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Jose Jaume

Desde el siglo XX

José Jaume

Y a todo eso, el Borbón sigue sin que su hijo le permita volver

Después de que la claudicación en el cumplimiento del deber protagonizado por la Fiscalía diera respiro a Juan Carlos, un juez de Londres vuelve a asfixiarlo

Juan Carlos y Felipe VI. REUTERS

E l jefe del Estado español ha estado en Londres para asistir al funeral por el duque de Edimburgo, Felipe, marido de la longeva, tenida casi por inmortal, Isabel, la monarca británica que ha sido capaz de batir el registro de permanencia en el cargo de su tatarabuela, Victoria, ancestro común de las monarquías británica y española. Felipe VI ha viajado a Gran Bretaña cuando un magistrado londinense, en ejercicio de independencia judicial que en España no existe y tampoco se la aguarda para casos concretos, como el que nos ocupa, ha puesto a Juan Carlo de Borbón y Borbón a los pies de los caballos. La querella de su examante, Corinna, se abre paso situando al padre del Rey de España, el mal llamado «rey emérito», absurda denominación para quien dejó de sentarse en el trono al ser obligado a las bravas a abdicar, asunto sobre el que Felipe González puede contar cómo se llevó a cabo la operación derribo, en tesitura harto complicada. La decisión del independiente juez ha dado al traste con el plan diseñado en Zarzuela para promover el retorno del padre a territorio español, aunque puntualmente, para visitas de cumplido, porque su domicilio fiscal en los Emiratos del Golfo Pérsico es conveniente para soslayar digamos situaciones desagradables, extemporáneas, en opinión de los recalcitrantes monárquicos españoles, imposibilitados de atisbar la realidad más allá de sus narices.

No decae la actual situación del Borbón enviado al exilio: su hijo no le permite regresar a España. No puede hacerlo. Su presencia desencadenaría nueva crisis no solo reputacional para la Monarquía, sino que probablemente cebaría la institucional, siempre asomando en lontananza, alimentando la pulsión republicana, que se deseará que no exista, pero que pervive agazapada en las Españas desde que Juan Carlos accedió a la jefatura del Estado por designio del dictador Franco.

Las tribulaciones de la Corona no cejan, Felipe VI en Londres tiene algo del caballero de la triste figura

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La Fiscalía ha exonerado al anterior jefe del Estado, eufemismo con el que se hace referencia tanto a Juan Carlos como al dictador, pero sacándole los colores a su desvergüenza, puesto que todavía se aguarda algún regio pronunciamiento que contenga atisbo de arrepentimiento por el inmenso destrozo causado a los suyos y, de paso, a la institucionalidad plasmada en la Constitución de 1978. Lo máximo que se ha visto fue la sonrojante jeremiada de «lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder». No ha sucedido porque se le borboneó con similares medios a los que él utilizó para desembarazarse de Adolfo Suárez y antes de su padre, Juan, al que dejó en la estacada conchavándose con el general Franco. Ya se sabe que para la familia Borbón el amor filial pasa a segundo plano cuando de subir al trono se trata: Fernando VII se ciscó en su padre Carlos IV; Alfonso XII en su madre Isabel II y así sucesivamente. No hay piedad en tal peculiar familia cuando se dirimen ciertas cuitas.

Y en eso estamos, con guerra en suelo europeo, por primera vez desde 1945; la de los Balcanes de la década de los 90 del pasado siglo fue contienda civil, solucionada, por cierto, por los Estados Unidos, recordatorio conveniente para los antiamericanos de ayer, hoy y mañana. Con descomunal descalabro económico, otro, y con un Gobierno que sobrevive a situaciones explosivas, potencialmente letales. Pedro Sánchez, al que se vitupera a diario, exhibe no solo resistencia, sino capacidad de situar a España, por una vez, en el lado correcto de la historia. Ausente de dos guerras mundiales, y así nos fue, para en el presente marasmo estar a pie firme con la UE y la OTAN, sin pretender desairar a los grandes de este mundo: EE UU. La cabronada del Sahara, inevitable. Lo acordado en Bruselas éxito indiscutible. Sucede todo mientras el Borbón anda entre tribulaciones ganadas con avaricia, sobradas de soberbia, y su hijo, el correcto caballero de la triste figura, asiste al funeral del Estado en el mismo Londres que las propicia, dado que un juez cumple con las obligaciones que la Fiscalía española soslaya conformándose con recordatorios a beneficio de inventario.

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