Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

La navaja de Ockham

Todo empezó una mañana que apareció una polla de buen tamaño y en ángulo obtuso grabada en una de las paredes de mi ascensor. Perdón por lo de ‘polla’. Me consta que es una palabra malsonante. De haber encontrado la misma imagen en un libro de ciencias escribiría ‘pene’, lo juro. De encontrarla en un cuento infantil lo llamaría pito. O mejor aún; de encontrar tal esperpento en un cuento llamaría a la policía. Pero no nos dispersemos… La cuestión es que amaneció el ascensor con una polla que algún desgraciado grabó en la madera empleando algún elemento punzante, acabando con cualquier posibilidad de que algún día me decidiera a sorprender con un selfi de ascensor a mis seguidores de Instagram. Arreglada pero informal. Y con gerundios. Ya no podrá ser.

Por su ubicación y la calidad del dibujo diría que es obra de un adulto con buen pulso y sentido espacial bien desarrollado. Que una cosa es que no me guste y otra desmerecer el talento.

La precisión en el trazo me hace sospechar que no es su primera obra. Lástima que puestos a vandalizar, no sea con flores, por ejemplo. Partituras. Algún verso. Aunque fuera un haiku. Pero no. Una polla, grande y a la altura de los ojos. Ya me he acostumbrado, pero qué impresión al descubrirla por primera vez.

Ni imagino la de viajes que el artista habrá tenido que hacer arriba abajo, abajo arriba, para desarrollar una obra pictórica de tal calibre. La de veces que a mí, un viaje hasta el quinto no me da para acabar de encontrar las llaves en el fondo del bolso. Y como Banksy, sin ser descubierto.

No soy capaz de sospechar de ninguno de mis ilustres vecinos. Esto es como el telediario, cuando se descubre un crimen y un equipo de televisión entrevista a los residentes preguntándoles por el del tercero y todos dicen que qué sorpresa, que era un tipo de lo más normal. Analizo piso a piso, y en esta finca, me reconozco a mí misma como la que tiene más pinta de sospechosa. Seguro que si algún día —Dios no lo quiera— sucede cualquier catástrofe, saldrán en las noticias de la noche mis vecinos señalando sin ápice de duda hacia mi puerta exclamando un «¡Ajajá!».

Pero volvamos a la polla… Sucedió que a la mañana siguiente, a su extrema derecha —esto es: al extremo derecho de un testículo— amaneció grabado Vox. A saber si porque la polla resultaba ser una obra inacabada, si es la firma que utiliza el autor o si alguien ha confundido este ascensor con el congreso y lo utiliza para sus manifestaciones políticas. Pero este edificio se halla en un barrio respetuoso y hasta bastante de izquierdas. Que aquí se pasan por el forro las promesas de libertad de la derecha en pro de la defensa de las libertades de la izquierda. Me consta porque aquí las banderas que cuelgan los balcones son de arcoíris. O hasta alguna pancarta con la cara de Manuela Carmena, ¿cuántos alcaldes pueden presumir de algo así? ¡Si incluso hay un grafiti de la cara de Alberto Garzón al final de la calle acompañada del texto «Melofó»!

Ya ven que descarto totalmente que vox se trate del mensaje de un erudito de latín —vox en latín significa voz—. Lo sopesaría de haber leído un carpe diem (aprovecha el día). Hasta un coitus interruptus (venga, va, esta se la saben), ¿pero, vox? Lo tomé lo mismito a como me habría tomado un PSOE o un Teruel también existe. ¡Esto era ya el acabose! Una de esas ocasiones en que uno sabe lo que tiene que hacer: y me fui a comprar nueces. A los menos ilustrados les explico que los frutos secos frotados ayudan a disimular los arañazos en los muebles de madera. Después se remata la faena untando una mezcla de aceite de oliva y vinagre que puede ser balsámico dependiendo del color de la madera. Pues andaba yo en la labor cuando la voz de una vecina impaciente —y desagradecida— irrumpió reclamando que qué pasaba con el ascensor y no iba yo a gritarle de vuelta que un momentito, que andaba refregando la polla en aliño, así que me marché dejando la tarea a medias. Ya continuaría mi restauración en otro momento. Cuando no haya nadie. De madrugada. O cuando se juegue un Madrid-Barça.

Pero sucedió entonces que, otra mañana, la polla seguía ahí, intacta, pero alguien había grabado sobre las letras de Vox para encriptarlo dentro de un XOXO. ¡Qué habilidad! ¡Qué talento!

Aunque la cosa, de nuevo, da para sacar varias teorías… ‘XOXO’ es desde hace años un habitual de la literatura epistolar anglosajona, donde la X simboliza la forma de los labios cuando besan y la O equivale al círculo que forman unos brazos cuando abrazan. Así pues, xoxo, en el cierre de un mensaje representa —para vagos, eso sí— ‘besos y abrazos’. ¡Este xoxo emularía al primer emoticono de la historia! Esta es mi teoría gramatical, claro. La buena. Luego está el reduccionismo metodológico, o lo que es lo mismo; la navaja de Ockham: «En igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable». Y la más simple es, caramba… que en mi ascensor hay ahora una polla y un xoxo.

@otropostdata

Compartir el artículo

stats