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Matías Vallés

Limón & vinagre | Pablo Iglesias (Exvicepresidente del Gobierno, Politólogo y Periodista)

Matías Vallés

Pablo Iglesias: El egocentrista de izquierdas

El ex ‘número dos’ del Gobierno y antiguo líder de Podemos, Pablo Iglesias, en un acto político en Valladolid el pasado mes de enero. Nacho Gallego / Efe

Pablo Iglesias ha sido la última religión nacional, con sus fieles enardecidos para el asalto a los cielos mientras la otra España intentaba desfigurar al ídolo de escayola a martillazos. El ego del exvicepresidente del Gobierno no cabría en esta página, comparte alineación con Loquillo entre los personajes históricos que hablan siempre montados en su estatua ecuestre. Es el egocentrista de izquierdas o egoizquierdista.

El politólogo Iglesias ha renacido como periodista. Se encuentra a gusto en La base, el podcast especular de Federico Jiménez Losantos desde su concepción. Un conductor omnipotente en posición de última cena que monologa, gesticula, matea, comenta jocosamente cada titular, interpela a sus colaboradores desde la supremacía olímpica:

-¿Tú has estado en el palco del Bernabéu?

-No.

-Yo tampoco. Me han invitado, pero no he ido.

La urgencia por evocar la invitación clasista que abofetea al interlocutor, el olvido de que la sugerencia compromete más que la asistencia. Accedió al club blanqueado.

Iglesias y Federico parece forzado, pero el pasado jueves le propuso a su antagonista que contratara a Margarita Robles para esradio. El fundador de Podemos cometió en La base el error morrocotudo de alinearse con los tiffosi de Putin, ahora llamados pacifistas, bajo el señuelo de que hay mucho nazi en Ucrania. Comprobó que los asaltacielos le seguían con menos fe que en la toma de Ayuso, y tuvo la habilidad de reencauzar su fervor moscovita.

Todo periodista recuerda el momento en que traicionó a su profesión. En mi caso, octubre de 2014, entrevistando a Tania Sánchez:

-Usted ya convive con Pablo Iglesias de Podemos en su propia casa.

-Respeto la opción política de mi compañero. Hay que acostumbrarse a que el hombre y la mujer no compartan el mismo proyecto político, y el mío es previo al de Pablo Iglesias. Di el salto antes que él.

-Solo puede haber un presidente del Gobierno, Iglesias ya se ha propuesto.

-Es legítimo que se proponga. El grupo de Pablo Iglesias son profesores brillantes, que en los debates se muestran muy elaborados y pedagógicos. Sin embargo, hay que aterrizar en cada pueblo de España, y eso no se limita a Madrid y Barcelona. A Podemos les queda demasiado camino para lograrlo.

Debí concluir de inmediato que «esta persona puede acabar por sí misma con Podemos, el futuro pinta mal», pero la ola venía demasiado alta y me asaltó el miedo.

El planeta Iglesias gira con fuerza alrededor de sí mismo. Ha escrito trescientas páginas porque sufrió acoso domiciliario. El libro Verdades a la cara debió titularse Verdades a la carta. En primer lugar, porque remite a una dilatada entrevista para escamotear las memorias, que vendrán más adelante. En segundo, porque este ensayo inmobiliario se centra de modo obsesivo en justificar la elección de su chalé, en el escrache padecido y en la deficiente protección policial. Sin embargo, no contiene ni una palabra sobre el referéndum a que sometió a la militancia de Podemos para que aplaudiera masivamente la residencia de su líder máximo. Curiosa omisión del eje político de la cuestión.

Pablo Iglesias es más inteligente que todos nosotros juntos. Aporrear su ego monumental es una retribución tolerable, pero hay un momento en que derrota a sus críticos. En efecto, desconcierta al dimitir por sorpresa como vicepresidente del Gobierno para perder contra Ayuso, aunque en Verdades a la carta sostenga que el desenganche anímico se produjo años atrás. En España se deja la política por elecciones, nunca por elección. En ese momento, casi se olvida que fue el primer ministro que impuso a su pareja sentimental. O viceversa, que tanto monta.

Algún día se fundará el sindicato de los políticos superdotados, que se aburrieron en cargos superlativos. Iglesias comparte con Tony Blair, Obama o Macron la soberbia convicción de hallarse por encima de su país. Se le debe reprochar a Pedro Sánchez la pretensión de suplantar a Felipe VI, una tentación que ya sufrieron Aznar con Juan Carlos I y Ana Botella con Sofía I.

Ahora bien, Iglesias pretendió ser Rey y presidente del Gobierno a la vez. En cambio, qué gran Jacques Attali áulico hubiera interpretado a las órdenes de un sabio Mitterrand. Porque ideas le sobran, cuando escapan al campo gravitatorio de su ego.

El ex ‘número dos’ del Gobierno y antiguo líder de Podemos, Pablo Iglesias, en un acto político en Valladolid el pasado mes de enero.

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