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Ángeles González-Sinde

Ángeles González-Sinde

Escritora y guionista. Exministra de Cultura

Bajarse en marcha

Cuando yo más he soñado con desaparecer no fue en la adolescencia, sino de adulta

Cambiar de identi d. De profesión. De ciudad. De vida. ¿Quién no ha fantaseado con ello? Aquel programa nos tenía enganchados. Encontraban a personas desaparecidas. Era emotivo escuchar a los que deseaban recuperar al ser querido del que no se volvió a saber nada. Conmovían los reencuentros después de décadas de ausencia. Era fascinante conocer a quienes habían sido capaces de soltar amarras sin mirar atrás. Fuera por razones trágicas o por simple necesidad de avanzar sin lastre o porque no creían que les echarían de menos, contaran lo que contaran, todas las historias eran poderosas, ricas y ejemplares.

En febrero de 2018, el Ministerio del Interior creó el Centro Nacional de Desaparecidos. Desde entonces publica un informe anual de interesantísima lectura. A 31 de diciembre de 2020 eran 219.425 las denuncias acumuladas de personas desaparecidas. 16.528 eran nuevas. Ese año, el del estado de alarma y el confinamiento duro, fue el más bajo en desapariciones en una década, un 37% menos que el año anterior. De las denuncias nuevas, el 60% eran hombres y el 40% mujeres; el 67% se resolvieron en los 14 días siguientes; apenas el 1,1% tuvieron como resultado la muerte y un tercio de ellas fue por suicidio; el 89% fueron desapariciones voluntarias; el 41%, reincidentes; menos del 1%, forzadas o con indicios de criminalidad; y el 67% fueron adolescentes entre 13 y 17 años, la mayoría menores tutelados que se escapan de sus centros de acogida.

Sin embargo, cuando yo más he soñado con desaparecer, con darme a la fuga, dejar todo atrás y empezar de nuevo en otro sitio, sin pasado, ni ataduras, no fue en la adolescencia, sino de adulta. No soy la única. Lo ha desvelado en algunas entrevistas el director de aquel programa de televisión de los 90, Quién sabe dónde, el gran Paco Lobatón: un cierto número de personas localizadas no deseaban reencontrarse con los familiares que las buscaban. Pasaban entonces a engrosar la llamada lista R o reservada, había que respetar su decisión de seguir perdidos. Era una época previa a la persecución de las redes sociales, en que uno se podía borrar de la faz de la tierra sin dejar un goteo de datos en internet. Hoy es infinitamente más difícil desaparecer sin que te localicen. Y aun así, ocurre.

En mi fantasía, yo era una de esas. Como en un relato de ficción que leí hace años, sería una madre de familia formal y cumplidora que una mañana deja a sus hijos en el colegio y al subirse al coche, en un impulso, decide no regresar a casa, sino incorporarse a la autopista y tirar millas, con lo puesto. Entonces conduciría durante horas, hasta llegar a una pequeña ciudad de provincias o tal vez una capital castellana, pongamos que Soria, o no, mejor Zamora. Aunque, ya puestos, ¿qué tal junto al mar? Digamos Huelva. Buscaría una pensión, un hostal, algo muy económico para que el dinero (que habría sacado de un cajero antes de abandonar mi ciudad) me cundiera lo más posible. Cogería una habitación correcta, pero impersonal, y buscaría un trabajo de lo que fuera. Un empleo sencillo, modesto, en algo que tuviera que ver lo menos posible con mi vida anterior. Sé que es la parte que falla de mi fantasía porque, a diferencia de la novela aquella que yo leí y que transcurría en los Estados Unidos, donde la protagonista enseguida se colocaba, en España encontrar trabajo no es tarea sencilla. Y que encima ganes un jornal digno que te permita mantenerte es más complicado aún. Pero bueno, lo bonito de esta fantasía mía es que yo sería entonces una persona totalmente libre de cargas, sin hijos, ni hipoteca, ni cuenta de Netflix, ni móvil, nada por el estilo, y muy austera. En realidad, ese sería el motor principal de mi escapada: dar carpetazo a las cargas que tantas veces abruman y constriñen a las madres. Bastante antes de llegar a Huelva, apagaría mi teléfono inteligente para que los expertos del Centro Nacional de Desaparecidos no me rastrearan, me haría con uno de esos aparatejos baratos y ligeros que no valen más que para llamar, y hala, tabula rasa. Ni niños que cuidar, ni marido que atender, ni vida doméstica que gestionar. O, como prometen las pequeñas tiendas de electrónica, liberada y reparada.

Y entonces… Ahí es donde mi imaginación se queda corta para imaginar qué haría con mi recién ganado tiempo. Sentirse libre de compromisos morales, económicos, laborales o afectivos, descansar de la tensión del día a día es tentador, pero ¿cómo se logra? Tal vez el secreto sea convencerse de que no hay otra forma de bajarse de este autobús descontrolado que nos arrastra a todos, más que en marcha.

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