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Diario de Mallorca

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JOrge Dezcallar

Esto no va solo de Ucrania

No se equivoquen, esto ya no va solo de Ucrania porque el envite es mucho mayor. Ucrania es un simple peón en el tablero donde se juega la geopolítica mundial. Le ha tocado ahora como antes le tocó a Moldova, a Georgia y a la propia Ucrania en Crimea o Donbas. Lo que de verdad está en juego es la redefinición de la arquitectura de seguridad en Europa, lo que complica extraordinariamente la solución del problema y es penoso ver cómo la Unión Europea ha quedado marginada del esfuerzo diplomático en curso como consecuencia de su propia inoperancia.

Putin considera la desaparición de la Unión Soviética como la mayor tragedia del siglo XX y quiere que Rusia sea tratada como la superpotencia que antaño era la URSS. Para lograrlo necesita echar para atrás el reloj de la historia hasta 1997, cuando se produjo la gran ampliación de la OTAN hacia el Este con el ingreso de doce países antes dominados por Moscú. Aduce, sin presentar pruebas, que en 1991 se le dieron garantías de que eso no ocurriría. El que occidente se equivocara gravemente al aislar entonces a Rusia por considerarla derrotada cuando en realidad lo fue el comunismo no le da la razón. No aprendimos la lección del Congreso de Viena que trató con generosidad a la Francia posnapoleónica en 1815 y garantizó así un orden continental que llegó hasta 1914.

Putin no tiene razón pero tiene sus razones pues los vínculos entre Rusia y Ucrania se remontan al siglo IX. Más cerca, en 2008, la OTAN invitó frívolamente a Ucrania a ingresar en la Organización, algo que aún hoy nadie se plantea seriamente. Luego, en 2014, las revueltas del Euromaidán derrocaron al presidente pro-ruso Viktor Yanukovich y en ellas el Kremlin vio la larga mano de occidente. Por si fuera poco, no es solo que Rusia se sienta «estrangulada» por la OTAN, es que con revueltas contra los líderes autoritarios en Bielorrusia y Kazajistán, países de su área actual de influencia, Putin no puede andarse con bromas y por eso no solo veta la entrada de Ucrania en la OTAN (o de Suecia y Finlandia) sino que tampoco quiere que sea una democracia porque eso sería un «mal ejemplo» para una Rusia que encarcela a opositores políticos y reprime a disidentes.

Estos días, cuando se conmemora el 30 aniversario de la caída de la URSS, Putin cree que la debilidad soviética de entonces se parece a la actual de EE UU, que tiene una sociedad tan polarizada que los votantes republicanos piensan que Joe Biden les robó la elección y asaltaron el Capitolio, sede de la soberanía popular. Y cree que Washington ha perdido la voluntad de luchar tras la desastrosa retirada de Afganistán. También ve débiles a Boris Johnson que tiene problemas con sus guateques, a Macron en año electoral, y a la coalición alemana de gobierno que muestra desacuerdos sobre su política con Rusia. Los demás no contamos. Además le respaldan 600 millardos de dólares en reservas y los precios de la energía al alza, constata que no le salió demasiado cara la anexión de Crimea, y ve a Kosovo o Palestina como precedentes útiles para sus actuales ambiciones.

Pero esa apariencia de debilidad occidental puede ser engañosa porque republicanos y demócratas están unidos como una piña frente a Rusia (y a China), porque Beijing sigue con lupa lo que acontece en Ucrania y si ahora mostramos debilidad en Ucrania tendremos problemas en Taiwán aún antes de lo que pensamos, y porque Europa necesita una reafirmación de la garantía de seguridad americana después de los años de Trump. Si Putin establece una esfera de influencia en Europa por la fuerza, sus exigencias crecerán mañana porque la Rusia nacionalista actual tiene una política expansionista no diferente de la que podrían haber hecho los zares Romanov o los zares comunistas. No se pueden condonar violaciones tan graves del derecho internacional sin pagar un alto precio.

Un problema adicional es que nadie puede perder la cara y volver a casa con las manos vacías. Por eso, aunque Putin seguirá tratando de dividirnos y la tensión seguirá creciendo a corto plazo, hay que dar oportunidades a la diplomacia para que la sangre no llegue al río Dniéper. Todavía hay esperanza.

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