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José Carlos Llop

También de Mallorca

Con dos semanas de diferencia han muerto en Madrid el editor Mario Muchnik –tenía 91 años– y el crítico literario Javier Goñi –tenía 69–. Ambos fueron importantes en mi vida y ambos tuvieron relación con la isla. Las dos últimas veces que Mario visitó Mallorca fueron durante la semana de renovación de los Encuentros y Premios Formentor –bajo el auspicio de Simón Pedro Barceló y con Basilio Baltasar a los mandos– y un par de años después, cuando presentamos juntos uno de los volúmenes de sus memorias de editor en Palma.

La última vez que vino Javier Goñi a Mallorca fue en junio del año pasado para las deliberaciones del Premio Juan March Cencillo de Novela Breve –patrocinado por la Fundación Bartolomé March– de cuyo jurado formaba parte desde 2004. Los últimos años venía o no, según su estado; cuando la enfermedad o su tratamiento se lo impedían, deliberábamos por teléfono con él, siempre tras el filtro de su fino sentido del humor, que no le abandonó en ningún momento. El pasado verano interpreté su venida a Mallorca como una posibilidad intuitiva de despedida. Pero todos –Manuel Borrás, Fernado Corugedo, José Luis de Juan y yo– celebramos su compañía como una recuperación: no deseábamos otra cosa y tampoco parecía que el final estuviese tan cerca. Su voz, al opinar sobre ésta o aquella otra novela, seguía siendo pausada, certera y enriquecedora en sus digresiones literarias. El humor, tranquilo y sin estridencias, a punto siempre. Y tenía una manera de estar y de mirar o preguntar que lo hacía especialmente atractivo para las mujeres.

A Mario Muchnik lo conocí a los pocos meses de acabar Pasaporte diplomático, mi primer libro de relatos, allá por 1989. Recuerdo una entusiasta llamada telefónica y una cita en su despacho de la barcelonesa Vía Augusta. Recuerdo que hablaba sin parar del libro y que todo lo que dijo era bueno. Recuerdo su mirada, observándome detrás de las gafas como si las gafas fueran el objetivo de aquella Leica con la que fotografiaba a sus autores. Pero todavía era pronto para la fotografía. Muchnik requería tiempo y no fotografiaba a todo el mundo. Al cabo de un año recibí en mi casa el primer ejemplar de mi libro con una preciosa ilustración de un cuadro de Vuillard que yo había elegido para su cubierta. Con el tiempo me publicaría tres libros más: otro de relatos y mis dos primeras novelas: El informe Stein y La cámara de ámbar. Que el editor de Bruce Chatwin y de Canetti o Isaiah Berlin publicara mis libros de narrativa fue para mí la mejor crítica que haya recibido y uno de los mejores regalos de mi vida de escritor. Años después, cuando Mario y yo ya no estábamos juntos llegó la foto, minutos antes de que le presentara en una librería palmesana que ya no existe, el segundo tomo de sus Memorias de editor. Y ese retrato que guardo en una carpeta y se expuso en París hace cuatro años entre imágenes de sus grandes autores, es el último testimonio del paso de Mario por la isla.

Pero antes he escrito mi mejor crítica y ahí –ligado a las ediciones de Muchnik– estuvo también Javier Goñi: la de El informe Stein –publicada en Babelia– provocó una segunda edición casi inmediata: entonces los suplementos literarios tenía un peso del que la mayoría carece ahora. Y algo parecido ocurrió con los dos siguientes libros, aunque esto –que la tuvo entonces– no tenga importancia ahora, frente a la desaparición de Goñi. Javier pertenecía a la Asociación de Críticos Literarios de España y era miembro permanente del jurado del Premio Nacional de la Crítica. Durante más de treinta años fue también director del gabinete de Prensa de la Fundación Juan March: de su impecable labor queda constancia en la presencia en los medios de las actividades de la Fundación en Madrid, Cuenca o Palma (los periodistas locales saben de su cordialidad y eficacia). De los premios de La Crítica su trabajo, lúcido y minucioso en la búsqueda y defensa de obras que no siempre tenían detrás una editorial potente o una apuesta grande de lanzamiento. En ese espacio vacío estaba la atenta lectura de Javier Goñi y su capacidad de convencimiento. De familia de origen navarro, Baroja siempre estuvo detrás y con Baroja su sólido entronque con la narrativa española de finales del XIX y primera mitad del XX, que lo proyectaban después hasta la contemporaneidad, tan rara ahora.

Tanto Mario como Javier eran personas vitales. Entusiasta el editor, reflexivo el crítico. Ese entusiasmo de Muchnik fue y es una lección de vida –nunca se rindió y eso que acumuló derrotas– y ha de permanecer siempre, pero llega un momento en que los amigos de tu generación –y aquí ya paso a Javier– te legan una enseñanza que nunca has buscado ni sospechado, años atrás, que tendría lugar algún día. Unos te enseñan a morir –y te queda la duda de si sabrás estar a su altura– y otros a sobrellevar la enfermedad o ambas cosas en una. La dignidad y la entereza de Javier Goñi frente al cáncer no ha sido nueva para mí –la he vivido en otros amigos–, pero ha sido y es y ha de ser también a la par que su amor inagotable por la literatura, buscando al final de su vida libros con la letra más grande y usando la lupa o las letras de cuerpo enorme en el ordenador para continuar siendo quien era. Y la alegría resignada al otro lado del teléfono, ahora con otro número más en silencio para siempre.

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