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Miguel Vicents

Lo que se avecina

En dos meses extrañaremos el distanciamiento social que la pandemia nos regaló y toda la colección de restricciones de las seis olas anteriores; descubriremos, atrapados en el enésimo atasco o en una playa sin espacio físico para extender la toalla, las ventajas comparativas que conllevó la vida en pandemia y el oasis de tranquilidad y mesura que fueron en Mallorca los veranos de 2020 y 2021, con su escudo protector de incertidumbre.

El paréntesis se ha acabado. Bienvenidos a la superlativa temporada turística de 2022 y a todos los excesos que nos esperan en beneficio, dicen, del bien común. También cuando gobierna la izquierda. El objetivo es superar los datos de 2019. Y para garantizar el éxito y la recuperación estos días se vende euforia en grandes dosis: política, empresarial y de los agentes sociales. Y se administra en forma de datos diarios de reservas anticipadas, a cada jornada más llamativas; aperturas hoteleras, aumento de las conexiones aéreas y procesos masivos de contratación de personal. Solo falta echar a los mallorquines para que la fiesta sea completa y no haya elementos discordantes protestando día sí y día también contra el ruido, la saturación de las playas, los atascos en las carreteras, la acumulación de basuras aquí y allá o la coincidencia de tres, cuatro o cinco cruceros en la bahía de Palma. Es necesario, nos dicen, que hoteles, alquiler turístico, empresas de alquiler de embarcaciones, comercios, bares, restaurantes y los chiringuitos de playa se conjuren para el objetivo común de la recuperación económica, aunque sea sin atender ninguna de las peticiones de los nativos, extranjeros durante estas fechas en su propia tierra, el verdadero estorbo para el crecimiento de la primera industria de la isla, siempre con sus inoportunos prejuicios conservacionistas y medioambientales.

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