca de la España vaciada que invertir en hologramas que no estarán jamás al alcance de una amplia parte de la población.

Un segmento importante de la ciudadanía solo conocerá ese mundo de fantasía del 6G a través de una pantalla de televisión, contando con que en sus hogares dispongan de una conexión razonable. Ni siquiera podrán verlo en el cine porque han desaparecido de muchos lugares, incluidas esas grandes urbes donde, dicen, llegará el 6G. Por fortuna, podremos holotransportarnos. O eso cuentan.

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