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Diario de Mallorca

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Albert Soler

Limón & vinagre

Albert Soler

Viktor Orbán, en brazos del populismo maduro

Alos húngaros les gusta Orbán, más vale que llamemos a las cosas por su nombre y nos olvidemos de acusar de no saber votar a quienes no votan lo que nosotros queremos, un mal que se va extendiendo. El de acusar, digo, no el de votar mal, que eso no existe, a menos que alguien introduzca la papeleta en orificio equivocado. Se acusa de votar mal a los votantes de Le Pen, se acusó a los de Trump y del Brexit, y se acusa a los de Vox. Más valdría que, en lugar de cordones sanitarios y rasgado público de vestiduras, el resto de partidos -y de países europeos en el caso de Orbán- se preguntaran qué están haciendo mal ellos. O mejor dicho: qué están haciendo bien, en favor de las opciones populistas.

A los húngaros les gusta Orbán, queda dicho, y por ello el hombre anda ya por su quinto mandato. A los húngaros no les gustan, en cambio, algunas propuestas de Orbán, y por eso las derrotan en las urnas, como el referéndum con el que pretendía legitimar una ley que prohibía, entre otras cosas, hablar de la homosexualidad en las escuelas y limitar esos contenidos en los medios de comunicación. O sea, que los húngaros sí saben votar, por más que diga Occidente. Lo que ocurre es que, a la hora de hacerlo, les importa un comino la opinión de los demás países, cosa que por estos pagos no termina de entenderse.

Orbán debe de considerarse heredero del imperio austrohúngaro, que es una cosa que en mis años de escolar siempre me había intrigado, lo imaginaba un territorio lejano donde todo el mundo iba por la calle con un penacho en la cabeza. Y a caballo, por supuesto, que en aquel imperio que yo conocía solo de oídas, todos iban a caballo, hasta los niños de mi edad para ir al cole, mientras que yo tenía que conformarme con un mísero autobús escolar, quién fuera niño austrohúngaro. Y por supuesto, allí no podía haber homosexuales, la misma palabra austrohúngaro, tan viril, eliminaba esa posibilidad. Así que Orbán, puesto que anexionarse Austria le pareció difícil, quiso acercarse a Austriahungría por la virilidad, o sea, eliminando la homosexualidad. Lo de obligar a todos a ir con penacho en la cabeza, vendrá más tarde.

Los líderes autoritarios pensando que ocultando un hecho, éste deja de existir. Lo hizo Franco con las protestas estudiantiles, y llegó a creer que los jóvenes españoles eran distintos del resto de europeos que en los años sesenta se echaban a la calle. Y lo pretendía hacer Orbán con los homosexuales, creyendo a pies juntillas que, si no se habla de ellos ni en las escuelas ni en la televisión, volverán al redil y a sentirse atraídos por personas de sexo contrario, como todo austrohúngaro que se precie.

No hace falta ser Freud, que no era húngaro aunque sí austríaco, para saber que la homofobia recalcitrante suele ocultar una homosexualidad latente. Líbreme Dios de acusar de tal perversión a hombre tan macho como Orbán, pero haría bien de refrenar sus impulsos prohibitivos, o va a empezar a recibir cartas de amor de muchachos de todo el mundo, cautivados por su hombría.

Uno ve fotos de Orbán cuando era estudiante, y le parece estar ante un actor de la nouvelle vague, una mezcla de Belmondo y Delon. El flequillo y los labios carnosos le auguraban un futuro en brazos de alguna mujer madura -no en vano Stephen Vizinczey, húngaro, cómo no, tituló así su novela más conocida-, antes que en brazos del populismo. Aquel muchacho sensual se difuminó en cuanto entró en política. No sé si el poder corrompe, lo que es seguro es que proporciona quilos, algo malo habían de tener tantas comilonas a cuenta del Estado, de qué Estado, da igual. O tal vez sea que los húngaros ganan kilos a la par que ganan años, no hay más que recordar al húngaro más español de todos los tiempos, Ferenc Puskas, para confirmar tal teoría. Otro gallo le cantaría a Orbán si sus dotes diplomáticas dispusieran de tan solo una décima parte de la habilidad y precisión que tenía Puskas en una de sus piernas. La izquierda, por supuesto.

La UE quiere sancionar a Hungría congelando el envío de fondos comunitarios, a causa de los casos de corrupción y fraude que azotan al país. Según parece, la corrupción y el fraude en Hungría preocupan más a la UE que a los húngaros, que siguen votando a Orbán. La UE es muy suya, y cuando los ciudadanos de un país no saben votar, les muestra cómo deben hacerlo. La mayoría de veces, esas cosas terminan fortaleciendo a quien se halla en el poder, pero no le vamos a pedir a la UE que, encima de enseñar a votar al que no sabe, sepa algo de historia.

De momento, y como respuesta, Orbán se acerca más a la Rusia de Putin, y no sólo le piensa seguir comprando gas y petróleo, sino que además lo va a pagar en rublos. Por nada en especial, sólo por joder.

Viktor Orbán durante su último discurso de campaña electoral en abril de 2022.

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