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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

La desbandada

Ya se había advertido. Pablo Casado no daba la talla, ni para ejercer la oposición ni para aspirar a presidir el gobierno. En su ejecutoria, una sola intervención reseñable: el desmarque frente a Abascal en la moción de censura presentada por Vox contra Sánchez. Todo lo demás, para olvidar. Su elección, tras las primarias en el PP, fue el fruto de la venganza de Cospedal contra su archienemiga Sáenz de Santamaría, la preferida por los votantes populares; el resultado del odio entre dos mujeres. La victoria por descarte nunca puede ser fecunda. Su trayectoria, errática. Unos ejemplos: el nombramiento como portavoz parlamentaria de Cayetana Álvarez de Toledo y la votación de la reforma laboral de Rajoy. El primero obedecía a la fascinación por la estrategia de la batalla cultural contra la izquierda que defendía una mujer inteligente, culta y profundamente liberal y libre. Era algo que no podía soportar el Regalo de Dios, campeón mundial de lanzamiento de hueso de aceituna y capataz de la partida extractiva de la derecha. Casado le transfirió todo el poder y con él se ejecutó a la que tensó de forma extraordinaria a la cámara de diputados calificando a Iglesias como «hijo de un terrorista». El segundo correspondía al sinsentido de votar en contra de una reforma que conservaba intocados los elementos más esenciales de la ley de Rajoy. Tenía en su mano la posibilidad de abstenerse, y la desperdició por la suposición de que con los votos de los dos diputados de UPN derrotaría a Sánchez. No contaba con la torpeza de Casero, un inútil al servicio de García Egea que votó a favor de la reforma. El ridículo fue monumental, una sesión parlamentaria que evidenció la degradación institucional.

Empezó a visualizar su propia tumba cuando, tras las torpes maniobras de Sánchez en Murcia en comandita con Arrimadas, Ayuso tomó la decisión de convocar las elecciones autonómicas y logra un resultado extraordinario, de treinta diputados en la Asamblea pasa a sesenta y cinco, dejando al PSOE, anterior lista más votada, treinta y siete diputados, en tercera posición, detrás de Más Madrid. Ayuso, que a lo largo de toda la pandemia ejerció una dura oposición a las principales restricciones acordadas por Sánchez, se convirtió en una lideresa adorada en Madrid y valorada como una figura emergente a tener en cuenta entre el electorado conservador de toda España. El contraste entre ella, enfrentándose sin remilgos, a cara descubierta con Sánchez y el estilo zigzagueante, inseguro y errático del perdedor de las elecciones de 2019 estaba servido. Y con él, empezaron las maniobras de García Egea y los celos de Casado. Por primera vez, el electorado conservador se había topado con un liderazgo desinhibido que no había dudado en establecer la confrontación con la izquierda fuera del marco habitual cómodo para ella. El ejemplo fue la adopción del eslogan simple, disparatado y falaz, pero tremendamente eficaz, con el que se establecía la verdadera naturaleza de la lucha política: «Comunismo o Libertad». Había nacido una estrella.

Todo el tiempo transcurrido hasta los acontecimientos de la pasada semana no ha sido sino el de una dirección política trastornada por la emersión de una fuente de poder ajena al poder burocrático del partido, impulsada por un electorado que, por primera vez en mucho tiempo, se identificaba emocionalmente con un dirigente, con ella. No pasó desde entonces un día sin que desde la cúpula del PP se conspirara contra Díaz Ayuso, a la que se atribuía la voluntad de hacerse con la presidencia del partido en Madrid para después hacerse con la presidencia del PP en España. Aunque, no atreviéndose a enajenarse directamente a Ayuso, se achacaba la tensión con ella a su persona de confianza, Miguel Ángel Rodríguez. Cuando Ayuso insistió en su demanda de congreso, se preparó una bala de plata contra ella en base a un informe anónimo, según ella procedente de Moncloa, de acuerdo con las palabras, luego negadas del propio Casado, desvelando una presunta comisión de su hermano en una operación de compra de mascarillas en China. No se puede descartar que en una situación de emergencia se pueda haber recurrido a empresas conocidas para abastecer a la población de una protección imprescindible. Será la fiscalía, como se ha anunciado, quien deberá examinar si ha habido o no actuaciones delictivas. De momento, a la espera de la investigación, la fiscalía ha declarado no ver indicios de ningún delito.

La entrevista de Casado con Herrera en la COPE fue el suicidio de Casado. No se puede atribuir un delito a una compañera de partido sin ninguna prueba, blandiendo un documento al que sólo puede tener acceso la AEAT (que podría haber sido utilizado ilegalmente por el gobierno de Sánchez) vulnerando la presunción de inocencia consagrada en el articulo 24.2 de la Constitución; enmarcándolo, para hacer más sangre, en la muerte de 700 españoles al día. Un aspirante a presidir el Gobierno se deslegitima con esta acción. Aquí firmó su muerte política. A la gravedad de su actuación hay que sumarle el ridículo de haber abierto un expediente que podía haber acabado con su expulsión, para dos días después, cuando Ayuso contestó que su hermano habría cobrado 55.000 euros por su gestión y no la comisión de 280.000 euros denunciada por Casado, cerrar el expediente, cuando ya miles de personas se preparaban para reclamar el domingo en Génova la dimisión de Casado.

Casado concedió la dimisión de García Egea el martes, cuando ya habían empezado las deserciones en su entorno más inmediato, cuando ya era tarde. Decía que no había hecho nada malo, que por qué tenía que marcharse. Es la prueba más evidente de que es un político que no se entera, ni de lo que piensan sus electores, ni de lo que piensan la mayoría de sus apoyos. El lunes, e incluso el martes, llegó a pensar todavía que podía hacer frente a los barones territoriales. Uno a uno, incluso los que hace tres días seguían apoyándole, se fueron desmarcando, con el estrambote final del grupo parlamentario en el Congreso. Todos los que le acompañaron en su proyecto, con los que hubiera podido resistir, sea por supervivencia personal o por lucidez sobrevenida al abrirse paso la opción de Alberto Núñez Feijóo, le abandonaron en plena desbandada. Lo dijo Álvarez de Toledo: «Feijóo es el único adulto de la habitación».

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