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Jose Jaume

Desde el siglo XX

José Jaume

Rusia envuelve en su guerra a Europa, ¿distensión en España?

Al tiempo que en Europa la guerra desatada por Rusia revienta el orden imperante, en España parece abrirse la oportunidad de alcanzar una cierta tregua política

Vladímir Putin. SPUTNIK

La encarnación de Iván el Terrible, zar de todas las Rusias, emula a Adolf Hitler en la búsqueda del lebensraum, el «espacio vital» que requiere el imperio ruso para que el capo que lo expolia pueda alardear de poderío, sume a Europa en indeseada guerra, desafío inédito que la obliga a hacer lo que nunca ha querido: unificarse más allá de lo previsible, dotarse de fuerza militar disuasoria (los cegatos de Podemos, comunistas irredentos, se niegan a ver y oír lo que acontece, presos de ilimitada estulticia), aceptar que vienen tiempos recios, difíciles, que requerirán estadistas de fuste a los mandos, tanto en Bruselas como en las capitales de la Unión Europea, esencialmente en Berlín y París, para salvaguardar la única democracia digna de llamarse por ese nombre: la liberal. Al tiempo, en las Españas, después de que el dúo de mentecatos que ha dirigido el partido de la derecha conservadora haya sido expulsado de sus mandos, que no es que le vinieran grandes, que también, sino que ha exhibido, además de manifiesta incompetencia, una deriva ideológica que conducía al PP a ensamblarse con la extrema derecha que ve en Vladímir Putin a su mentor y maestro. Pablo Casado y Teodoro García Egea son de parecida catadura a la de quienes en la derecha hispana, ocho décadas atrás, bebieron los vientos por el fascismo despeñando a España en el período más negro, nefasto, de su dos últimos siglos de trágica, demasiado violenta historia.

Llega a la cúspide de la derecha Alberto Núñez Feijóo; se supone que llega, porque, hoy, es todavía Casado quien formalmente preside el PP. No se ha hecho lo obligado para dejar de perder el tiempo: fulminarlo por inútil y nocivo. Demos por asumido el marzo que se pierde; situémonos en los días inmediatamente posteriores al congreso del PP en el que se sancionará la enésima refundación del partido, y con él de la derecha todavía hegemónica. La pregunta cae por su propio peso: ¿Habrá distensión? ¿Se refrendará el urgente armisticio institucional que ha de posibilitar un paulatino regreso a la normalidad política, a las imprescindibles relaciones entre la oposición y el Gobierno de España? En concreto, a los acuerdos entre PSOE y PP que el blindaje del sistema constitucional requiere para prolongar su supervivencia.

La respuesta llegará de inmediato: si Feijóo acepta que no puede seguir el bloqueo a la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y la posterior de parte del Tribunal Constitucional (TC), que supondrá un cambio de las mayorías existentes en ambos organismos, fundamentales en el andamiaje institucional, resultado de la voluntad expresada por la ciudadanía en las elecciones generales, se dará por confirmado el retorno al perímetro constitucional del PP, abandonado por Pablo Casado desde el momento en el que en la tribuna del Congreso de los Diputados calificó de «ilegítimo» al Gobierno del presidente Pedro Sánchez, quien, a su vez, deberá establecer con similar urgencia conductos de consultas permanentes con el nuevo líder de la oposición. No hay otra forma para zafarse del marasmo, de encauzar las crisis que se nos vienen encima, empezando por la recaída económica, puesto que la guerra de agresión desatada por Putin contra Ucrania la agravará hasta no sabemos dónde.

Núñez Feijóo confrontará situación compleja con la extrema derecha, que hace filigranas semánticas (similares a las de Podemos) para condenar la invasión de Ucrania sin molestar excesivamente a su patrón. Vox no desaparecerá, sino más bien lo contrario. En Castilla-León, prueba de la abrumadora insolvencia de Pablo Casado, el acobardado Alfonso Fernández Mañueco o pacta con Vox o se va a nuevas elecciones salvo que el PSOE le facilite la investidura a cambio de acuerdos estatales de envergadura. No parece probable. De momento, Casado no acaba de irse y Feijóo no termina de llegar. Nunca hay que descartar sobresaltos.

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