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Diario de Mallorca

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Javier Cuervo

Artículos de broma

Javier Cuervo

Mejor llamarlo espionaje

En 1965 el Superagente 86 enunció el recontraespionaje y avanzó el zapatófono que llevamos encima, que ahora ocupa lo que la suela del tacón y por el que se cuela Pegasus, el programa de espionaje. Después del Superagente 86 sabemos que a todo espionaje le corresponde su contraespionaje. Estamos en el requetecontraespionaje, espiados por doquier, por estamentos públicos, empresas privadas y particulares en las redes sociales y cuestionando que el espionaje se llame, con toda soberbia, inteligencia. Desde el psicólogo Daniel Goleman sabemos que no hay inteligencia sino inteligencias y desde la guerra fría que los ministerios de Defensa no pueden hablar de inteligencia sino de combates de estupideces, por la cantidad de veces que sus sistemas fueron saboteados por sus trabajadores o por las paranoias de sus jefes. La última de estas tonterías es que los gobiernos del mundo confían en Pegasus, un software de espionaje se adueña de la información y de las funciones de los móviles. Lo ha desarrollado una empresa israelí que dice que sólo lo vende a estados y los gobiernos se lo creen. Una demostración de inteligencia nada contrainteligente si no espían a la empresa.

En España, Pegasus podría haber espiado a más de 60 independentistas catalanes, al presidente del gobierno español y a la ministra de Defensa, que hace nada se preguntaba sobre si no había motivos para espiar sin preguntarse si no había motivos para ser espiada. Siempre hay un motivo para usar Nivea, para brindar con los amigos y para pinchar con Pegasus. Lo ve un tonto y lo vieron los gobiernos que pagan por Pegasus para prevenir atentados terroristas, desarticular redes de pedofilia, sexo y tráfico de drogas, localizar a niños desaparecidos, supervivientes atrapados bajo edificios derrumbados y proteger el espacio aéreo contra peligrosos drones, según se anunciaba. Recuerda los vibradores relajantes que se anunciaban en el franquismo para aplicar en el cuello y los hombros de las mujeres y cuya forma fálica hacía ver en seguida donde actuaba mejor su principal utilidad relajante.

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