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Diario de Mallorca

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Juan José Company Orell

Defíname democracia

En Chile a los españoles se les conoce con un apelativo que no transcribiré, pero que deviene de la traducción al latín del sustantivo conejo, pues consideraban en el país andino que los de aquí acudíamos a su pronunciación con inusitada frecuencia. Si eso es así es factible que los chilenos deban variar su otrora ajustada definición, porque ahora existe en nuestros nacionales otra palabra de mucho mayor uso.

No me negarán ustedes que las palabras democracia y demócrata abundan en boca de casi toda la élite social, sobre todo de políticos, pero que también es utilizada en forma no precisamente parca por muchos de los miembros de la sociedad nuestra; el vocablo democracia es aireado generosamente por todo quisque, sin que exista prueba de que esos quisques tengan una noción aséptica, nada personalizada y no solo conveniente de su significado; y es que vamos por la vida autocalificándonos con frescura y facilidad de demócratas al tiempo que somos raudos y diligentes en sustraer tal condición a los que nos caen mal, no nos son simpáticos o a los que no nos bailan el agua. Transitamos por la vida social y política como el chaval inseguro que va por la casa diciendo, repitiendo «soy un niño bueno, soy un niño bueno», tradúzcase por un «yo soy muy demócrata», no sea que le cuelguen la responsabilidad del jarrón roto del pasillo o lo del insultante afeitado del can familiar, pero nos quedamos ahí, sin ir más allá.

Si un viajero interestelar, proveniente de Alfa Centauri, posara su pies en nuestro país, se hallaría ante una población de cuarenta y siete millones de españolitos, de corazón o solo de carnet, que no albergan duda alguna de su acrisolada condición de demócratas pero se llevaría un chasco morrocotudo si seguidamente se propusiera el alienígena el que esos mismos españolitos le definieran su concepto de democracia y sobre todo que le dieran un briefing de cómo funciona esa su particular visión del asunto. A mí particularmente, que a mis años ya me convencen más mis dudas que mis seguridades, me pone la concepción que mantenía el autor de Pigmalión quien, con su habitual sorna irlandesa, consideraba que la democracia es el artilugio que asegura que no vamos a ser gobernados mejor de lo que nos merecemos.

Por eso cuando alguien se autocalifica gratuitamente de demócrata o hace alguna referencia a quienes, según él, están legitimados para ser calificados como tales y quienes no, la pregunta a la que debieran ser sumariamente sometido el postulante es la siguiente: «defina usted democracia, por favor», porque de su respuesta podremos establecer con mayor claridad en qué lugar se halla el cuestionado y que entiende por tal cosa. Qué duda cabe que la respuesta a esa cuestión no es sencilla ni fácil, ni de general convención, tan solo baste pasar lista de los países en los que en su nombre oficial se puede observar lo de democrático, casi siempre acompañado del término república y en cuyas poltronas y adornados con aquellos artificiales ropajes asientan su poder todo tipo de sátrapas, dictadores, criminales y demás angelitos.

Así que ya ven ustedes que lo de enfundarnos en el traje de demócrata, sobre todo cuando el terno nos lo hemos encargado a medida y en la sastrería amiga, no es garantía de mucho y el enigma de su significado no parece tener visos de poder ser objeto de consenso, otro palabro de infinitas variaciones semánticas entre los pobladores de nuestra geografía; por aquí todo paisano se envuelve en aquella denominación, se parapeta en ella pero luego actúa según sus propios intereses, según sus propias apetencias o necesidades del momento y el concepto no es pacífico y no está libre de taras y rasgaduras y es que como indicaba un gran defensor de la cosa, por lo menos sobre el papel, un tal Churchill, el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante estándar; menudo rejonazo del de Oxforshire a la calidad del voto popular.

Así que por ventura sería más apropiado concluir que mejor que pregonar, pregonarnos, de una determinada condición sean nuestros hechos los que acrediten si merecemos o no tal calificativo, porque eso de vivir en democracia es como lo de vivir en pareja, requiere de grandes dosis de respeto, de comprensión por el otro, de paciencia y de una constante labor de mantenimiento, porque de no ser así la cosa degenera y podemos fácilmente caer en la maldición de la que hace ya más de dos milenios advertía Aristóteles, que algo del asunto del que hablamos debía saber: las repúblicas degeneran en democracias y las democracias degeneran en despotismos. Guardémonos pues de esa degeneración que no se evita con la sola, constante y banal mención de la cosa.

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