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José Carlos Llop

¿Qué hacemos con Pau Riba?

Hace pocas semanas fue Toni Miró; ésta ha sido Pau Riba. Ellos eran la Barcelona que nos recibió, recién entrados los años 70, y ahora desaparecen. Uno a los 74; el otro a los 73. Si les colocamos un 19 delante, esas fueron las fechas de nuestro desembarco en la entonces llamada ciudad condal. Ninguno ha llegado a viejo, pero si en principio no hace gracia morirse, menos ha de hacerla sin haber cruzado los 80 años. Primero desapareció aquella Barcelona –‘Zeleste’ de la calle Plateria como buque insignia–, laminada por una deriva política que en vez de buscar el equilibrio ha primado el voluntarismo de las ideas anquilosadas sobre el desarrollo natural de una sociedad, y la merma de lo urbano para que no moleste. Poco a poco van desapareciendo también sus personajes y quienes lo cuentan en los medios –por una cuestión de edad– no estaban entonces y ahora yerran el tiro o no saben, o son hijos subvencionados de ese voluntarismo que tanto ha deformado las cosas, incluso hacia atrás.

Cuando Pau Riba anunció que padecía cáncer de páncreas –no entendí esa publicidad a lo personaje de Lecturas en alguien como él– lo hicieron mallorquín por haber nacido en la isla, cuando de decir una isla él habría dicho Formentera –donde vivió– al ser, la de su época, un territorio fuera del mundo y las nacionalidades. Pau Riba sólo nació en Mallorca porque sus padres estaban de paso en ella y la naturaleza suele cumplir sus plazos, pero esa mallorquinidad súbita y postiza al dar la noticia de su enfermedad, puede servirnos de metáfora para observar, una vez más, la impostura de la cultura oficial.

Pau Riba no perteneció, ni pertenecía, a la cultura oficial, ni a la cultura progre –otra forma de oficialidad–, ni a la cultura catalanista militante, ni a la otra, que no se acepta y agita como fantasma. Había sido rechazado por Els Setze Jutges y escribo esto escuchando las irreverentes Rosa d’abril o su versión de Noia de porcel·lana. Escuchen su electroccid àccid alquimístic xoc –magnífica Es fa llarg es fa llarg esperar– o las letras todas, entre la poesía y el cachondeo, de Dioptria y decidan donde cabe Pau Riba. El nieto de Carles Riba con ese aspecto entre Frank Zappa y Ian Anderson no pertenecía más que a sí mismo y a esa forma de entender la vida que fue la contracultura, el hipismo, la isla de Wight, Formentera, la naturaleza, La Floresta, Zeleste y la parte de Canet-Rock sin banderas. O sea, más ‘Grateful Dead’ que Els segadors.

Él y Jaume Sisa nos enseñaron lo que buscábamos. Eran hombres libres y siguen siéndolo. Ambos nos abrieron la mente, nos regalaron alegría y una música que sí era de nuestro tiempo y que sí era nuestra música y que era en catalán. ¿Hay quien dé más? No la Catalunya oficial, desde luego (del resto de España ni hablemos: a Pau Riba no lo entendieron nunca). Entonces, ¿qué? Imagino las preguntas en un despacho de la plaça de Sant Jaume: ‘Es mor i què diem? Com dir sense dir res? Com mostrar respecte a qui no ens va respectar? De qui era el Riba aquest, grenyut i brut, perque molt nostre no era, no?’. En fin: ¿dónde colocar al nieto del gran poeta totémico? Y ahí entrará, es cuestión de poco tiempo, la labor de los embalsamadores: cuando la cultura se hace política los voluntarios abundan y Sinhué el egipcio se queda corto. Hasta los enemigos se convierten en amigos íntimos, una vez han muerto, en pro de la causa.

Crecido y educado, por vía paterna Riba y por vía materna Romeva, en el seno de la cultura catalana más alta, sabía que catalanismo e izquierda y catalanismo y modernidad no eran, necesariamente, sinónimos, como tantos creían y aún creen, o así justifican su pendant reaccionario. De ahí que hablara, años atrás, de destruir la cultureta y otras boutades por el estilo, con regodeo psicodélico. Existe una entrevista –años 70– en la estación no me acuerdo si de Sant Cugat, o de La Floresta donde se explaya a gusto al respecto y retrata el origen de lo que hemos vivido después, pero la normalidad de la libertad de opinión se ha convertido en estos últimos años en anatema. Mal bicho el que piense diferente. Se conservaba en youtube –la vi hace años–, he vuelto a buscarla –él deambulando por el andén mientras habla– y curiosamente, no la he encontrado. Para resarcirme, he escuchado Formentera Lady, de King Crimson.

En su funeral –Jaume Sisa cantando El Seté Cel: lo cerró con un ‘Visca el Pau!’ y tras el eco de un gran ‘Visca!’ acabaron bailando alrededor del sencillo ataúd de Riba– se encontraban, como pulpos en un garaje y paralizados en su fila de asientos, el president de La Generalitat de traje y corbata y la alcaldesa de Barcelona con mascarilla étnica (aquí no se puso la de los colores de la bandera republicana). En fin… Puede entenderse que estuvieran, pero nada que rascar, créanme. El poder político ya se había lucido suficiente al despedirlo con esas faenas de aliño en las que cada palabra es una incomodidad en los labios: ‘personaje realmente iconoclasta… su contribución al arte desde la crítica al poder’ (Pere Aragonés, qué cosas); ‘siempre recordaremos su música’ (Salvador Illa: ¿de verdad la recuerda señor Illa? ¿cuándo la escucha?); ‘trayectoria transgresora’ (Miquel Iceta; ¿cuántos años arrastrando el término transgresión como si fuera por sí mismo un valor artístico?) y así todo. A eso se le llama institucionalizar al heterodoxo: siempre hay que morirse el último para impedirlo, pero es imposible si el río baja revuelto y los pescadores son legión.

Cuando apareció el grupo Pastora, me quedé encantado con su disco La vida moderna, en especial con la canción que da nombre al cd y con No me llames Dolores, llámame Lola cuyo desenfado es simpatiquísimo pero, sobre todo, con la titulada Desolado, que es una canción muy triste y maravillosa que tarareo a veces por la calle. Aunque todavía me gustó más, saber que los músicos que formaban Pastora eran hijos de Pau Riba, aquellos niños que él ayudó a nacer en una Formentera sin luz eléctrica, entre chumberas, sabinas y pescado secado al sol. El paisaje de la infancia que sale, con los años, por la boca. De la boca de su padre, Pau Riba, salió parte de nuestra ya inexistente juventud y siempre, siempre, le hemos de estar agradecidos.

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