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Carles Francino

Carles Francino

Periodista

Palabra de Oriol

No he vivido la experiencia, pero pasar por la cárcel forzosamente ha de dejar huella; sobre todo si te consideras víctima de una injusticia. Lo que no acepto es que esa condición le otorgue a nadie patente de corso para mear fuera del tiesto. He dejado pasar unos días porque los argumentos reposados suelen tener más consistencia; y no es que pretenda tener razón, pero me parecen impresentables -e incomprensibles- las palabras de Oriol Junqueras sugiriendo paralelismos entre la invasión rusa de Ucrania y lo que España estaría haciendo con Catalunya. Yo creía que en el universo mágico del independentismo existían categorías distintas, unas más sensatas que otras, pero a veces me cuesta diferenciarlas. Tampoco logro entender qué aporta a la causa el hecho de que Pere Aragonès no asista a las reuniones de presidentes autonómicos; no veo los beneficios de esa insistencia en reivindicar un trato diferencial con el Estado, ninguneando al resto de mandatarios. Y a los ciudadanos a los que representan, claro.

Los promotores del procés -algunos, no todos- admiten como un error la falta de pedagogía en el resto de España; vale, pues no creo que sea necesaria ninguna encuesta para conocer la opinión de un andaluz, un extremeño o un murciano ante tamaño desplante institucional. Porque huele a desprecio. Con todo, y siendo generosos, esto podría interpretarse en clave de estrategia política. Las palabras de Junqueras, no. Sobre todo porque él no es ningún indocumentado al que se le caliente la boca en el fragor de una discusión. A Junqueras le visité una noche de Navidad cuando él estaba entre rejas; lo cuento ahora y aún tengo grabado cómo me impresionó su entereza. Yo no comulgaba -ni comulgo- con sus ideas sobre el procés y así se lo dije, pero me parecía -y me sigue pareciendo- lamentable que estuviera preso; así se lo transmití también. Recuerdo que salí de la prisión apenado por todo lo que ocurría, pero pensando que ese hombre no había perdido ni un ápice de sus convicciones. Espero -y deseo- que la libertad recuperada no le haya hecho perder la razón.

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