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Diario de Mallorca

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José Carlos Llop

De la Napolitana a los ‘sospiros’

De la Napolitana a los ‘sospiros’.

Poco antes de entrar en el euro, algunos comercios colocaron una etiqueta junto a sus productos avisando de lo que iban a costar a partir de la moneda única europea. Muy de vez en cuando compraba entonces alguna napolitana y por esas fechas la napolitana de marras amenazaba con subir casi 40 pesetas a partir del 1 de enero. Escribí un artículo en estas mismas páginas titulado, precisamente, La napolitana, y en él auguraba la burrada que se nos echaba encima por todos los flancos. Una burrada gratuita –la del redondeo al alza o muy al alza– que nos perjudicaba a todos (recuerdo que un periódico, por ejemplo, pasó de costar 135 pesetas a costar 1 euro –o sea, más de 30 pesetas más caro) y no dejaría de perjudicarnos y así está Mallorca de carísima. Este perjuicio intentó camuflarse con discursos sobre un supuesto enriquecimiento de cualquier propiedad que poseyéramos –como si enriquecimiento e inflación fueran sinónimos– y con el factor olvido –éste sí, efectivo– que despierta las risas de todos cuando uno se refiere a algo en pesetas para subrayar la exageración o el despropósito de los precios. Pero no voy a ir por ahí porque soy lego en economía, más allá de la casera o familiar, en la que tampoco, la verdad, soy especialmente ducho.

Desde la crisis económica que estalló en 2008 nos pasa a todos lo que decía un conocido mío de la vejez: ‘todos los días sin una sola noticia buena’. Desde que empezó esa crisis, pocas noticias buenas que vengan del exterior tenemos. Ahora todo va a subir o ha subido ya y esto no es nuevo porque llevamos años que no para de hacerlo. Lo nuevo es que ha subido una barbaridad, súbito, súbito. La guerra ha sido una excusa perfecta para hacer caja antes de que llegaran los productos que iban a encarecerse tanto: los que ya se tenían en stock –desde piensos a combustibles y alimentación– subieron el mismo día que Putin puso su zarpa sobre Ucrania. Sin tiempo para subir ya estaban subiendo; sin tiempo para concienciarnos ya lo estábamos pagando. ¿Ya había llegado el grano, la harina, el gas o lo que fuera? No señor: lo que ya teníamos en casa lo subíamos de precio y así ganábamos unos euros imprevistos, que nunca vienen mal. Esto ha sido así y lo de la napolitana –que al fin y al cabo era un capricho– me temo que va a ser de risa –o mejor, de llanto– en comparación con lo de ahora, donde el pan, la leche y otros no son capricho alguno.

Vayamos al cuaderno de campo. El lunes pasado me paré en un comercio de los que han prosperado en la isla a partir de la pandemia –esto no es crítica, sino alabanza a su buena estrategia comercial– a comprar una bolsa de ‘sospiros’, un dulce que me gusta mucho y mientras las muelas aguanten lo disfrutaré. O pensaba disfrutarlo. Estaba yo relamiéndome mentalmente al imaginar la cena donde me premiaría con uno –o dos– ‘sospiros’, cuando oí el precio de la bolsa. Miré los números digitales de la caja por si había un error: tenía que haberlo. Pero aquellas cifras encendidas confirmaban lo que había oído. La subida era de un euro sobre lo que la semana pasada costaba cuatro y ya era un capricho. 1 euro, así por la cara, ¼ parte más de su precio anterior. Protesté; con cierto humor a lo Castafiore –qué barbaridad, que deshonra, que disparate, ¡cielos, mis sospiros!…–, pero protesté y rápidamente escuché la cantinela eterna: ‘nos han subido la harina, nos han subido el azúcar…’ Sí, todo menos los sueldos, pensé como lo pienso hace años, pero no lo dije. La que me repetía la cantinela del ‘nos han subido…’ era una empleada, por mucho plural mayestático que usara y no era yo quién para hablarle de sueldos.

En cambio sí advertí tan solemne como Máximo a sus tropas en los bosques de Germania, o Séneca en su bañera, o Constantinopla ante el asedio del sultán Mehmed: ‘pues contemplen esta bolsa que compro y estos denarios que deposito en su alcancía, porque ésta va a ser la última vez que lo hago’. Adiós ‘sospiros’, adiós. Como desde el euro no pruebo una napolitana, quizá pueda mantener mi promesa, y si digo quizá es porque los años nos vuelven más ‘llépols’ y la prueba va a ser más difícil. Pero en algún punto –y no sólo en los carburantes– hay que decir basta. Y siempre queda –youtube al canto– la posibilidad de aprender a hacerlos en casa.

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