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Matías Vallés

Limón & vinagre - Gabriel Rufián (Portavoz de ERC en el Congreso)

Matías Vallés

Gabriel Rufián: El follonero del Reino

Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso. Eduardo Parra

La felicidad verbal de Gabriel Rufián Romero cambió la historia de España, pero sobre todo el devenir de Cataluña. Y no seguramente en el sentido que hubiera deseado un independentista, aunque hasta su nombre se muestra reversible en catalán y castellano. Misiles dirigidos a su socio Pedro Sánchez, del calibre de «el PP es de centro, de centro penitenciario» o «pídale el teléfono al señor Casero» en vísperas de la aprobación de las medidas anticrisis, palidecen frente a la bomba «155 monedas de plata» que tuiteó contra el entonces president Carles Puigdemont.

Aquel 26 de octubre de 2017, el fugado a Bruselas había decidido convocar elecciones catalanas, con hora fijada para la rueda de prensa. La apelación de Rufián a las 30 monedas de la traición bíblica propició un vuelco vertiginoso, fue artífice o culpable según la perspectiva. Puigdemont viró en redondo y eligió la «ensoñación» de la independencia dura que llevó a la cárcel a la plana mayor del catalanismo. Es imposible desenganchar al actual portavoz de Esquerra en el Congreso del naufragio del procès, hasta el punto de que acabaría tachado de Judas frente a la pureza del expresident.

No es ocioso, por tanto, recordar que el objetivo teórico de Rufián consiste en levantar la Cataluña independiente, salvo que nadie se imagina construyendo algo a este especialista en demoliciones. Con su aire de Fumanchú oracular, es el catalán al que Madrid ama odiar. Mejor dicho, le odiarían aunque no fuera catalán. Sulfurado, sulfativo y sulfúrico, casi asusta más a sus enemigos que a sus partidarios. Contémplese al respecto la estampa avergonzada de su vecino de escaño Joan Tardà, cuando su pupilo y sucesor fue expulsado del Congreso por la institutriz Ana Pastor.

Rufián es el radical catalán más admirado entre los disidentes residentes fuera de Cataluña, otro rasgo sospechoso para sus correligionarios. El follonero del Reino equivale a un Podemos de un solo hombre orquesta, ahora que los asaltacielos viajan en coche oficial. Debe guardarse las espaldas de los integristas de ERC, Esquerra Republicana y Clerical.

La imagen de trabucaire de Rufián, o su gesto indescifrable de Toshiro Mifune, no deberían desviar la atención sobre su influencia según se vio en las «155 monedas». Sin su intervención no se entiende la moción de censura relámpago de 2018, cuando solo llevaba dos años en el escaño. Y el sumo pontífice Oriol Junqueras osciló hacia las tesis de su hijo en esta tierra de Madrid, para abdicar del independentismo irredento con la excusa de ampliar la base. En efecto, un slow procès de duración medible en décadas, donde se demuestra que es más agradecido ser independentista que independiente.

Mientras tanto, Rufián arrasa en y con el Congreso. Sus soflamas resultan más convincentes en el pleno que en las comisiones, donde camufla su escasa preparación de los interrogatorios llamando «gánster» a un compareciente. A cambio, otra eminencia le suelta a Rufián que «hace honor» a su apellido, y que se lo diga en la calle sin la protección del Parlamento si se atreve. A este nivel ha descendido la dialéctica política en el país de todos.

Aporrear a Rufián es reconfortante, pero ni su agitación continua de molino de viento que se cree gigante logra disimular que ERC gobierna por primera vez Cataluña, donde ascendió a fuerza más votada al descender en gradación independentista. Y los 13 diputados pastoreados en Madrid superan ampliamente a Ciudadanos, sin olvidar que se han cosechado en cuatro provincias. Por no hablar de que el deslenguado pronosticó acertadamente, durante la investidura en falso de 2019, que PSOE y Podemos acabarían perdiendo el sueño juntos. Lo cual obliga a reconocer que a Rufián le asiste la razón en una parte significativa de sus intervenciones, pero la conservaría si se expresara sin incendiar los cortinajes. Cuando sus socios le decepcionan, sacude la muletilla de «Ustedes no son conscientes». Dicho por el inconsciente colectivo.

Estos perfiles, cargados de la mejor intención, deberían arrancar del personaje para desembocar nada menos que en la historia. Examinando los enfrentamientos de Rufián se observa que, al disiparse el humo de la pólvora desperdiciada en salvas, surge la España de 1980. No la tan cacareada de 1936, trasnochada en vestuario y peluquería, sino la previa a 1981 con su 23F a cuestas. La proximidad explosiva no garantiza un golpe de Estado, pero tampoco lo excluye, al margen incluso de la impagable labor disolvente del CNI. Rufián suplicó casi la condición de espiado.

Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso.

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