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Diario de Mallorca

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Jero Díaz Galán

Lluvia fina

Jero Díaz Galán

Periodista

‘Medio jamón’

Hace más de seis años que le di la vuelta al jamón, una expresión muy gráfica que utiliza una amiga mía para visualizar en un ejemplo práctico lo que significa cumplir cincuenta años y ser plenamente consciente de que, aunque hayas tenido la suerte de nacer un país desarrollado y puedas morir muy de viejo, ya te has comido más de la mitad de tu vida.

En versión más glamurosa existe la frase atribuida a Confuncio según la cual «todos tenemos dos vidas y la segunda empieza cuando nos damos cuenta de que tenemos solo una» o la metáfora de la bolsa de caramelos en la que se pone de manifiesto que, normalmente, solo cuando te quedan pocos es cuando empiezas a saborearlos profundamente.

De una forma u otra, lo que cada día tengo más claro es que debo de ser yo y solamente yo la dueña de mi tiempo, de mi presente y de mi futuro, y que para ello es esencial escoger bien mis prioridades, como siempre he hecho pero ahora aún de forma más selectiva, menos complaciente con los demás y más conmigo misma y con los que de verdad me interesan.

Yo, como Meryl Streep, en una reflexión suya que circula por redes sociales, «ya no tengo paciencia ninguna para quien no merece mi paciencia», pero por el contrario estoy dispuesta a ser el santo job con aquellos a los que considero dignos de mi aguante y mi perseverancia.

De igual forma, pienso que a estas alturas de la vida hay personas que se merecen que les perdones todo y otras, están ya tan retratadas, que volver a intentar cualquier acercamiento con ellas simplemente sería una gran estupidez y una reiterada equivocación.

Pienso continuar siendo alguien con criterio propio, pero ya tampoco tengo tan claro que me apetezca defenderlo y perder mi tiempo ante posturas inflexibles y rígidas que lo único que quieren es tener siempre razón y que tú se la des. Conmigo que no cuenten para el pensamiento único, los sermones, la polarización o el adoctrinamiento. Me cansa, me aburre y me agota.

Odio la prepotencia, a los que siempre miran a los demás por encima del hombro; a los que son débiles con los fuertes pero sobre todo fuertes con los débiles; a los mezquinos, a los que no tienen ni un ápice de grandeza de espíritu y siempre están dispuestos a hacer leña del árbol caído y a jalear un linchamiento.

Por ello, de todas las superioridades, la que menos soporto es la superioridad moral, esa que se arrogan algunos -siempre libres de pecado para tirar la primera piedra- a la hora de juzgar y sentenciar a los demás en cualquier ámbito de la vida, dispuestos siempre a repartir carnés de todo tipo, desde el de buen padre, buen hijo, buen trabajador o buen ciudadano.

Dada la vuelta al jamón, «vive y deja vivir» es aún más mi frase de cabecera y ya solo me apetece estar para sumar y no para restar; para que me aporten y no para que me consuman una energía que prefiero reservar y gastar en aquello que realmente me merezca la pena.

Precisamente por eso también me he propuesto decir mucho más te quiero a quien quiero y dejar en el camino el reproche inútil y quisquilloso. Además, ahora, más que nunca, no estoy dispuesta a practicar la hipocresía más allá de la buena educación y la ausencia de conflicto. 

Valoro el humor como la mejor de las terapias y sigo pensando reír por todo y llorar por nada, ya que estoy más abierta que nunca a que se me salten las lágrimas en emociones sinceras de alegría o de quebranto.

En mi medio jamón, no me interesa nada el postureo que nos hace a todos iguales, superficiales, tristes e inseguros, y cada vez me atrae más la autenticidad que te hace único y te da valor aunque te muestres frágil.

Ahora quiero instalarme, sobre todo, en la serenidad y el sosiego, que no tienen nada que ver con el aburrimiento, sino con la paz interior y exterior; me quedo con mis libros, mi música, mis animales y mis viajes; quiero protegerme a mí misma, mimarme, pero no encerrarme, por eso también adquieren en esta etapa de mi vida especial valor sentimientos como la amistad, la solidaridad, la comprensión y el agradecimiento.

Quiero ir a mi paso y con mi luz. No me interesa competir ni correr, ya me obligó la vida bastante a ello en mis primeros cincuenta años. Ofrezco calidad más que cantidad y ya tengo perfectamente asumido que no le puedo gustar a todo el mundo, ni falta alguna que hace.

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