El vecino blandengue de mi comunidad ha iniciado los trámites de divorcio. Su mujer es una importante ejecutiva y viaja mucho. Por eso, durante más de diez años le hemos visto siempre apencando con los hijos, acompañándolos a las actividades y jugando con ellos en la zona común. También se ocupaba de las compras, cargando arriba y abajo con las bolsas. El del tercero D que tiene mucha retranca lo apodó «el hombre blandengue» tomando prestado el nombre de ese ‘filósofo’ español que fue el Fary. Se trata de un hombre cumplidor que respeta hasta las flechas de los parkines y devuelve los carritos del Lidl a la ubicación establecida. Paga puntualmente las cuotas comunitarias y huye de cualquier conflicto. Por eso, todos esperábamos un divorcio de mutuo acuerdo con custodia compartida. Así lo difundieron ambos cónyuges las primeras semanas, pero luego algo cambió. El hombre tuvo que abandonar la vivienda. Él no quería, pero la mujer le dijo que era lo normal, que era lo que hacía todo el mundo. Y su propio abogado le aconsejó evitar cualquier enfrentamiento «porque tenía las de perder».

Pasaron unas semanas y la situación fue cambiando. Ahora, los vecinos podemos prever cuándo va a venir el solitario padre a recoger a sus hijos porque un poco antes se presentan en la urbanización los abuelos maternos y el hermano de la madre para estar presentes en los intercambios que se han convertido en un espectáculo. Las despedidas multitudinarias son tristes y dramáticas como si los críos fueran al infierno, las recepciones un festival de abrazos y gritos de júbilo como si los críos regresaran de la guerra. Es decir, todo menos una situación normalizada.

Esta semana se ha producido otro acontecimiento lamentable al que asistimos todos los vecinos impactados. Al padre le han dicho que no puede salir de la comunidad con los críos, que tiene que visitarlos bajo la supervisión del tío materno hasta que demuestre que «es capaz de cuidar de sus hijos». No es una decisión judicial, nos cuenta el hombre, que está destrozado. Lo ha decidido la madre y los abuelos maternos en espera de que la juez emita las medidas provisionales. Se siente perplejo y destrozado porque a lo duro de que no reconozcan su capacidad para ejercer como padre se une a lo doloroso que supone que desprecien su trabajo durante todos los años de matrimonio. Nos dice que no esperaba una actitud tan machista en su mujer que había sido muy feminista hasta entonces.

Este patrón se reproduce en muchos divorcios, pero no está sometido a ningún tipo penal. No constituye ni siquiera una falta. Sabemos que el heteropatriarcado ha generado sentencias injustas porque los jueces que las redactaron se dejaron llevar por su sesgo machista. Pero este sesgo machista también tiene efectos en el legislador que ha dejado sin tipificar ciertas conductas -habitualmente femeninas- que serían claramente constitutivas de delito si quien legislara fuera una mujer.

Un consejo: no se pierdan la película Perdida o más bien Gone Girl (la traducción no es muy acertada) de David Fincher, con un maravilloso Ben Affleck y una Rosamund Pikecon embrujadora. Ilustra mucho mejor lo que les cuento.