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Diario de Mallorca

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Antonio Papell

Francia: alivio con sombras

Hemos respirado los demócratas con alivio tras conocer los resultados de las elecciones francesas, sin acabar de ver del todo que la extrema derecha, aunque derrotada como estaba previsto, ha conseguido esta vez una cierta victoria moral, de la que deberíamos tomar nota. Una victoria que consiste en haber superado la etapa en que la posibilidad de que llegara al Elíseo un presidente neofascista era simplemente nula, como en las ocasiones anteriores. En 2002, y en segunda vuelta, Chirac obtuvo el 82,21% de los votos por el 17,79 de Jean Marie Le Pen. En las elecciones de 2007 y 2012 compitieron la derecha tradicional y el PS. En las de 2017, el centrista Macron ganó a Marine Le Pen por un abrumador 66,10% frente al 33,90%. Y ahora, la diferencia con que Macron ha ganado a Le Pen ha sido de solo 17 puntos (58,59% frente a 41,46%) con una gran abstención. Quiere decirse que el gobierno de la extrema derecha se ha vuelto verosímil en la política francesa, en la política europea, en uno de los ámbitos de la globalización que Le Pen detesta.

Ahora que se ha alejado el peligro (por apenas cinco años), y a la espera de las legislativas de junio, se corre el riesgo de que la amenaza se minimice y/o se olvide. De hecho, es evidente que en los últimos cinco años ha disminuido de forma importante la sensibilidad frente a la extrema derecha. Se podrá decir, con cierta razón, que la causa de ello es que Marine le Pen ha rebajado considerablemente el grado de radicalidad, y así, por ejemplo, ya no pretende salir de la Unión, aunque mantiene su alineación con los regímenes iliberales polaco y húngaro.

La desviación ideológica de la periferia oriental de la UE se puede abordar con cierta facilidad por la vía ya emprendida de la presión política y económica. Sin embargo, el hecho de que Francia, la segunda potencia de la Unión y uno de los términos del eje principal, junto a Alemania, del club comunitario tendría unas consecuencias mucho más graves. Como han destacado los expertos, se interrumpirían el proceso de integración –la federalización-, la unión financiera y bancaria, la armonización fiscal, el mercado interior y, muy particularmente, la política exterior común, dadas las extrañas concomitancias que le Pen tiene con Moscú, muy inquietantes después del estallido de la guerra de Ucrania. En definitiva, una Europa basada en las ideologías radicales contrarias a la globalización no permitiría la construcción de una Europa de la seguridad y la defensa, un actor esencial en el equilibrio estratégico mundial, autónomo con relación a los Estados Unidos pero vinculado a ellos en el seno de la Alianza. Fracasaría en fin el intento de revisión de la OTAN para que se sustente sobre dos pilares bien sincronizados, el europeo y el norteamericano.

La victoria de Macron, el extremo centro, nos concede un horizonte de tranquilidad pero genera determinadas incógnitas que hay que abordar porque este gobierno equidistante, que podría completar un periodo continuo de diez años, desarbola la idea misma de democracia que se basa en una dialéctica entre dos antagonistas que hacen realidad la idea maestra de que todos los problemas tienen siempre más de una solución posible. La hegemonía de Macron oscurece el diálogo entre la derecha y la izquierda, que son percepciones de idearios todavía vivos en occidente, y cuya competición nos ha permitido avanzar significativamente en la conciliación entre la libertad y la solidaridad. Los economistas modernos han terminado dando la razón a quienes defendían (defendíamos) que la equidad genera productividad, lo que obliga a conciliar en la economía de mercado la competencia descarnada con la lucha por la igualdad.

La política real es casi siempre espontánea, por lo que el mapa de la representación surge misteriosamente de la decisión inorgánica de los ciudadanos. Sin embargo, en Francia hay una tarea pendiente de reconstrucción política que los diferentes sujetos de lo público deberían abordar: se deben reconfigurar, convenientemente modernizados, los modelos socialdemócrata y social liberal, cuya pugna es ante todo un achique de espacios encaminado a reducir, mediante le eficiencia de ese debate, la clientela de los extremos.

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