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Diario de Mallorca

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Limón & vinagre | Elon Musk

Jorge Fauró

El hombre de Marte en 280 caracteres

El multimillonario acaba de cerrar un trato con Twitter para comprarla por 44.000 millones de dólares. Patrick Pleul/DPA-EP

Elon Musk (Pretoria, Sudáfrica, 1971) acaba de cerrar un trato con Twitter para hacerse con la compañía por 44.000 millones de dólares. De entre todas las razones que el multimillonario podía haber esgrimido para justificar la operación -sanear la empresa y venderla, multiplicar su fortuna personal, utilizarla en beneficio propio para fomentar la filantropía o bien dominar el mundo, destruir a sus rivales, devolver a Donald Trump al machito, etcétera- el dueño de Tesla se ha escudado en el menos creíble de los argumentos: quiere apuntalar la libertad de expresión y cimentar la democracia. Dado que posee una empresa aeroespacial y su pretensión es colonizar Marte, su exposición es el equivalente a salvar el planeta.

Es mentira. Cualquiera de las razones arriba indicadas habría sido admitida en la rada de tiburones con que habitualmente se codea este emprendedor que debe su fortuna al coche eléctrico (Tesla), las compras y pagos por internet (Ebay y PayPal) y la exploración aeroespacial (SpaceX). Pero el argumento de Musk para explicar la adquisición de la red social del pajarito (ni la más popular ni la más rentable) parte de una premisa falsa: la democracia está, con todos sus vaivenes, consolidada en la mayoría de los mercados en que Twitter es influyente. Además, antes de que la red de microblogging ocupara espacio en nuestros teléfonos ya había libertad de expresión en los países en que tiene su campo de operaciones, básicamente Norteamérica, Europa y las principales democracias latinoamericanas. Y no solo había libertad de expresión antes de Twitter, sino que este derecho fundamental se había logrado a base de mucho sacrificio tiempo antes de que Musk entrara en la lista Forbes o se iniciara en el mundo de los negocios. Basta con echar la vista hacia la década de 1980 para advertir que uno podía decir o escribir lo que le viniera en gana antes de que Windows 95 dominara el mundo y con anterioridad a que Zuckerberg o Bill Gates, Facebook o Instagram censuraran la imagen de madres amamantando a sus hijos porque enseñan el pezón. Desconfiemos, pues, de cualquier miembro de la lista Forbes que se presente ante el mundo para salvarnos a todos. Generalmente, nos salvamos mucho antes o no tendremos remedio, pero, probablemente, no dependerá de Musk.

No están muy claras, por tanto, las razones por la que el multimillonario ha efectuado semejante desembolso en una red que no solo es deficitaria (perdió 221 millones en 2021) sino que muchas otras compañías no han querido comprar al ver comprometida su imagen reputacional. Twitter puede ser tan útil como uno se lo proponga, pero también puede representar a lo largo de muchos momentos del día un estercolero de odio del que huyen tantos millones de personas como nuevos usuarios se sumergen en sus interminables debates, su legión de ofendidos y su incontable caterva de catedráticos de la nada. Nada de esto parece haber detenido a Elon Musk y todavía es pronto para saber qué cambios editoriales introducirá en la plataforma.

Según Forbes, el nuevo propietario es la persona más rica del mundo tras desbancar a Jeff Bezos. Su fortuna se estima en 219.000 millones de dólares (48.000 más que el fundador de Amazon). Catapultado a la cúspide de los megahipermultimillonarios hace apenas dos años (en 2020 ocupaba el puesto 31), este físico y programador sudafricano con nacionalidad canadiense y estadounidense debe su riqueza a la vertiginosa cotización al alza de Tesla, aunque comenzó a amasarla a principios de siglo junto a su hermano, con quien fundó una empresa de financiación en línea que acabó fusionándose para crear PayPal. Ebay compró esta última, y en un intercambio de acciones, Musk acabó como propietario de ambas. La diversificación del negocio le llevó al campo de la inteligencia artificial y a la industria aeroespacial. Su obsesión es buscar vida en otros planetas en un entorno más sostenible y tiene su objetivo fijado en Marte. Por sus declaraciones, podría ser un plano de descarte de 2001, una odisea del espacio: no solo pretende colonizar Marte, sino construir trenes ultrarrápidos en túneles de vacío, integrar la IA en el cerebro humano y poner patas arriba la energía solar y las baterías.

Como tuitero, es de los que se conoce como de gatillo fácil. Usuario habitual de la red, calificó de tonto el miedo al covid y describió el confinamiento como un encarcelamiento forzoso cercano al fascismo. Libertad de expresión. Tiene 8 hijos de varias relaciones y unos antecedentes familiares tan llamativos como su faceta de millonario: su padre, «un ser humano terrible» que rebasa los 70 años, se casó con su hijastra, de 30. «Estábamos solos, éramos dos personas perdidas y una cosa llevó a la otra», declaró Errol Musk al Sunday Times.

Si algún día cumple su sueño y logra llevar Twitter al planeta rojo, los marcianos van a alucinar con la versión española.

El multimillonario acaba de cerrar un trato con Twitter para comprarla por 44.000 millones de dólares.

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