Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alex Volney

Ni Shakespeare, ni Cervantes

Muchas caídas y recaídas fueron la tónica los últimos años de su vida. 1981. Las fleques, los hornos de Palafrugell desprendían después de la Semana Santa ese dulzor, en el aire, de los seculares bunyols de matafaluga. Mi familia los recibía en la calle Oms bastantes años después que ya no quedase nadie de los nuestros. Llegaban algo endurecidos por lo que tardaba Correos, J. Pla nunca creyó en la eficacia de esta agencia, acompañando el café quedaba todo arreglado. Un lujo.

Esos mismos días y en su decadencia un fraile joven, el padre Marc, obedeciendo órdenes del abat de Poblet, no dejaría a Josep Pla ni un solo momento. Vivió en la clínica todo el tiempo en una habitación contigua. Le hacía la comida y se la daba, la medicación, le ponía las inyecciones, lo lavaba y lo asistía como un enfermero más. El autor d’El Quadern Gris lo había advertido más de una vez, el clero servía para eso, precisamente para llegar donde nadie llega.

Pla había aceptado, finalmente, ir a una clínica que de ninguna manera fuese de Barcelona. Le recomendaron una de Figueres y estuvo unas tres semanas. La clínica de la Santa Creu, «muy buena» según él.

El joven fraile le atendía con una sonrisa en los labios a toda hora, según dicen y han dejado escrito sus íntimos de Camelot. «Un día parece que nos deja y otro día se recupera». Parece ser que el proceso ya no daba marcha atrás acabando el mes de febrero. Casi no podía leer y mucho menos escribir. El mismo autor le confiesa a su cuidador: «El senyor Vergés es quedarà sense l’únic escriptor català que tenia». Cuánta precisión y puntería pasados los decenios.

Está fatal pero entra y sale. Incluso a cobrar la leche de las vacas del mas. Del Motel a la clínica. El doctor Vila aseguraba que lo habían puesto en orden en la medida que se deja un hombre de 84 años que ya no escucha a nadie. Cada día la vista más débil y en todos los aspectos la bajada se iba acentuando. «És al mas on he de morir» comunicó al amigo Martinell que hizo de chófer paciente, no confundir, para nada, con el padre del matarife del bestseller.

Vergés, escritor y editor suyo, le visitaba a diario con su hijo Pere. Era una amistad real, como pocas. La relación ideal, utópica hoy, que puede llegar a desarrollar un autor con aquel que hace llegar su obra al gran público. Una amistad respetuosa y sincera y que surgió en el momento y el lugar más adecuados. Le lía los últimos cigarrillos, le acerca unas cucharadas de confitura de manzana. La botella de whisky preside la camilla, estática, abandonada definitivamente. Los brazos ya son escuálidos. Padre e hijo cuando marchan lo hacen desolados, testigos de un proceso ya imparable.

El 22 de abril de 1981 Maria Pla, su hermana, llama a Vergés. Congestión y pérdida del habla. Vuelve a salir corriendo el editor. Josep Pla quiere decir algo pero ya no puede. Le estrecha la mano. Su amigo califica a los médicos. A uno de tontaina y al otro de socialista bohemio. Saldrán por la tele y por la radio. El show había comenzado. El abat de Poblet le dio la extremaunción. Pla lo había dicho al camarero del Motel: «aquest any es parlarà de la mort del senyor Pla». Cumple con su palabra con puntualidad.

Es el 23 de abril de 1981. El día del libro. El día de Sant Jordi. Llueve en Palafrugell y parte del país. A las diez de la mañana Josep Pla Casadevall muere. Ni Shakespeare, ni Cervantes, quien muere el 23 de abril es el autor catalán más importante del s.XX. Merecedor de un premio Nobel que da risa y miedo el día que lo lleguen a conceder a un autor en esta lengua y no analicen muy bien la situación.

Al mas Pla llegan Tarradellas y también Pujol. Desfilada de autoridades y amigos. Coronas de flores con las cuatro barras. Unos pocos desaprensivos que, sí, han pasado sin pena ni gloria por la historia de la literatura, siguen su guerra contra Pla. Teresa Pàmies lo califica de «clima permanent de guerra civil» en el mismo cementerio donde asoman muchos que participaron del linchamiento. El editor se pregunta: ¿dónde están todos aquellos famosos escritores y periodistas que Pla protegió y ayudó siempre? Casi todos los catalanes afectados por la buena literatura coinciden en el sincero reconocimiento, el resto han perdido la batalla. De estos últimos no pocos se pusieron tarde y cuando intentan manipular canta mucho que no lo han leído detenidamente.

En el pequeño cementerio de Llofriu se cita a Leopardi y el padre Maur Esteva hará retronar su voz. En la homilía del 24 de abril, en Sant Martí de Palafrugell pasa lo impensable: es un cura quien despliega el mayor reconocimiento y conocimiento de su obra literaria, más que aquellos plumíferos que siempre atacan sin documentar, hablan sin haber vivido y tan poco sentido del ridículo albergan.

Josep Pla sereno, un rato después de recibir la unción de los enfermos hizo el primer cigarro, pasados algunos días de no haberle apetecido para nada y acabó diciendo: «Fumo perquè estic content per tot això que avui han fet vostès aquí». Refiriéndose a los monjes y al propio Maur Esteva que los lideraba. Las puertas del cielo (literario) se habían abierto.

En el cementerio, Josep M. Castellet, indignado, gritaba que se había amnistiado (hasta la vergüenza) a todo el mundo, a todos menos al autor de Palafrugell. Único y universal. Irrepetible. Una abubilla, lejana, en su canto apuntalaba:

Ni Shakespeare, ni Cervantes. Josep Pla, muere el 23 de abril de 1981.

Compartir el artículo

stats