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Diario de Mallorca

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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

El mundo se derrumba y nosotrosnos enamoramos

Rick Blaine e Ilsa Bund se reencontrarán en Casablanca a la sombra de un piano en el Rick’s Café, pero se conocieron dos años antes en París, en aquellos tiempos convulsos que auguraban la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial:

—¿Qué demonios están diciendo?— preguntaba Rick.

—Es la Gestapo. Dice que esperan entrar en París mañana. Instruye cómo actuar cuando las tropas entren. —Respondía ella.— El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos…

—Sí, es un mal momento, ¿verdad? ¿Qué hacías hace diez años?

—¿Hace diez años…? Te lo diré: me habían puesto un alambre en los dientes.

Me cuesta utilizar el privilegio de una página de periódico para escribir trivialidades mientras el mundo se derrumba, lo reconozco. Lo mismo que me cuesta ver que se juntan semanas escribiendo tragedias. Esa es la particular y pequeña guerra que libro por dentro. Como ya les adelantaba: trivialidades. Porque por supuesto soy consciente de que quienes podemos, también nos debemos una tregua. Es solo que me cuesta, ¡cuánto me cuesta…!

Sin embargo, cerrados los periódicos y abiertos los bares, me encuentro con mis amigos; nos juntamos a la puerta de un teatro, a la entrada de un concierto o alrededor de una tortilla y la guerra ni se menciona. Ya no hay covid. Aquí y ahora no afecta el precio de la electricidad o la gasolina y todos tenemos aceite o yogur en la nevera. Mientras, por el rabillo del ojo nos vigilamos por si acaso a alguno se le asoman las guerras que todos llevamos dentro… Nada. Calladas lo que dura el brindis por el próximo viaje que haremos, pronto, seguro, esta vez sí… Cuando ‘todo esto’ pase. Y juntos cruzamos los dedos.

Y algunos, los más valientes, siguen jugando al amor mientras el mundo se derrumba. Porque de todos es sabido, del amor hay que hablar menos y hacerlo mucho más y en este variopinto grupo de mediana edad (no confundir con del medievo), todos o casi todos están divorciados porque algo salió muy mal en esta generación X. Como si la X fuera una incógnita que no podemos resolver solos, pero tampoco seamos capaces, caramba, de despejarla acompañados. Para siempre no resultó promesa, sino excepción. Los matrimonios en vez de para siempre deberían ser legislaturas; no para extinguirlos a los cuatro años, sino para darnos la oportunidad, allá por el tercero, de entrar de nuevo en campaña para acabar alguna vez en la bancada de la oposición, seguro. Otras, revalidando la confianza del electorado, y de paso, nuestro compromiso. Renovar votos y ganas que es lo mismo que saber, ambos, que estamos donde debemos.

¡Pero miren a mis amigos! Quien le entra a todo lo que se mueve y quien se va con todo lo que le entre; quien se enamora perdidamente cada día cinco para descubrir que tampoco era allá por el veintipico; quien acaba volviendo con su ex-futuro-ex tras comprobar despavorido que el universo de solteros no tiene la chispa que aparentaba desde el aburrimiento de dos cepillos de dientes gastados en un vaso compartido. Y a la sombra del piano, el lustre de estas parejas frescas e incipientes retransmitiéndose con fervor cada detalle del día a día: «entro en la reunión, deséame suerte», «salgo del ginecólogo, todo en su sitio», «voy al súper, ¿necesitas algo?». Y yo que los conozco y quiero, experimento a partes iguales la admiración y el vértigo. ¡Porque claro que creo en el amor, como en las brujas! Pero para ellos, todo para ellos. Quien no se haya casado y divorciado —y casado y divorciado—, que tire la primera piedra. Quien no haya caído perdidamente enamorado, aunque fuera en el Pleistoceno. ¿Pero ahora? Les hablaría maravillas de la cocina para uno y que lo que sobra lo congelo; de la suerte de no negociar con nadie la ventanilla en ningún vuelo; de las habitaciones individuales pero con vistas; del garbo y equilibrio con que se pasea una media naranja tan completa.

¿Han tirado alguna vez un balón medicinal de esos que pesan tres kilos? Después, con las manos ya entumecidas y el brazo duro como una roca, al lanzar el balón de verdad ¡vuela! Cruza la grada, la ciudad… llega al cielo.

A saber cuánto tendrá de triste o sano, de duelo y de egoísmo, pero esa es la sensación exacta que tuve en cada divorcio: que sola se vivía más ligero…

Y sin embargo, ahora que el mundo se derrumba, a pesar de todo lo innombrable porque toca pausa, brindis o cantar a coro el estribillo… sucede que a veces, justo antes de quitarle el volumen al televisor o cerrar el periódico, que siento un impulso. Casi casi… un anhelo. Me descubro mirando el móvil y por un instante pienso que estaría bien tener a quien escribirle algo del tipo: «Acaban de bombardear un hospital en Mariúpol. ¿Necesitas algo del súper?», como resumen de todo. De la vida.

@otropostdata

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