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Diario de Mallorca

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Demonios en el jardín: políticos y actores

Todos actúan, pero, ciertamente, a algunos les falta presencia, a otros les falta credibilidad

Que los políticos interpreten un papel que roza la ficción o que actúen de cara a la galería no tiene nada de reprochable. Siempre que poseamos las claves de la representación, esa figura de deseo.

En política hay buenos y malos actores. Todos actúan, pero ciertamente a algunos les falta presencia, a otros les falta credibilidad. Hay algunos políticos que resultan buenos actores y entonces se les reprocha eso mismo, que sean más actores que otra cosa.

José María Aznar me llamaba la atención por su involuntaria propensión a quedarse con acentos y tonos ajenos, propiedad de otros políticos. Primero ocurrió con el inimitable acento de su mentor en el Partido Popular, Manuel Fraga. Pero resultó que sí, que lo imitó. Se lo apropió. Luego ocurrió lo mismo con el presidente de EEUU George Bush. Durante su estancia como invitado en el rancho del presidente americano, Aznar habló a los periodistas en un tono ‘american spanish’ como sacado de una mala comedia de turistas despistados. José María Aznar me recordaba a menudo al actor Fred Macmurray, inolvidable actor de Perdición, de Billy Wilder, y de El motín del Caine, entre otras. Pero también me recordaba, irremediablemente, a Lola Gaos. Su tono bronco, antipático, era característico. Ambos, Aznar y Lola Gaos, parecían estar siempre regañando a alguien. La gente lo esperaba, el tono acababa siendo casi familiar.

Felipe González era más bien del tipo Marlon Brando, un actor del método. Felipe se llegaba a creer todo lo que decía, aunque fuera lo contrario de lo que hubiera asegurado poco o mucho tiempo antes. No importaba, tenía un autoconvencimiento apabullante. Lo que más llamaba la atención era la capacidad de concentración y su manera de conservar la calma en cualquier situación. Dotes de gran actor. Por cierto, una vez tuve a Felipe como actor. Fue en un ‘spot’ publicitario sobre Andalucía, producido por Juan Lebrón. Felipe llegó puntualmente al plató y siguió todas las indicaciones sin rechistar. Lo hizo bien a la primera toma y no hubo que repetir.

Felipe González tenía lo que en el método se llama memoria emocional, y eso le servía para que su comunicación con el público fuera «verdadera». También tenía un gran facilidad para la relajación, mientras que sus oponentes solían aparecer tensos, lo que terminaba por ponerles nerviosos y dar impresión de falsedad.

Si hay un actor al que el método le funcionó fue a Marlon Brando. Con el tiempo, Brando engordó mucho y perdió encanto. Felipe también.

El presidente José Luis Rodríguez Zapatero no tenía una buena disposición escénica. Su cuerpo siempre aparecía rígido, los hombros agarrotados y los codos mal colocados. Sus asesores de imagen inventaron aquello de la «ceja de Zapatero». Un reclamo construido sobre la vieja idea de resaltar un aspecto del personaje que le caracterizara, como el bigote de Hitler o el puro de Churchill. Así que sus seguidores debían poner el dedo índice flexionado sobre una ceja para mostrar su identificación política con el líder. Como era de esperar, todo se volvió en contra, y el gesto se ridiculizó hasta la saciedad por los medios de la derecha. De buscar alguna semejanza actoral, se le podía colocar como un émulo menor de Jim Carrey.

Mariano Rajoy siempre apareció como uno de esos secundarios de película que pueden hacer de cualquier cosa: cruzando una calle o haciendo de cartero o, como mucho, en el papel de peluquero. Tienen la ventaja de pasar desapercibidos y servir para otros papeles sin que pesen en la memoria. Robert Bresson, uno de los grandes directores de cine franceses y universales, consideraba que mejor que actores había que utilizar cuerpos anónimos, que prácticamente hicieran los movimientos de un actor pero que no lo fueran. Así los personajes serían «modelos», como los que desfilan por las pasarelas, solo que en el caso del cine lo harían ante la cámara. Robots de carne. Así también nuestros políticos actuales serían más bien ‘performers’, ejecutantes de acciones ante un público a veces fervoroso, a veces descreído, casi siempre distraído. En cualquier caso, actores con poco fundamento. No llegarían, en su caso, a ser buenos actores en tanto que tampoco son grandes políticos.

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