Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Jenn Díaz

Jenn Díaz

Escritora

Casa compartida

Somos muchas las que hemos crecido reflejándonos en la habitación propia de Virginia Woolf. Buscando aquel rincón para dedicarnos a nuestros libros, nuestras fantasías, nuestros sueños. Aquel rincón que nos permitía ser nosotras mismas, o inventarnos una nueva cada día. Un espacio propio, íntimo, privado. La habitación propia era un tipo de espacio donde llegar. Era más importante llegar, mantenerlo, que lo que hicieras después. Podía ser, la habitación propia, muy pequeña. No valía gran cosa, solo la seguridad de que aquel espacio existía, de que podías acceder. Personalmente, la investigación del cuarto que la Woolf dijo que era imprescindible para una mujer que quería escribir se convirtió en un reto. En todas las casas donde he vivido, que han sido unas cuantas, la buscaba: un rincón, un escritorio. Cualquier cosa me servía para considerarla. A veces, mi cuarto propio ha sido mi ordenador, una habitación itinerante, nómada, con capacidad de adaptación. Pero siempre la he encontrado y nunca más he olvidado las palabras de Virginia Woolf.

Hacía un tiempo, en cambio, que añoraba la casa compartida. Una casa donde también tengo libros, fantasías y sueños. Una mesa puesta siempre a punto. Una habitación con las puertas abiertas. Una habitación para no estar sola, para llenarla de gente que quiero, de gente que admiro, de gente que quiero cerca. De este cuarto no nos hablaron en los libros. Es un lugar donde desprenderse de miedos, y de desazones, y donde poderte liberar para hablar a chorro, o para callar también a chorro. Ya no basta, tanto tiempo después, con la habitación propia para escribir. Ni para vivir. Sigue siendo importante que la encuentres, esta habitación propia, pero no es menos importante que la casa compartida donde reunirte con tus amigas, con tus amigos, con gente desconocida, con quien acaba de entrar en tu vida, con quien está a punto de salir. Con la gente que se cruza en tu camino y lo hace más dulce, más amable. Infinitamente más estimulante. Que te ayuda a pensarte. Y que cuando cambies la casa, cuando cierres por última vez la puerta para abrir otras nuevas, estarán para siempre contigo.

Compartir el artículo

stats